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Este texto tiene cuatro partes básicas: i) una visión descriptiva, esto es, qué síntomas se aprecian del cambio del trabajo en estos 50 años. ii) “una transición metodológica”, para aterrizar en algunos conceptos que traten de encontrar una lógica en lo que se describe. iii) Los hitos históricos que aportan en la búsqueda de una explicación causal de por qué se produjeron estos cambios y iv) Cómo pararse en Uruguay –desde mi perspectiva, por supuesto – ante estos cambios.

i) una visión descriptiva

La primera aproximación es que en estos 50 años se han producido cambios como nunca antes se habían producido en la historia reciente de la Humanidad. En un lenguaje figurativo, apelando a las ciencias naturales, podríamos decir que ha habido una mutación, un salto geológico, y esto se expresa en una cantidad enorme de elementos. En cuanto a productos, tenemos todos los que hacen a las Tecnologías de la Información y de la Comunicación (TICs). Para muchos de ustedes, para la mayoría, el mundo es con celulares, con computadoras, con fuentes de energías alternativas.

Correlativamente, se produce una gran modificación en la distribución y comercialización. En 1963 aparece la idea e implementación de las grandes superficies, transformando la geografía urbana, tornando común el supermercado, el shopping. Y ahora se está produciendo la proliferación de los pequeños supermercados de cercanía (como los Kinko).

A su vez, un salto en el transporte y la logística lo constituyó la aparición del contenedor, cuando en 1956, un propietario de camiones ideó esta forma de envase y transporte. El primer contenedor marítimo de fue desde Newark (New Jersey) al puerto de Houston (Texas). La primera travesía intercontinental de un contenedor se remonta al año 1966 (Nueva York, Rotterdam, Bremen, Grangemouth).

La contenerización ha sido un catalizador esencial en el desarrollo de la logística y del transporte, porque ha propiciado la aparición de nuevos métodos de trabajo y estrategias de distribución, ha modificado la forma de los buques, la estructura de los puertos, las redes de transporte y los procedimientos de trabajo. El contenedor permite realizar un sistema de transporte “puerta a puerta” a escala mundial, incrementa la eficacia en la carga y descarga de mercancías por unidad de tiempo, reduce los costos de estiba, protege la carga de las condiciones meteorológicas adversas y disminuye los hurtos de mercancías en el itinerario.

La flota comercial mundial llegó a tener una capacidad de carga de 1.860 millones de toneladas a principios de 2017. El persistente desequilibrio entre la oferta y la demanda se sigue traduciendo en bajas tarifas de los fletes y escasas ganancias en la mayor parte de los segmentos.

La presión se ha sentido en particular en el mercado del transporte marítimo de contenedores, que el año 2017 acusó un déficit de operación colectivo de 3.500 millones de dólares de los Estados Unidos, señala el Informe de la UNCTAD sobre transporte marítimo de octubre de 2017.

“Un aumento de la demanda más lento que el previsto, unido a una gran entrada de buques, ha dado lugar a un sostenido exceso de oferta de la capacidad de transporte marítimo” dijo el Secretario General de la UNCTAD, Mukhisa Kituy [1].

Los puertos de contenedores están sometidos a una presión creciente debido al permanente aumento del tamaño de los buques. Además, deben afrontar una reacción en cascada, en la medida en que los buques grandes pasan de las principales rutas comerciales a las rutas secundarias, a lo que se suman el incremento de la concentración y la consolidación del transporte marítimo de línea y los riesgos de ciberseguridad.

Como en toda la historia del capitalismo, el telón de fondo de estos cambios lo constituye el crecimiento exponencial del mercado a escala global. Unos 400 millones de personas provienen del ex mundo socialista, por otro lado, la población de las ciudades superó a la población rural: la población urbana mundial pasó de 2.300 millones de personas en 1994, a 3.900 millones en el 2014. Para el 2050, ascenderá a 6.300 millones. La mitad de todos los países del mundo han alcanzado una zona urbana de más del 60 %.

En forma paralela, se buscan nuevas formas para acelerar las inversiones y la circulación monetaria, con lo que aparece el fenómeno de la “financiarización”. La búsqueda de ganancia a partir del dinero y no de la de producción industrial o de servicios. O sea el “cambio de circuito”: dinero que produce más dinero sin pasar por lo productivo.

El proceso “natural” (o sea, histórico) de búsqueda de la ganancia en la sociedad capitalista en que vivimos, ha sido hasta ahora, invertir en equipos, fuerza de trabajo para, transformar una materia prima en productos, y estos productos venderlos a un precio que deje ganancia, etc. etc., para reiniciar el ciclo.

Con la financiarización se establece otro circuito, en el cual el dinero se utiliza para producir más dinero, sin pasar por la transformación productiva de materia alguna. Tiene una finalidad especulativa (el término especulativo no tiene ninguna connotación peyorativa).

La financiarización y la revolución científico – técnica (sobre todo de las Tecnologías de la Información y la Comunicación) interactúan para estímulo reciproco, rompiendo fuerzas que atan la producción real a un espacio y tiempo reales. La producción real se realiza en un tiempo y espacio definido. Las unidades de tiempo son discretas. En cambio, el proceso de financiarización rompe el tiempo y el espacio pues funciona en todo el universo 24 por 24.

En las firmas, se invierten las jerarquías. El gerente financiero tiene más jerarquía que el gerente de producción. Se incrementa la velocidad de producción. La competitividad se ve alterada por la lógica de lo financiero más que por la lógica productiva.

La lógica del sistema mercantil hace a la relación que se da en dos niveles: a nivel vertical, digamos, el empresario se relaciona con la fuerza de trabajo respectiva, en la que permanentemente el empresario busca abatir estos costos. Y en la relación inter empresarial, esto es, la competencia con otros empresarios, busca abatir los precios para desplazar a los otros del mercado.

Con la aceleración que conlleva la financiarización, no prima tanto la calidad del producto como la calidad de la comercialización: fidelización, puntos, sorteos. El producto compite menos que sus condiciones de venta.

