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UNA VIEJA NORMALIDAD REVESTIDA

A simple vista, parece una incongruencia: hay algo en la expresión que hace ruido. Pero ni tanto. Los gobernantes actuales tienen muy claro qué normalidad quieren -seguramente por el aprendizaje que les dejó más de 150 años de gobiernos de su tinta-, saben con precisión qué decisiones deben tomar para re-construir una normalidad perdida o deteriorada al menos en parte por los anteriores 15 años de gobiernos del FA. Además del retorno, del regreso a la normalidad anterior (porque eso es lo normal, algo ya establecido, mientras que lo otro, lo anormal vino a cambiar aquello), debemos pensar en lo nuevo, en lo que vendrá a reforzar la normalidad reivindicada.

La condición de normalidad refiere -de acuerdo a definiciones más o menos establecidas- a la cualidad o condición de normal, ya porque se ajusta a las normas o a un estado natural de algo. En sentido general (sentido común mediante), es algo que se ajusta por promedio, por valores medios también predefinidos.

Con su correspondiente carga de subjetividad, la normalidad está determinada por otras circunstancias que le vienen dadas a los integrantes de una comunidad. Parece de perogrullo, pero aquello del ser social y su base material, esto es, el modo de producción que lo condiciona, siguen ahí, tan campantes. Por lo tanto, cualquier cosa que llamemos normalidad, no deja de ser una generalización en relación a una sociedad dada.

Volviendo a nuestros angelitos de carrera, allí están las señales que ya son medidas tomadas y anunciadas públicamente: negociación de salarios sí, pero..., ingreso de la LUC al debate parlamentario, pero en sólo 14 días, operativos de saturación policial en los barrios periféricos, y nada de cuarentena obligatoria, porque eso obligaría a avanzar hacia formas de protección social que no están en la agenda ni en el horizonte (nada de Estado Benefactor). En fin, una vez más el viejo y querido capital haciendo y deshaciendo a su antojo. Porque algo enseña la historia de la República y su sistema de representación y separación de poderes: las leyes se derogan con otras leyes si hay manos suficientes que así lo resuelvan. Algunos derechos conquistados pueden ser vapuleados por la nueva composición del Parlamento electo.

Y hasta aquí, nada que sorprenda. Siquiera los dichos del general senador en defensa de esos pobres viejos torturadores y asesinos de tiempos dictatoriales; en última instancia, ya lo dijo también el susodicho: había una guerra y él entró a la Fuerza a cumplir un deber con la Nación. Corría el año de 1971. Pocos meses después fueron asesinados sin miramiento ocho obreros comunistas, ejecutados sin piedad pero con pasión, con odio. Era en Abril, era 1972, y fueron las Fuerzas Conjuntas que él integraba por deber autoimpuesto.

De regreso al presente,  la normalidad devino en novedad, en la cosa revestida, jugando a lo nuevo porque efectivamente hay nuevos instrumentos para ello, porque hay nuevas mayorías, porque hay un voto de confianza social que debe ser aprovechado, y sobre todo porque hay una Peste que -aunque pareciera alterar todo el organigrama gobernante-, se transformó en el contexto ideal para avanzar. Todo conduce al cantito tan bien resuelto en su función: ES AHORA, con esa A sonando alegre y burlona, pero confiada, optimista. Y aunque no lo confiesen, por puros canallas, toda la parafernalia construida por los 15 años de gobiernos del  FA (SNIS, Fibra Óptica, Planes CEIBAL e Ibirapitá, MIDES, y un larguísimo etcétera) hoy les viene como anillo al dedo.

El asunto, y termino, es si seremos capaces de forjar desde el campo popular un anillo que los cerque, que los contenga y los haga pedir pido, esto es, que logre achicar el margen de su acción, que detenga sus novedades viejas revividas, que asegure por fuerza de masas los derechos conquistados en los tres lustros anteriores, y que permita un renovado impulso de avanzada, de unidad todavía más firme, más diversa y más amplia, esa unidad que los uruguayos han sabido construir y defender y que ningún garrote, ni bala, ni infierno, han podido destruir. Porque, volviendo a la normalidad, me remito a aquella -expresada con la letra N- y que refiere al número de equivalentes de soluto por cada litro de solución: esta N depende de la reacción en la que participe la solución. En eso estamos prestos.

Autor: Iván Häfliger

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