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Imaginemos por un momento que el Dr. Victor Frankenstein hubiera creado su monstruo con plena conciencia de las consecuencias de su invento, a sabiendas de que una de ellas es la imposibilidad de controlar sus resultados. Y que a pesar de ello lo hubiera creado igual. El equivalente al monstruo de Frankenstein del gobierno electo se llama Ley de urgente consideración.

Sería pecado de ingenuidad política pensar que esta ley no fue concebida sin tener en cuenta sus resultados. Ha sido pensada, elaborada y redactada en función de una visión de país que está lejos de lo que necesitamos la mayoría de los uruguayos. Incluso los que votaron al futuro elenco gubernamental. Es la muestra más descarnada de una forma de concebir la sociedad uruguaya y de realizar una utopía que más bien debería llamarse retropía (parafraseando a Baumann con una palabra que no existe en el diccionario pero es casi perfecta para caracterizar el proyecto conservador).

La visión que de la educación, y particularmente de la educación universitaria y sus instituciones trasunta la ley ha sido explicitada ya en diversos artículos, en la declaración de la Asociación de Docentes de la Universidad de la República, en la declaración del Consejo Directivo Central y en diversas declaraciones vertidas por el Rector Rodrigo Arim.

Por supuesto que no sorprende que la Ley de Urgente Consideración abra las puertas a que la educación sea tratada como una mercancía y no como un derecho. No es un olvido no hablar del derecho a la educación. Es una omisión deliberada. Para la retropía conservadora, la educación terciaria no es un derecho ni un bien público y social a preservar y enriquecer. Es un servicio susceptible de ser transado en el mercado.

Y para esta concepción, las instituciones de educación pública, entre ellas la UdelaR y la UTEC tienen el mismo estatus que un conjunto de universidades e institutos de educación terciaria, que, además dan cuenta de un porcentaje menor de la matrícula de estudiantes universitarios. A la hora de integrar instancias decisivas para el diseño de la educación en nuestro país y en palabras de Discépolo “da lo mismo que si es cura, colchonero, rey de bastos, cara dura o polizón”.

El ninguneo a la Universidad de la República en beneficio de las entidades terciarias privadas es obvio. Ya sea en la posibilidad de contrataciones directas de organismos públicos con las Universidades privadas, o con las dificultades que se ponen a la UdelaR (junto con la UTEC y el Instituto Clemente Estable) en la realización de compras, o en el recorte de la posibilidad de revalidar títulos. Más allá de declaraciones del elenco gubernamental electo de que esto último no tiene ninguna intencionalidad, permite entrever un tufillo a discriminación hacia los profesionales extranjeros que intentan ejercer su profesión en nuestro país.

Y a la ley hay que sumarle los anuncios de cambios en el sistema de becas para estudiantes, sustituyéndolos por préstamos blandos, lo que endeudaría de por vida a los hijos de los trabajadores que quieran ejercer su derecho a la educación terciaria gratuita; dando más vida a los bancos que al desarrollo del derecho a la educación terciaria.

Es claro que el monstruo de Frankenstein de la coalición multicolor implica la intencionalidad expresa de una política de shock que apunta a desacumular el legado de tradiciones democráticas de nuestra educación, y en la posibilidad del libre ejercicio al derecho a la educación terciaria por parte de nuestros jóvenes.

Solamente el cambio de término de “libertad de cátedra” por el de “autonomía técnica” daría lugar a un artículo en si mismo. La concepción neoliberal y restauradora está clara. Tan clara como la posibilidad de retroceder ya no quince años, sino muchos más si logra concretarse la LUC.