En la búsqueda de todo aquello que libere de obstáculos a la circulación del dinero, se empiezan a utilizar una serie de instrumentos para que la liberalicen al máximo. En esta búsqueda cae también la relación salarial, apareciendo el imperativo que los contratos de trabajo sean distintos, empujando a la precarización del trabajo, a la llamada liberalización de las relaciones laborales, hacen precaria lo que llaman algunos la “empleabilidad”.

Se desacoplan las grandes firmas de sus Estados de origen, buscando condiciones impositivas más favorables, a la vez que sus cadenas productivas se desterritorializan y los eslabones pueden ubicarse en diferentes países, articulándose en un “comando central” vía redes electrónicas.

Los bancos empiezan a perder una de sus funciones tradicionales, la de ser instrumentos de crédito productivo y pasan a formar parte de la cadena de especulación del sistema financiero internacional, conviven con los paraísos fiscales, donde no hay fiscalidad, no se paga impuestos y se acepta cualquier tipo de dinero. El narcotráfico, por esta vía, ha pasado a ser un protagonista del mayor nivel en la especulación financiera mundial.

Especialistas calculan que los estados dejan de percibir U$S 190.000 millones de impuestos que son escamoteados al país respectivo y van a dar a un paraíso fiscal, con lo cual cambia el destino de ese dinero. Cuando se pagan impuestos ese dinero contribuye a presupuestos destinados a la educación, a la seguridad social, obras públicas, etc.

Una vía de entrada de enormes cantidades de dinero “negro”al mercado “blanco”, ha sido la especulación inmobiliaria. En todas las grandes ciudades hay grandes y lujosos edificios desocupados, fruto de estas operaciones y en Estados Unidos se ha producido una crisis en cadena de ciento de shopping centers que han debido cerrar.

La llamada crisis inmobiliaria del 2008 en Estados Unidos (que se tornó crisis financiera global), se desencadenó cuando reventó la “burbuja inmobiliaria” que se produjo por la concesión de hipotecas sobre hipotecas, sobre hipotecas….al punto que se alcanzaron siderales masas financieras sin la menor capacidad de pago de los deudores originales.

Mucha gente perdió su casa y se acentuó otro fenómeno que se ha dado en llamar “la crisis urbana”. En Estados Unidos incluso hay ciudades que se han declarado en bancarrota, como Detroit, donde la deslocalización de la poderosa industria del automóvil ha hecho que miles hayan perdido su trabajo y su casa y no puede pagar los impuestos. No es la única, además de los miles de shoppings no ocupados.

Al mismo tiempo coexisten con la proliferación de ofertas financieras que dejan chico al 5 de Oro: Si se va a Google se pueden encontrar cada vez más sociedades e instrumentos financieros que se multiplican día a día y que ofrecen el enriquecimiento instantáneo, despojando de sus ahorros a los que se dejan ganar por la publicidad del capitalismo financiero.

Como contrapartida a las poblaciones y sectores perjudicados por el colapso financiero, otros sectores fueron directamente beneficiados: pese a que los bancos perdieron enormes sumas, miles de millones de dólares y euros, recibieron ingentes sumas en el proceso llamado “salvataje”. Para quienes diseñan la estrategia del capitalismo global, era absolutamente impensable que los bancos colapsaran, pues son parte consustancial del funcionamiento del sistema. No sólo recibieron inyecciones directas de dinero, sino que se les facilitaron mecanismos para fortalecer sus carteras y gran parte de estas gigantescas sumas provenía del narcotráfico.

Al reducir el trabajo a indicadores cuantitativos y sistemas tecnológicos la ciencia económica predominante lo despoja de su milenaria evolución, de su rica densidad social, de su fuerte influencia en la determinación de la subjetividad individual y social

En los últimos 50 años se ha producido una dislocación temporal de lo que era tradicional en el trabajo: durante miles de años, los mayores enseñaban a los menores, todo, desde hacer, a pensar y a valorar. Lo que se hacía se trasmitía en forma oral y activa (learning by doing o “robar oficio” como dicen en algunas actividades. El mayor trabajaba con el menor, y le enseñaba. Y nadie se planteaba que las cosas fueran distintas.

Con las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs), esto se trastocó. Ya es parte del folklore familiar llamar a un chiquilín para que ayude a los mayores con el celular. Al romperse un proceso milenario, no sólo se hacen las cosas de otra manera, se produce una crisis de legitimación de los mayores. Es una fractura etaria tácita de la legitimidad socio productiva, cultural de los mayores.

ii) “transición metodológica”

El hombre comparte trechos importantes de su evolución con los animales más desarrollados. Se reproducen biológicamente por relaciones sexuales. El primer instinto es a la protección de la vida, de la especie.

Al igual que animales evolucionados actúan y transforman la naturaleza. Pero, con el tiempo se diferenció de ellos en cuanto diseñó esa transformación. En este proceso, produjo una ruptura biológica, productiva, cultural. El hombre aprendió a transformar la naturaleza y, de paso transformó formas corporales, el uso de su cuerpo, el aprendizaje a hacer y a atesorar mentalmente este hacer.

Una característica esencial del trabajo humano, es que el hombre produce en sociedad: no se genera ni termina en sí mismo, requiere de hombres que se asocien entre sí. O sea, tanto la reproducción biológica, como la reproducción material, precisan las relaciones entre los seres humanos. Ni Robinson Crusoe ni el homo economicus nos dan sustento real ni conceptual.

A partir de la producción y reproducción de la vida material, se construyen instituciones, lenguajes, cultura, valores. Es lo que se conoce como “centralidad del trabajo”. O sea, la vida de los seres humanos en sociedad depende de lo que hacen en el trabajo. El trabajo sustenta a la sociedad y su trama socio cultural, a la vez que el trabajo forma al hombre que trabaja y al que no trabaja. Conforma una totalidad orgánica, o como dicen otros, una estructura compleja que sitúa y significa a sus elementos constituyentes

Esto tiene importancia metodológica porque no se lo puede reducir a miradas que no tomen en cuenta esta característica articuladora. Un filósofo francés (Louis Althusser) que estuvo de gran boga por la década de los 60, insistía que el “continente historia” –en el que habita, actúa, trabaja el hombre en sociedad – era de descubrimiento reciente en la historia de las ciencias. No puede ser asimilable al objeto científico de otro continente.

