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Hace ya cinco meses concluyó en La Habana el Encuentro antimperialista de solidaridad, por la democracia y contra el neoliberalismo; y fueron más de mil personas las que proclamaron el parto heroico, en este momento histórico, de un corazón que sentimos late con una fuerza mística, de esas que emanan de lo más profundo de la naturaleza y cobran vida en los pueblos pujantes y ansiosos por transformar la realidad que viven. La hora actual de nuestra América es desafiante cuanto más decisiva si estamos conscientes del destino común de los pueblos que la integran. Es preciso que se sepa en cada rincón de la Patria Grande una verdad histórica cuya actualidad manifiesta nos convoca a seguir militando por la justicia social: o nos unimos para alcanzar la todavía añorada verdadera independencia o nos recoloniza continuamente el enemigo lacerante y criminal que es el imperialismo.

Las palabras del Guerrillero Heroico Ernesto Che Guevara fueron lapidarias: “al imperialismo, ni tantito así, nada” Y es que el modelo imperialista es lo más parecido a la destrucción de la vida, acaso el detonante del peor de los dramas que pueda vivir la humanidad. Un mundo libre de hambrunas, despojos, guerras, pandemias, muertes de niños por falta de atención médica, analfabetismo, discriminación, genocidio, crímenes ambientales etc., sólo lo podremos alcanzar si derrotamos el modelo capitalista de explotación mundial, si ponemos fin al holocausto que representa la matanza de millones de seres humanos que viven bajo las garras del capitalismo. Es insostenible, nos lo advirtió el líder histórico de la Revolución Cubana Fidel Castro, de ahí la urgencia de levantar las banderas de una alternativa, de un modelo que mire al ser humano y no al capital, de un sistema que tenga como principio la justicia social y la igualdad de derechos para todos.

La humanidad vive un desconcertante panorama ante la presencia de la COVID 19, una terrible pandemia que ya ha contagiado a más de un millón de personas. Una enfermedad que declaró jaque mate al sistema capitalista y neoliberal que se le ha impuesto al mundo. Son decenas de miles los muertos a causa de la COVID 19, otras tantas víctimas se deben a la insostenibilidad y despiadadas políticas del capitalismo. Como expresara recientemente Ignacio Ramonet: "esta pandemia ha mostrado la crisis del modelo neoliberal que está asociado al desmantelamiento de la protección social, al predominio del mercado, a un Estado mínimo incapaz de apoyar a los desamparados". Luego, podemos preguntarnos: ¿y dónde, en que lista están esos miles de desamparados que no pueden acceder a los sistemas de salud, que no pueden pagar una prueba diagnóstico, mucho menos un tratamiento? Es más que notoria la crisis del modelo neoliberal y el riesgo mayor recae en los pobres, que indiscutiblemente son los más.

Esta situación de la pandemia no nos puede alejar de la esencia, la verdad del mundo en que vivimos. Cuánto desequilibrio, riquezas concentradas en unos pocos y la mayoría vive en la pobreza extrema. Lo importante no es el ser humano y su bienestar sino el tener, el capital, el sálvese quien pueda. Así se vive en el capitalismo avasallador, ese que tiene sumida a la humanidad en el peor de los abismos. Es cierto que la pandemia mata empero se torna más grave la situación debido a la tragedia global provocada por un sistema deshumanizante, que lógicamente lo que hace es aprovechar la debilidad de los pobres de la tierra para extorsionarlos y llenar los bolsillos de los ricos. Es la lógica del sistema, del capital, de las trasnacionales, del imperialismo. ¿Una crisis sanitaria es lo que vivimos hoy? Es mucho más que eso, el equilibrio del mundo sigue siendo, y cada vez mayor, dudoso y vacilante. La humanidad necesita de un nuevo orden económico, político, social y cultural. Luchar por el socialismo hace parte de esta idea "Unir para vencer" como reto de la izquierda.

Es por eso que defendemos el socialismo porque sus valores devienen hoy en la salvación de la humanidad. Cuba, en marcha indetenible, continúa apostando por este modelo inclusivo, por ende, no discriminatorio ni lesivo a la dignidad humana; por un orden económico, político, social y cultural que no promueva el individualismo, el egoísmo personal, el sálvese quien pueda, el generador de la brecha maldita entre ricos y pobres, entre explotadores y explotados. Defendemos un socialismo de verdad, construido con el esfuerzo de un pueblo dispuesto a entregar su vida (la de sus hijos) por aquello en lo que cree y ansía que perdure. Es un pueblo que hace una elección (visto desde la colectividad humana que lo compone), es un pueblo que crea sobre la base de un ejercicio de praxis revolucionaria cimentado en una plataforma teórica y un sostén moral que lo elevan a la condición de heroico. Un socialismo que no es calco ni copia, sino creación heroica, como aprendimos de Mariátegui.