Disminuir el lugar de la Universidad de la República en el sistema educativo es disminuir el lugar de la institución que cuenta con 125.000 estudiantes activos en un país de 3 millones de habitantes, de la institución que da cuenta del 80% de los estudiantes universitarios del país, de la que egresan el 87% de los profesionales, de la institución educativa superior que está presente en 14 de los 19 departamentos con 448 carreras de grado y pos grado, de la institución cuyas carreras de grado son enteramente gratuitas, de la institución que da cuenta del 70% de la investigación científica que se hace en nuestro país y de la institución que aún en forma insuficiente se vincula con actores, organizaciones sociales y comunitarias a lo largo y ancho del país a través de sus programas y proyectos de extensión.

Cuando un proyecto viene por la educación, es claro que viene por todo, como dice un compañero “quien se queda con la cultura se queda con todo”.

Ahora bien: el problema está sobre la mesa. Se trata de pensar y actuar soluciones.

En primer lugar esta ley es un todo indivisible y una batalla perdida de antemano sería darla por partes: la educación por un lado, los trabajadores por otro, la seguridad por otro, las empresas públicas por otro y así sucesivamente. El método analítico de desarmar por partes el objeto para estudiarlas y reunirlas no parece ser el mejor en este caso pues estamos frente a una estrategia articulada para cambiar radicalmente el país entero, su funcionamiento y especialmente sus más caras tradiciones democráticas.

Más allá de fundamentaciones por áreas temáticas sobre los aspectos perjudiciales de la ley, en términos generales se trata de la intencionalidad de recortar derechos, de avanzar en una concepción conservadora que apunta no solo a transformar la educación en mercancía, sino a cambiar el rol de la educación en la vida nacional. Es una concepción que muestra en forma descarnada una forma de concebir el mundo y la vida. Si no podemos caracterizar en su totalidad la concepción del gobierno entrante y su proyecto no podremos entender la ley de urgencia y la abordaremos por partes, lo que sería también un grave pecado de ingenuidad política, lo mismo que sorprenderse por su contenido.

Como fue dicho: el problema está sobre la mesa. Debemos enfocarnos en la solución. No existen derrotas ni victorias, existen procesos históricos con avances, retrocesos y colectivos organizados que actúan con la intencionalidad de influir sobre la realidad. En función de esto último es que hay que pensar la ley de urgencia.

El contenido de la ley está explícito y es conocido. Y debemos conocerlo. Todo. No solo aquellos aspectos que conciernen a nuestra peripecia individual, laboral, o cual sea. El tema es como enfrentar sus consecuencias nefastas “todos juntos y al mismo tiempo”. Y en su totalidad. La LUC es un todo, porque primero que nada es una concepción de la sociedad y una modalidad de ejercicio del poder que se aleja de las formas democráticas. No pueden existir parches, salvaciones, ni resistencias parciales, por áreas o por temas.

La concepción de la educación y de la educación superior que trasunta la ley es un problema para todos los uruguayos, al igual que todos los aspectos que toca la ley y que resultan perjudiciales para nuestro pueblo.

Me permito parafrasear a varios amigos con los que comparto gratas tertulias: “detrás del Volga no hay nada”. Hasta aquí llegaron. Es hora de juntar, de barrer para adentro y de organizar la oposición al avance del neoliberalismo sobre la educación, sobre el trabajo, la salud, las empresas públicas y sobre los derechos adquiridos.

El destino de la Universidad es el destino del Uruguay. La educación, el trabajo, los jubilados, las empresas públicas, la seguridad, y la salud no son cajitas separadas que no se comunican entre sí.

Y la batalla no es (solamente) legislativa. Es con masas en la calle o no es. Detrás del Volga no hay nada. Esta propuesta de Ley no es un punto de llegada, es un punto de partida y el camino a recorrer depende de todos nosotros. Como dependió de todos nosotros aquel camino que tumbó una dictadura, camino en el cual los estudiantes en la primavera de 1983 entonábamos una marcha que decía “marchamos por co gobierno, democracia, autonomía...”.

El monstruo de Frankenstein terminó en una marcha interminable hacia el frío Artico, seguido por su creador que creyendo que había triunfado, nunca pudo superar su fracaso.

Autora: Mariana Mendy

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