Cuando uno estudia las bacterias, por ejemplo, se mete con un objeto ajeno a los intereses sociales. Cuando estudia fenómenos de la sociedad, se mete en el mundo de los intereses de grupos.

En las sociedades donde la base de la empresa es la ganancia, está claro que no todos los miembros de la sociedad, no todos sus miembros pueden compartir ese interés. Ese interés es compartible por todos aquellos que tienen empresas y buscan la ganancia, pero no lo es por aquellos que no tienen empresas.

Así por ejemplo, a nadie extraña que, en la circulación de la atmósfera, los vientos se desplacen de las altas presiones a las bajas. Sin embargo, se resisten a ver que en la sociedad esta diferencia de interés actúe en la dinámica social y tienden a no tomarla en cuenta.

Como si no hubiera pugna de intereses, en circunstancias que es de la naturaleza de una sociedad que está estructurada en elementos diferenciales de generación y distribución de la riqueza, que unos sean distintos a otros, según el lugar y función que tengan en esa “totalidad orgánica” o “estructura compleja” que es la sociedad.

Y acá quiero destacar un par de conceptos sobre el conocimiento y la vida social.

El hombre aprende haciendo , es lo que llaman “learning by doing” y esto es lo más viejo de nuestra historia. La inaugura. El que lo hace lo sabe, es un adagio que lo resume. En paralelo a la no consideración de la diferencia de intereses en la sociedad, está la no consideración de niveles de conocimiento que surgen por el hacer. Y hay quienes se paran en la cabeza y dicen “no el que lo hace lo sabe, sino el que lo estudia lo sabe” y suele desconocerse esto que podríamos llamar “conocimiento social”. Por supuesto que los conocimientos se transmiten no sólo “by doing”, sino también “by talking”. Pero no se puede trasmitir el conocimiento completo sólo por el relato. Hay que aprender a hacer: esa es la densidad del conocimiento productivo: poder transformar. Esto es lo que caracteriza a la UTU. Es como el templo del saber hacer. Que sea bueno, regular o malo es otra cosa. Asimismo, pienso que las Universidades tienden a arrancar del otro extremo de la cadena.

Esto, en lo profundo tiene importancia para entender la unicidad del ser humano: el “homo sapiens” y el “homo faber” es uno solo. El hombre que sabe y el hombre que hace, es uno solo. El “homo” es “sapiens” porque es “faber”. Y es “faber”, porque es “sapiens”. Es dialéctico, uno se compenetra con el otro, en un proceso. No es estático. Se desarrolla. Se historiza.

En la historia de las sociedades se evidencia el saber como ejercicio de poder. Un historiador inglés V. Gordon Childe[2](1892-1957) analiza un ejemplo cómo, el conocimiento, además de ser constitutivo de los procesos de trabajo, es, a la vez, instrumento de dominación: “La agricultura en el valle del Nilo depen­de enteramente de la avenida anual del río. Su llegada es la señal para iniciar todo el ciclo de operaciones agrícolas. La pre­dicción exacta del día de su llegada y la advertencia a los cam­pesinos para que se prepararan, era, y sigue siendo una gran ventaja para la población del valle. Al mismo tiempo, debe ha­ber parecido la prueba de alguna especie de conocimiento y po­der sobrenaturales; la distinción entre la predicción y el control, es una cosa demasiado sutil para las personas simples. Además, la predicción se podría hacer, en realidad, con una precisión considerable. La avenida se produce en función del movimiento anual de la tierra alrededor del sol; en rigor, depende del mon­zón suroeste que se disuelve en las montañas de Abisinia. Nor­malmente, llega a un lugar determinado, en un mismo punto de la trayectoria recorrida por la tierra alrededor del sol, es decir, el mismo día de cada año solar. Por lo tanto, todo lo que se necesi­ta para poder hacer la predicción es conocer la duración del año solar y calcular este año, tomando como punto de partida una avenida observada... Este conocimiento permitió al faraón predecir la llegada de la avenida, afirmando, de esta manera, sus poderes mágicos sobre las estaciones y las cosechas”.

Apareció un grupo que hacía el estudio, los monjes egipcios y convencieron a los campesinos que ellos tenían poder de producir la inundación, por lo tanto se les debía obedecer y recompensar.

O sea, el conocimiento puede ser un instrumento de dominación, según como esté distribuido entre los grupos sociales. La tecnocracia es una muestra de esto.

Esta línea de “innovaciones” sin historia, sin sociedad, sin intereses en juego y compuesta de elementos puramente tecnológicos lo ejemplifica la llamada “sociedad del conocimiento” que diferenciaría a la sociedad actual de todas las anteriores.

En esta concepción se superponen varias visiones cuestionables. En primer lugar, no hay trabajo que no lleve, como el cuerpo a su sombra, el conocimiento de ese trabajo, sus fuentes, condiciones, consecuencias. Es la dialéctica homo sapiens-homo faber. Por eso, todo el devenir histórico lo han protagonizado sociedades del conocimiento, en tanto están sustentadas en el trabajo de sus miembros.

Otra visión cuestionable es que esta “sociedad del conocimiento” se estructuraría de elementos puramente “tecnológicos”, entendiendo por tales los referidos a las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TICs).

Por eso, esta concepción de “sociedad del conocimiento” reduce la historia al solo presente y las tecnologías, sólo a las TICs. De paso, le amputa su esencia al capitalismo, que es la pugna de intereses entre los que detentan el capital y lo utilizan para incrementarlo y los que no lo tienen y tienen que vender su fuerza de trabajo.

Asimismo, desde los medios de comunicación, de muchos ámbitos políticos e incluso de algunos espacios científicos se utiliza en forma liviana el término, que no el concepto “tecnología”. Mucha publicidad elogia su producto, porque tiene “tecnología”, como si la tecnología tuviera una vida esencial en sí misma, con existencia intrínseca y no fuera el conocimiento encarnado en la producción, el saber hacer.

