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Las 13 provincias que en el siglo XVIII dieron origen a Estados Unidos se independizaron del Imperio Británico para liberar su comercio de la dura subordinación a que estaba sometido. Este proceso de liberación mercantil iba acompañada de una estricta fundamentación filosófico religiosa: la doctrina del “destino manifiesto”, esto es una misión de origen divino para tareas absolutamente terrenales.

Desde entonces, hasta ahora, la historia de Estados Unidos funda su permanente búsqueda de buenos negocios en una vocación trascendente que los legitima. A esta construcción, concurren instrumentos productivos , comerciales, tecnológicos, militares, institucionales, culturales, mediáticos. Se articulan en su geopolítica, cuyo propósito expreso es el dominio del planeta.

El hilo conductor doctrinario

Si bien no fue llamada “destino manifiesto” hasta 1845, su ideología animaba a los Puritanos que se instalaron en la Nueva Inglaterra en el siglo XVIII. Se consideraban elegidos de Dios, llamados a cumplir la misión providencial de construir un país ejemplar. Esta idea conllevaba la expansión, primero hacia el Oeste. En apenas medio siglo, Estados Unidos llegó del Atlántico al Pacífico.

Compró Florida, su anexión de Texas desencadenó la guerra con México (1846-1848) y ocupó gran parte de su territorio. El tratado de paz estableció que México cedería más de la mitad de su territorio que comprende la totalidad de los actuales estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México y Texas, y partes de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. México también renunciaría a todo reclamo sobre Texas y la frontera internacional se establecería en el río Bravo. Estados Unidos pagaría una indemnización de 15 millones de dólares.

Los nativos americanos fueron despojados de sus tierras. Actualmente ocupan el 2,3% del territorio total de Estados Unidos continental y su población se ha visto drásticamente reducida.

Basada en la doctrina del “Destino Manifiesto”, que inspiró la construcción territorial y humana de Estados Unidos, en 1823 surgió la “Doctrina Monroe” que establecía que cualquier intervención de los Estados europeos en cualquier latitud de América sería vista como un acto de agresión que desencadenaría la intervención de Estados Unidos. Concebida como un elemento protector ante el colonialismo y la restauración monárquica, su consigna “América para los americanos” ha sido invocada en reiteradas oportunidades por el gobierno de Washington para intervenir en suelo centro y sudamericano.

El corolario Rutherford Hayes (1880) de la doctrina Monroe es obra del presidente de ese nombre basado en la idea de que el Caribe y Centroamérica son parte de la "esfera de influencia exclusiva" de los Estados Unidos. El propósito expresado de este corolario es “evitar la injerencia de imperialismos extra continentales en América” para lo cual “los Estados Unidos debían ejercer el control exclusivo sobre cualquier canal interoceánico que se construyese”. El corolario emitido en 1904 por el presidente Theodore Roosevelt estableció que, si un país europeo amenazaba o ponía en peligro los derechos o propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el gobierno de Washington estaba obligado a intervenir en los asuntos de ese país para "reordenarlo", restableciendo los derechos y el patrimonio de su ciudadanía y sus empresas..

La ideología de misión se personaliza en los WASP (White, Anglo-Saxon, Protestant/blanco, anglosajón, protestante), animados por preceptos fundamentalistas y maniqueos muy simples: el bien lucha contra el mal, que adopta mil formas liberales, relativistas. Para tal misión se ve en la ineludible obligación de usar la fuerza (el presidente Theodore Roosevelt la llamó la política del “big stick” /gran garrote).

En fin, esta ideología predominante insta a llevar a llevar a cabo una misión desde la superioridad racial (por ejemplo, la “limpieza étnica” de los nativos americanos) y la preferencia por el uso de las armas.

La retórica utilizada en su doctrina y política da lugar a fuertes antinomias: por un lado, se proclama expresamente desigual en su condición de líder absoluto, pero, a la vez proclama que lo hace para establecer el reino de la igualdad democrática.

Similar contraste se da en las alianzas que teje, donde a la vez que proclama la igualdad entre los componentes de la alianza, advierte que actuará solo o ajeno a las instituciones internacionales si así lo decide (como las acciones de George W. Bush contra el “eje del mal”, así como como la inavasión de Irak y Afganistán).

Para tratar de darle un sustento doctrinario a las antinomias que plantea su geopolítica, sus ideólogos han ido construyendo la doctrina ya no de la inimputabilidad (no responsabilidad penal) sino de inculpabilidad (imposibilidad psicológica absoluta que Estados Unidos sea culpable, en el sentido de los actos que obedecen “a una intención, un juicio malos”).

“Se trata[1] de comprender que, para el americanismo[2] , no se trata de desechar o de discutir las críticas y los juicios según los cuales un acto cometido por una nación o una comunidad es malo, reprochable, condenable, etc. (eso es una búsqueda de relativización de una acusación histórica: todas las naciones y comunidades se libran a ese ejercicio); se trata de afirmar y reafirmar ad nauseamque América es bien absoluto y justicia pura, y no conoce en consecuencia la noción de culpabilidad.

Se trata de un carácter absoluto ya que se trata de una conformación formativa de una psicología. Este carácter conduce a interpretar de forma completamente diferente, en negro y blanco, los mismos actos según sean realizados por América o por otra cosa que no sea americana. Este carácter es una “herramienta” para fabricar el juicio y en absoluto un medio para influenciar el juicio.

En el caso que nos ocupa (torturas): los USA practican estos actos de tortura, pero la única responsabilidad, la culpabilidad de este mal acto recae totalmente en los que los sufren, porque son lo que son (terroristas) y lo que hacen (actos de terror). Esta interpretación absoluta basada en la inculpabilidad está absolutamente reservada a América. Otra nación no se puede amparar en eso. Los países que reciban a los “terroristas” torturados por los americanos están advertidos de que deberán comportarse con ellos en una forma virtuosa, es decir, americanista, haciendo lo contrario de lo que hicieron los Americanistas

Esta función esencial de la psicología americanista conlleva el resto, que por otra parte es respaldada por una orientación religiosa hecha a la medida: el juicio que la fuerza americana es necesariamente justa y representa necesariamente el derecho; el juicio que América es, por su inculpabilidad, invulnerable y en consecuencia no puede ser vencida; el juicio que América es, completamente por naturaleza (incluso por la geografía) y en absoluto por ambición, totalmente diferente al resto del mundo. Estos juicios inherentes a la psicología americanista constituyen las vigas maestras del comportamiento americanista: la perturbación profunda y sin remedio ante la idea inconcebible de derrota (Vietnam, Irak, hoy en día); asimismo la incapacidad irreductible de adaptarse a los otros; la incapacidad evidente de influenciar a otras culturas (la americanización no es una influencia en el sentido histórico, como fue efectivamente influyente la cultura romana: es una tentativa de destrucción de las otras culturas para poner el hecho americano en su lugar) y así por delante.

La historia de las relaciones de Estados Unidos y América Latina refleja la asimetría entre la gran potencia cuyos fines - exclusivos y excluyentes- le permiten apelar a todos los medios, sin considerar si son legitimados o permitidos por el orden internacional.

 

[1] L'“inculpabilité” et la psychologie américaniste http://www.dedefensa.org/article/linculpabilite-et-la-psychologie-americaniste-1 06 05 2006

[2] El “americanismo” es un complejo filosófico religioso de matriz protestante y pragmática cuya función es sustentar y justificar la misión geopolítica de Estados Unidos.

 

Autor: Claudio Iturra

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