El drama que vivimos sin dudas es aterrador, pero al mismo tiempo esperanzador. ¿Será qué ante profundas crisis se desatan olas de cambio que devuelven la felicidad un día alcanzada? Aunque estamos en tiempos de COVID19 no se olvida que pareciera que ello ocurrió en nuestra América, atendiendo a los acontecimientos de los últimos meses: protestas contra las políticas neoliberales en países como Ecuador, Chile y Colombia, enfrentamiento del pueblo boliviano al golpe fascista perpetrado contra Evo Morales etc., es lo que pudiéramos llamar: el despertar consciente de los pueblos bañados con la sangre de tantos imprescindibles. Desde hace algunos años se viene discutiendo en la región si América Latina vive un retroceso político al advertirse una oleada derechista y fascista que no demoró mucho en intentar barrer con los gobiernos progresistas, de izquierda, impulsores de políticas de justicia social en beneficio de los pobres de la tierra, como les llamó Martí. Se ha hablado de una década perdida refiriéndose al posicionamiento de la derecha neoliberal en algunos países de la región donde se abandonaba, aparentemente, el ideal revolucionario. Y aunque hubo y hay todavía (los casos más recientes son Bolivia y Uruguay) una vuelta a la derecha en el poder, los pueblos no dejan de luchar.

Los pueblos nunca abandonan los ideales que defienden[1], subyace en ellos una llama que ha de prenderse en el momento en que estén dadas; tanto condiciones objetivas (ante una arremetida imperialista, con la exacerbación de los males sociales, la criminalidad creciente y el triste panorama desolador quien discute que nos la hay), como subjetivas; he ahí la vanguardia política e ideológica, sustentada en una plataforma teórica que le permite concebir una praxis revolucionaria que despierta a los dormidos, enaltece a los despiertos y obliga a mantener la pupila insomne en tiempos de vigilia perpetua. La humanidad sigue teniendo ansias de justicia y para alcanzarla hay que luchar. Si no somos capaces de comprender el momento histórico (tener sentido común, reflexivo, crítico); si nos perdemos en caminos divisorios o nos aferramos a incoherencias discursivas; nuestro actuar será nefasto en la consecución de nuestros propósitos.

La izquierda tiene un gran reto: la unidad de todas sus fuerzas, la cohesión y complicidad en los planes de acción concertados, la capacidad de asimilación crítica de los hermanos de lucha (no somos absolutamente iguales, existen diferencias y ello ha de respetarse: unidad dentro de la diversidad; eso es garante de una buena estrategia). Así lo entendimos los cubanos, y en la unidad creemos como factor determinante para resistir y vencer. La Revolución Cubana, que celebra 61 años de su triunfo, padeció de la desunión de sus fuerzas revolucionarias, líderes de la gesta independentista; y ello trajo consigo que, como un día afirmara Martí, hayamos dejado caer la espada de la libertad. Era entonces necesario, no sólo alcanzar la unidad, sino preservarla, cuidarla, ella ha de ser incólume porque es la garantía de la perdurabilidad de un proceso revolucionario.

Empero, ante este drama espantoso que vivimos, y conscientes de que un mundo mejor es posible; qué podemos derrotar al capitalismo, por nuestros hijos, nietos y generaciones futuras; que las garras imperialistas no podrán con la heroicidad de los pueblos de la América nuestra; urge asirse a lo mejor del pensamiento emancipador y consolidar la militancia por la justicia social. En Cuba tenemos a José Martí y a Fidel Castro, por sólo nombrar a los pilares fundamentales de la Revolución pues la pléyade de héroes y mártires que dignifican la Patria es impresionante. En ellos, en Martí y Fidel, hay una conexión misteriosa (será parte del misterio Cuba), creo que son los enlaces, según el propio Martí: “invisibles y continuos de los que se va tejiendo el alma de la Patria”; como se va tejiendo el legado histórico de nuestra Revolución, que encuentra sus bases en el pensamiento y la acción de estos grandes hombres.

[1] “Los imperialistas se preparan a reprimir a los pueblos americanos y están formando la internacional del crimen. Los Estados Unidos intervienen en América invocando la defensa de las instituciones libres. Llegará el día en que esta Asamblea adquiera aún más madurez y le demande al gobierno norteamericano garantías para la vida de la población negra y latinoamericana que vive en este país, norteamericanos de origen o adopción, la mayoría de ellos. ¿Cómo puede constituirse en gendarme de la libertad quien asesina a sus propios hijos y los discrimina diariamente por el color de la piel, quien deja en libertad a los asesinos de los negros, los protege, además, y castiga a la población negra por exigir el respeto a sus legítimos derechos de hombres libres? No hay enemigo pequeño ni fuerza desdeñable, porque ya no hay pueblos aislados. Como establece la Segunda Declaración de La Habana: Ningún pueblo de América Latina es débil, porque forma parte de una familia de doscientos millones de hermanos que padecen las mismas miserias, albergan los mismos sentimientos, tienen el mismo enemigo, sueñan todos un mismo mejor destino y cuentan con la solidaridad de todos los hombres y mujeres honrados del mundo” Discurso pronunciado por el Comandante Ernesto Guevara el 12 de diciembre de 1964 en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Autor: Yusuam Palacios Ortega

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