En un proceso productivo concurren tecnologías de distinto origen y función, La tecnología envasada, la constituyen los equipos. La sistematización material para hacer algo. El equipo ya tiene un saber hacer incorporado y que funciona como equipo. Asimismo, existen tecnologías de producto, de proceso, de organización productiva,

Algunos diferencian las “tecnologías blandas” que hacen a lo organizacional, y las “tecnologías duras”, que hacen a lo directamente técnico.

De acuerdo al interés del empresario será la tecnología utilizada. Desde hace años, diferentes análisis del sistema productivo uruguayo, como los que hace el PIT CNT, señalan que en Uruguay predominan las estrategias a la baja, que hacen hincapié en el abaratamiento de los costos laborales y no aquellas que incorporen equipos, fuerza de trabajo calificada, en fin, tecnologías sofisticadas que agreguen valor, de manera de competir a calidad y no puramente a precio.

Vale la pena reiterarlo: al no asumir la especificidad del conocimiento social y de la sociedad como constructora de ese conocimiento social, tendemos a asimilar la sociedad a otros objetos de la ciencia. Sobre todo, de las ciencias naturales. Se hace desaparecer de un plumazo al “continente historia”.

Podemos concluir que todo lo que existe en la vida social es producto de la actividad de los hombres en la vida social, el producto del trabajo es lo que hace posible, es condición de posibilidad de todas las formas de la vida social. Las calles, las escuelas, etc. También existen las instituciones. Porque existe el trabajo en esa forma es que existen las instituciones que regulan el trabajo en esa forma. Existe el Código de Trabajo porque existe el trabajo en esta forma. Así como las Comisiones respectivas en el Parlamento. Existe la institucionalidad porque el trabajo genera los recursos para su existencia.

Eso en cuanto a condición de posibilidad.

Otra cosa son los contenidos: no todo el trabajo se expresa en cualquier manifestación de la vida social en forma directa e inmediata. Por ejemplo, en el arte abstracto no parece que tenga que ver con el trabajo en cuanto actividad física, pero si los insumos que concurren a su realización

Hay algunos teóricos del trabajo que entienden que el trabajo no existió siempre,

Y tienen razón y no tienen razón: el trabajo en tanto que actividad humana transformadora de lo natural, de lo material, de lo social, existió siempre. Lo que pasa es que no siempre se vio en los términos sistemáticos, lógicos, en que se ve ahora, porque la generalización de las relaciones mercantiles y la separación del trabajador de sus medios de producción, permiten su consideración abstracta

Margaret Thatcher decía que no existen las sociedades, que sólo hay individuos. A esa tendencia la llaman “individualismo metodológico”, se remonta a fines del siglo XVIII. Las consecuencias prácticas de este postulado las han mostrado las políticas económicas neoliberales. En las antípodas teórico-prácticas se ubican las posturas, a las que nos adscribimos, que ven el trabajo y las relaciones sociales que se tejen en su realización, como procesos históricos complejos, no reducibles a magnitudes (indicadores).

Los indicadores indican, no explican. Para avanzar en su comprensión lógica, es necesario adentrarnos en alguna definición metodológica que sitúe y discierna dónde y cómo se producen las relaciones que sustentan al trabajo.

En las ciencias, sobre todo en las sociales, no basta con establecer magnitudes, sino que es necesario establecer “modos” de la existencia de tales magnitudes, esto es, buscar la causalidad estructural que subyace en los indicadores. Los indicadores son resultado de que determinados fenómenos de las relaciones sociales se dieron como se dieron. El conocimiento no se colma expresando puramente magnitudes, es necesario ir a las causas que generan esas magnitudes.

Nos parece que el concepto “totalidad orgánica” (que se encuentra en Hegel, Marx, Luckacs) es adecuado, sobre todo en la forma enunciada por Jean-Paul Sartre “la totalidad orgánica es un conjunto estructurado que tiene propiedades específicas que no corresponden al conjunto de propiedades de sus elemen­tos constitutivos. Las cien mil palabras alineadas en un libro pueden ser leídas una a una sin que surja el sentido de la obra: el sentido no es la suma de las palabras; es la totalidad orgáni­ca…“lo propio de toda dialéctica, es la idea de totalidad: los fenómenos nunca son apariciones aisladas; cuan­do se producen juntos, siempre es la unidad superior de un todo y están vinculados entre sí por relaciones internas, es decir que la presencia de uno modifica al otro en su naturaleza profunda” [3]

Esta postura supone “un cuestionamiento a los análisis que creen que reconstruirán la visión global a partir de la sumatoria de cono­cimientos parcelarios, como también de los estudios que se abo­can a alguna parcela de la realidad y que buscan “conocer”, sin una mínima hipótesis del lugar y las relaciones de esa parcela con el todo mayor del cual forman parte”. Esto no significa que se descalifiquen absolutamente los estu­dios de fragmentos de la realidad. Lo que se impugna es que se los lleve a cabo “sin una interpretación del lugar y de las relaciones que tales parcialidades y fragmentos mantienen con la unidad compleja o totalidad en la que se articulan y forman parte” [4].

En fin, en momentos en que se tiende a aislar “lo tecnológico”, dotándolo de una entidad propia, “motor de la historia”, corresponde asociar los conceptos que se han venido analizando: Las tecnologías no “caen” nunca en un vacío social, sino que por el contrario interactúan siempre con un sistema de prácticas so­ciales ya consolidado y activo antes e independientemente de las tecnologías. Como veremos, son precisamente tales prácticas preexistentes las que contribuyen en modo muy específico a de­finir tanto el uso (o no uso) como el significado de mediación que cada una de las tecnologías asumirá dentro de un sistema específico de actividad laboral. Este último aspecto da cuenta de cómo cada tecnología de hecho es “reinventada” y “reproyec­tada” en forma diversa dentro de las diversas comunidades de práctica.

Las actividades laborales son ejecutables sólo a través de la coordinación del trabajo de más personas y a través del uso de una competencia experta que normalmente está “distribuida” entre los miembros de la comunidad laboral y las tecnologías que utilizan.

El análisis del “impacto” de las tecnologías es inseparable del análisis de la actividad productiva para las cuales y en las cuales son usadas. La funcionalidad de la tecnología no resi­de tanto en su específica estructura técnica y material cuanto más bien en el curso de acción que producen y sustentan en un contexto productivo y organizativo. Los instrumentos tecnoló­gicos no son nunca instrumentos social y cognitivamente neu­tros: cumplen acciones sociales y prescriben comportamientos específicos. Estos últimos dos puntos evidencian cómo existe un proceso de influencia recíproca entre tecnología y organización: insertar un nuevo instrumento tecnológico implica siempre la redefinición de todo del sistema de actividad productiva”[5]

La sociedad es este “todo” en el que se ubican diversas instancias, funciones, como el proceso productivo

Por eso hay quienes entienden que en este todo, están los dueños del capital y de los medios de producción que ganan utilizándolos mediante la contratación de la fuerza de trabajo, los trabajadores. Ambos grupos son “clases” y entienden que entre ellas se da una contradicción antagónica, un conflicto, lo llamen o no “lucha de clases”.

Lo que se juega no es baladí: más allá de que algunos comunicadores actúan como si bastara suprimir un término para destruir un concepto y, de paso, una realidad.

No pocos empresarios, científicos y políticos, creen que es un concepto obsoleto, sin vigencia, sin legitimidad. Con todo, no sólo a la izquierda del espectro sociopolítico, lo siguen considerando vigente y legítimo, sino en el polo de la extrema riqueza surgen voces que lo validan. Warren Buffet, un empresario estadounidense, ubicado entre los cuatro más ricos del mundo, decía “Por supuesto que hay lucha de clases. Y no sólo es una lucha, sino una guerra, y los ricos la estamos ganando”[6].

No lo hacía por jactancia, sino llamando a sus pares a asumir responsabilidades como clase dominante para impedir que las instituciones se desbarranquen y quienes generan la mayor parte de la riqueza tienen que pagar la mayor proporción de los impuestos, en tanto que la plata del narcotráfico y los paraísos fiscales va a bloquear la posibilidad de tener un sistema regulado.

En Uruguay y en muchos países se reconoce en la práctica la existencia de las clases, lo que se materializa en la negociación colectiva. Porque negociar supone la existencia de intereses contrapuestos. A veces se sublima formalmente y se lo denomina “conflicto social regulado”.

Iii.) Los hitos históricos para comprender causas de los cambios

Los profundos cambios en los productos, los procesos, las tecnologías, las relaciones laborales, la organización productiva no han ocurrido, por acaso, al azar.

Sólo la Historia los torna comprensibles.

Hay un famoso historiador, Eric Hobsbawm (1917-2012), que en su obra “Historia del siglo XX”[7], denomina el “cor­to siglo XX” a la época que va de 1914 a 1991 y en él, destaca la “edad de oro” del capitalismo refiriéndose a las tres décadas que transcurren, aproximadamente, desde 1945 hasta 1973; desde la derrota de las potencias nazi fascistas y sus aliados hasta el final del ciclo largo de expansión económica de la posguerra.

Lo más importante es que, asociado al nuevo ciclo demográfico y de acumulación, tiene lugar una trascendental transformación en las condiciones de vida de una gran parte de los habitantes del planeta. Por vez primera, desde el Neolítico, la mayor parte de los seres huma­nos dejan de vivir de la agricultura y la ganadería, y se desa­rrolla impetuosamente la urbanización del mundo.

En esta oleada tras la irrupción de los pueblos en la lucha contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial, se produjo una ola democratizadora y descolonizadora, a raíz de la cual se formó el Sistema de Naciones Unidas, para hacer prevalecer la paz, los derechos humanos y la equidad. Miembro importante de este sistema es la Organización Internacional del Trabajo.

El período que se denomina Edad de oro del capitalismo o años dorados, boom de la posguerra caracterizado por el crecimiento económico nunca antes alcanzado. El proceso descolonización abrió mercados de cientos de millones de personas, para el capitalismo en acelerada recuperación.

El papel desempeñado por la Unión Soviética y los movimientos y partidos populares en la Liberación, acentuó la tendencia intervencionista del Estado y dio forma al Estado de Bienestar en los países occidentales. El Estado actúa directamente sobre la actividad económica, así como en las cuestiones sociales (nivel de empleo, seguridad social, derecho de huelga, salud, vivienda), que aseguran condiciones de reproducción del sistema capitalista. Se intensifica la negociación colectiva y la distribución de la ganancia se hace más equitativa.

Esa presencia de los movimientos sociales se tradujo, en lo político, en la participación de ministros comunistas en Francia e Italia.

El devenir paralelo de la Guerra Fría, hizo que la presión de Estados Unidos sobre sus antiguos aliados logró que la presencia comunista en los gobiernos fuera de corta duración, a la vez que se agudizaban los procesos ideológicos antipopulares, centrados en el anticomunismo.

Así se produce el “derrumbamiento” de 1973-1991, de que habla Hobsbawm, que supone el final de los equilibrios internacionales nacidos en 1945 y mantenidos gra­cias a la guerra fría. Se acelera el proceso de mundialización del mercado, reaparece el desempleo masivo en Occidente, el Estado de Bienestar cae en profunda crisis y reaparece la ex­trema pobreza en las ciudades.

Este cambio histórico, de magnitud sin precedentes, que constituye una articulada contrarrevolución capitalista, no ocurrió en forma espontánea ni desorganizada. Ya en 1971, bajo la égida de la OCDE, se llevó a cabo una reunión de expertos de las patronales de los mayores países desarrollados, incluyendo Estados Unidos y Japón. El encuentro buscaba revertir el “fenómeno de degradación que caracteriza hoy por hoy el comportamiento de los trabajadores... el endurecimiento de sus actitudes... Las economías industriales... sufren una revolución... que atraviesa todas las fronteras culturales... y que se caracteriza por “un desafío a la autoridad”[8].

Con similar finalidad se crea la Comisión Trilateral , organización internacional privada fundada en 1973 fundada por iniciativa de David Rockefeller, ex miembro ejecutivo del Council on Foreign Relations[9] y del Grupo Bilderberg[10] y aglutina a personalidades destacadas de la economía y los negocios de las tres zonas principales de la economía capitalista: Norteamérica, Europa y Asia-Pacífico.

Entre las personalidades que han formado parte destacan los ex-presidentes de Estados Unidos Bush padre, Jimmy Carter y Bill Clinton y el ex-secretario de estado de Estados Unidos Henry A. Kissinger.

Durante los años 90, la contrarrevolución capitalista sinteti­zó sus principios básicos en el Consenso de Washington, un listado de políticas económicas asumidas por los organis­mos financieros internacionales y centros económicos, con sede en Washington D.C.

Las políticas económicas del consenso son las siguientes: 1) Disciplina presupuestaria (los presupuestos públicos no pueden tener déficit). 2) Reordenamiento de las prioridades del gasto público de áreas como subsidios (especialmente subsidios indiscriminados) hacia sectores que favorezcan el crecimiento, y servicios para los pobres, como educación, sa­lud pública, investigación e infraestructuras. 3) Reforma Im­positiva (buscar bases imponibles amplias y tipos marginales moderados). 4) Liberalización financiera, especialmente de los tipos de interés. 5) Un tipo de cambio de la moneda com­petitivo. 6) Liberalización del comercio internacional (trade liberalization) (disminución de barreras aduaneras). 7) Eli­minación de las barreras a las inversiones extranjeras direc­tas. 8) Privatización (venta de las empresas públicas y de los monopolios estatales). 9) Desregulación de los mercados. 10) Protección de la propiedad privada.

El trabajo, la producción y la seguridad social sufrieron los efectos regresivos de esta política. La desindustrialización, junto con abrir los mercados a la producción foránea, provo­có la desocupación de miles de trabajadores y la desaparición de oficios especializados. Las Administradoras de Fondos de Pensiones escamotearon miles de millones de la jubilación de los trabajadores.

La privatización de servicios otrora brindados por el Estado agudizó las condiciones de desprotección de las poblaciones menos favorecidas. La renuncia del Estado a regular activamente las condiciones macroeconómicas, especialmente en lo referente al empleo, generalizaron el trabajo precario y los abusos patronales. Se produjo una brusca reducción en el gasto social, así como de los impuestos aplicados a las empresas y familias.

A escala internacional, se generalizaron los ataques desde el gobierno y las empresas a los sindicatos, desplazando el poder a favor del capital y debilitando la capacidad de negociación de los trabajadores. Desaparecieron centenares de sindicatos. Con todo, la regresión sindical y del campo popular no sólo se debe a los ataques del campo patronal tiene su propia lógica interna en el proceso productivo.

Esta estrategia centrada en la fragmentación del trabajo busca todos los medios para incrementar su precarización, para lo que precisa terminar con las normas que buscan su mayor formalización, disminuir la eficacia institucional para redu­cir la intervención pública de protección de los trabajadores, reduciendo las libertades sindicales. Recurre a la presión me­diática de la prensa dominante para vehiculizar la ideología individualista/consumista a nivel social. Todo ello concurre a impedir o inhibir la existencia y acción de los sujetos colecti­vos, en cuyo primer lugar se ubica la organización sindical, a nivel local e internacional. Es esta relación de explotación del trabajo asalariado lo que le da al sindicato su eficacia determi­nante en la construcción de las relaciones sociales.

El capital busca, a la vez, la ganancia y asegurar las condicio­nes para producirla y reproducirla, esto es controlar el pro­ceso de trabajo y la vida de la sociedad -sus instituciones, su ideología– que lo contiene y legitima. El control en las diferentes escalas lo obtiene y mantiene me­diante la fragmentación controlada, esto es, subdividir técni­ca, económica y socialmente bajo un control central, de forma que a los trabajadores se les torne más difícil organizar luchas que afecten en forma decisiva al capital.

Con ese propósito ha puesto en práctica profundas trans­formaciones en la organización del proceso de trabajo, en un diseño liderado por el capital transnacional y secundado en cada país, de acuerdo a las particulares historias y cultura productivas. Lo que antes se producía en una fábrica, ahora un comando central lo desarticula y reparte los eslabones en diferentes países, para luego armar la cadena. Abate costos, desarticula a la organización de los trabajadores.

Una medida genérica ha sido la enorme reducción de la fuerza de trabajo, la intensa elevación de su productividad. Reterritorializando y también desterritorializando el mun­do productivo. El espacio y el tiempo se convulsionaron. El resultado está en todas partes: desempleo explosivo, precari­zación estructural del trabajo, rebajas salariales, pérdidas de derechos[11]. El nuevo tipo de organización apunta al trabajo “multifun­cional”, “polivalente”, con enorme intensificación de ritmos, tiempos y procesos de trabajo. Se llevan a cabo diversas for­mas de fragmentación.

Esta reorganización del trabajo se llevó a cabo también en los servicios. Operándose en éstos un doble movimiento, por un lado, los servicios públicos se privatizaron en gran proporción –en diverso grado, según los países– y tanto los privatizados como a los que siguieron en el sector público se los “mercan­tilizó” y “reorganizó” con la misma orientación que los secto­res industriales. La inestabilidad se torna un instrumento privilegiado para la autoexplo­tación a que se somete el trabajador para mantener la fuente de trabajo.

En la externalización a escalas mundial, los ganadores son las empresas multinacionales que tienen las manos libres para elegir dónde van a encontrar las condiciones más ventajosas. Esto constituye una presión a la baja en las condiciones de trabajo en todos los países. Su propósito es explícito: achicar los costos de producción para ofrecer un producto más ba­rato y así incrementar los beneficios para los accionistas. De este modo la carrera tras la ganancia y a los productos baratos en esta economía mundializada actúa sobre las relaciones de trabajo, mercantilizadas al extremo, consideradas otro costo de producción que debe reducirse al máximo. Esto estimula la precariedad en el empleo y genera costos sociales impor­tantes.

La Organización Mundial del Trabajo (OIT) estima que mi­llones de personas sufren condiciones de trabajo precario, lo que se ubica en las antípodas de su prédica por el “trabajo decente”. “Esta precariedad… tiene numerosos impactos sobre los trabajadores y trabajadoras, sus familias y las comunidades en general. En efecto, esta situación genera inseguridad, tor­na más vulnerable a la gente, y las priva de la estabilidad que precisan para trazar proyectos de largo plazo e insertarse como ciudadanos y ciudadanas en el seno de la sociedad”[12].

En forma concurrente, la financiación de las empresas se ha ido desplazando cada vez más de las fuentes bancarias hacia los mercados finan­cieros, de modo que las direcciones empresariales se ha ido desplazando, a su vez, a los equipos de gestión financiera, que exigen mayores ganancias en plazos más cortos. Esta lógica empuja hacia la precarización del trabajo. “El po­der de los accionistas es actualmente tan poderoso que simul­táneamente puede deshacerse de una parte del riesgo asumido normalmente por ellos intensificando su reivindicación sobre el valor agregado, Evidentemente, el riesgo no desaparece. Se transfiere a otros agentes. Y el trabajador que se torna el lugar de referencia y de concentración de todos los riesgos de los cua­les no cesa de querer eludir. Si los trabajadores no se somenten a las normas impuestas, sufren las consecuencias de las rees­tructuraciones. Se trata pues, de una formidable herramienta disciplinadora”[13].

Este fenómeno acelera el simultáneo proceso de concentra­ción financiera y de desconcentración o fragmentación pro­ductiva. Los altos dirigentes de los grupos disponen de una amplia gama de opciones para sus inversiones en los ámbitos bajo su control. A su vez, los trabajadores ven reducida su capacidad de resistencia por la disminución y dispersión de las concentraciones obreras, así como por la flexibilización de contratos. “El imperativo supremo de la norma impuesta por los merca­dos financieros guía la política de contratación y de empleo, las políticas salariales y las políticas de negociación social. Aquí in­terviene toda la importancia de la flexibilidad, a la vez interna y externa: Interna, que hace a la polivalencia entre funciones cualificadas, movilidad interna entre servicios y entre estableci­mientos, la formación continua y la carrera al mérito. Externa: que apunta a la reducción de costos por la compresión de la masa salarial, favorece los ajustes a corto plazo (despidos, con­tratos a plazo determinado, trabajo zafral) y socava la capaci­dad de innovación” [14].

La contrarrevolución capitalista ha dado lugar a importantes transformaciones en la organización del trabajo, que en lo in­terno han pasado por las “ciencias de gestión” y en lo externo, por el desplazamiento de la lógica productiva por la lógica financiera. La concurrencia de estos cambios se traducen en la sobreexplotación, que genera un gran sufrimiento, incre­mento de las enfermedades profesionales y stress, así como suicidios. Por otro lado, estas situaciones no sólo afectan a los tienen trabajo, sino también a los que carecen de él. En este sentido, se habla de “centralidad del trabajo” asimismo desde el punto de vista subjetivo.

La creciente coacción que caracteriza el proceso de trabajo en la actualidad, que conjuga el incumplimiento de normas de seguridad e higiene con formas de gestión estresantes, es un terreno propicio para que los trabajadores se vean afectados por los “accidentes del trabajo”.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) publica que “cada 15 segundos, un trabajador muere a causa de acci­dentes o enfermedades relacionadas con el trabajo. Cada 15 se­gundos, 160 trabajadores tienen un accidente laboral. Cada día mueren 6.300 personas a causa de accidentes o enfermedades relacionadas con el trabajo – más de 2,3 millones de muertes por año. Anualmente ocurren más de 317 millones de acciden­tes en el trabajo, muchos de estos accidentes resultan en absen­tismo laboral. El coste de esta adversidad diaria es enorme y la carga económica de las malas prácticas de seguridad y salud se estima en un 4 por ciento del Producto Interior Bruto global de cada año”.[15]

iv Un mejor Uruguay: negociación colectiva, mejor formación, mejor trabajo. De un tiempo a esta parte, se multiplican informes de organismos, consultoras y universidades de distintas latitudes, sobre el impacto de las innovaciones tecnológicas en el “mundo del trabajo”. Los comentarios de la prensa, en su mayoría le confieren a la “automatización” el alcance de un tsunami, una fuerza de la naturaleza ante la cual sólo cabe inclinarse para no verse arrastrado por ella.

Como enseña toda la historia de la Humanidad, las que están en acción son fuerzas sociales y no naturales. Como bien se sabe, el empresario que produce para el mercado, lo hace buscando la ganancia. Sin embargo, los apóstoles de la automatización inexorable, ocultan tales intereses en un “destino manifiesto”, en un imperativo tecnológico. Así lo demuestran, casi hasta la caricatura, las reformas antisindicales que el gobierno de Brasil pretende implementar apelando a estos pretextos. Algunas organizaciones empresariales uruguayas quieren seguir ese camino.

La responsabilidad que caracteriza a la sociedad uruguaya, sus organizaciones políticas y sociales, exige situarse en las antípodas. Por eso nos sentimos exigidos en forma triple: i) tratar de comprender la naturaleza, contenido y alcance de este desafío, ii) encararlo en forma amplia, dialogante, inclusiva, participativa, con todos los actores sociales e institucionales involucrados, iii) construir de esta forma un curso de acción que permita a la sociedad uruguaya, darle la mejor formación y el mejor trabajo a sus hijos, como contracara de la alta calidad que ha de alcanzar el sistema productivo uruguayo para competir en el mercado global.

En Uruguay existen subsistemas productivos de muy diversa calidad, desde las Empresas Públicas, inmenso y renovado arsenal de innovaciones tecnológicas, potencialmente al alcance de todos los procesos productivos. Que pasen de potencia a acto depende de los actores productivos directos e indirectos. Esto no ocurre en nuestro país: la baja calidad del sistema productivo uruguayo, se expresa en el bajo nivel tecnológico de sus exportaciones en el comercio mundial, según estudio del Ing. Kreimerman[16], así como en las escasas innovaciones que llevan a cabo las empresas, pese a los fondos públicos destinados al efecto.

El problema no está en las tecnologías, sino en la estructura socioproductiva. Y lo podemos observar a lo ancho de todo el mercado global. En él, hay empresas y países que prevalecen, que sobreviven y crecen. Otros que no. Depende de lo competitivos que sean. Cómo se organicen para serlo. Lo cual no lo provee ninguna tecnología, por automatizada que sea. Superar esta limitación estructural es el problema sociopolítico central. Compromete a todos los actores sociales y políticos del país.

A diferencia de los países con grandes superficies y poblaciones numerosas, que pueden apostar a producciones en gran escala y amplios mercados, Uruguay está obligado a la excelencia.

La excelencia se construye en las unidades productivas, entre empresarios y trabajadores, en las condiciones político institucionales que diseña el Estado.

En este escenario, los empresarios, para conseguir sus ganancias, hacen la ecuación costo/beneficio. La escasa innovación que reflejan las estadísticas de exportación refleja que para obtener ganancia, a los empresarios no les vale la pena invertir en innovación.

De modo que, para cambiar la matriz productiva, incrementar la innovación tecnológica, mejorar la competitividad del sistema productivo uruguayo, debe mejorar el cociente entre lo que se invierte y lo que retorna. Si se invierte más para producir con mayor calidad (tecnología+fuerza de trabajo de alta calificación), hay que crear las condiciones para que retorne una suma mayor que le asegure al empresario una ganancia superior a la que recibe en las actuales condiciones. Hay que mejorar la organización productiva y el acceso al mercado.

Esta no es una tarea que puedan emprender por separado empresarios, trabajadores o el Estado. Sólo puede ser resultado de la articulación de voluntades expresas de los actores, traducida en una planificación de esta tarea.

El Uruguay tiene uno de los mayores índices de sindicalización del mundo, y un Estado con un alto involucramiento económico y social, lo que lo diferencia de aquellos países con grandes contrastes sociales, y lo obliga a basar sus estrategias de desarrollo en la negociación tripartita.

Los empresarios no han buscado este camino. El Estado lo ha enunciado en forma reiterada sin transitar del dicho al hecho. La pérdida del FA del gobierno de la República pone en los trabajadores, factor históricamente dinámico del tripartismo, una responsabilidad acrecentada.

 

 

[1] https://unctad.org/es/Paginas/PressRelease.aspx?OriginalVersionID=433 25.10.2017

[2] Los orígenes de la civilización, Fondo de Cultura Económica, 1954 pp.169,170

[3] Jean Paul Sartre, Situations II, Gallimard, 1948, p. 94 (traducción C.Iturra)

[4] Jaime Sebastián Osorio Urbina, Crítica de la ciencia vulgar. Sobre epistemología y método en Marx, Herramienta N°26 julio 2004 http://www.herramienta.com.ar

[5] Cristina Zucchermaglio. Facoltà di Psicologia1. Università “La Sapienza”, Roma, L’usa­bilità sociale delle tecnologie http://www.cnipa.gov.it/site/_files/cnipa%20Quaderni%2016.pdfv

[6] New York Times 26 11 2006

[7] Grijalbo Mondadori, Buenos Aires, 1998, 610 pp. Título original en ingles: Extremes, The short Twentieth Century (1914-1991

[8]Citada por Luc Boltanski y Ève Chiapello, Le nouvel esprit du capitalisme, Gallimard, Paris 1999 p.249

[9] Fundado en 1921, es una organización estadounidense, sin fines de lucro, especializada en la política exterior y en los asuntos internacionales de los Estados Unidos. Tiene su sede en la ciudad de Nueva York, y posee una oficina adicional en Washington, D.C.. Entre sus miembros se incluyen a políticos de alto rango, a más de una docena de secretarios de estadoestadounidenses, directores de la CIA, banqueros, abogados, profesores y figuras de los medios de comunicación. El CFR promueve la globalización, el libre comercio, la reducción de las regulaciones financieras sobre las corporaciones transnacionales y la consolidación económica en bloques regionales como el NAFTA o la Unión Europea y desarrolla políticas de gobierno que reflejan estas metas https://es.wikipedia.org

[10] El club, conferencia, grupo o foro Bilderberg es una reunión anual a la que asisten aproximadamente las 130 personas más influyentes del mundo, mediante invitación. Los miembros de este grupo se reúnen en complejos de lujo ubicados en Europa, Norteamérica y Asia occidental, donde la prensa no tiene ningún tipo de acceso, y sus oficinas están en Leiden(Países Bajos). El nombre de este club procede del hotel en el que tuvo lugar la primera reunión, en los Países Bajos.https://es.wikipedia.org

[11] Ricardo Antunes Desenhando a nova morfologia do trabalho: As múltiplas formas de degradação do trabalho Revista Crítica de Ciências Sociais [Online], 83 | 2008 http://rccs.revues.org/431 p.21

[12] Comment la mondialisation néliberale transforme-t-elle le monde du travail? CISO Centre international de solidarité ouvrière, www.ciso.qc.ca/wordpress/wp-content/ uploads/CISO-Fiche-A1.pdf

[13] Cepag. Formes d’organisation du travail et mise en péril des capacités de résistence des salariés. Octubre 2006 http://www.cepag.be/sites/default/files/publications/flexibilite_et_or­ganisation_du_travail_0.pdf, p.26

[14] Cepag, ob.cit, p.31

[15] http://www.ilo.org/global/topics/safety-and-health-at-work/lang--es/index.htm

[16] 6 “La segmentación de la producción ha dado lugar al menos a cuatro eslabones típicos donde se ubican los países: 1) los de frontera tecnológica, 2) los que desarrollan tecnologías complementarias, 3) los que ensamblan la producción o bien son productores de bienes de baja tecnología… y 4) los proveedores de materias primas, donde destacan los países latinoamericanos y africanos. El desafío de transformar la especialización productiva en América Latina Entrevista a Roberto Kreimerman. http://nuso.org/articulo/el-desafio-de-transformar-la-especializacion-productiva-en-america-latina/ Mayo 2017

 

Autor: Claudio Iturra

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