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El Gobierno utiliza la pandemia para desarrollar la Blitzkrieg, avanza en todos los frentes.

La peste permitió un reajuste brutal entre el capital y el trabajo, más de 150 mil desocupados, y muchos que vivían de  resolver la diaria se encuentran sin nada. Eso parece debilitar a la poderosa central sindical uruguaya.

Sube el dólar más de 10 pesos, llevando la carestía a los hogares y la plata a los bolsillos latifundistas. El eje de derecha y ultraderecha se envalentona, avanza más rápidamente aún. La gente está en sus casas por miedo a la peste.

Se utiliza esa coyuntura para una solución final, aprobar lo más duro de su programa de gobierno  mediante la utilización espuria de los mecanismos de urgente consideración.

Atrás de eso, un blindaje de su aparato de propaganda en manos una rosca  que detenta el poder mediático y a la que se le va a ceder el control total del discurso, con una nueva ley de medios.

La izquierda aparece vacilante, duda, se divide en los discursos y en el que hacer.

Una parte sale a disputarle el proyecto al gobierno, denunciar estas atrocidades, trata con los medios que puede enfrentar la embestida baguala. Otra parte aún no entiende la forma de actuar de la bestia, piensa en el apego democrático, en las instituciones, quiere tender una mano que es mordida una vez tras otra por los perros guardianes del capital y el imperialismo.

Los más, los militantes de base que en noviembre casi logran cambiar la profecía autocumplida, más a fuerza de corazón que de recursos, esperan que haya un rumbo claro, sienten como el eje avanza. Se juntan en ollas, desparraman solidaridad con lo que les falta, juntan lo que no tienen para resolver el plato de lentejas. Saben que viene el invierno, está llegando.

Los de arriba, se sacan fotos donando mascarillas que pagan con la plata que se ahorran con los seguros de paro y que va a pagar el estado o sea, todos, y más los pobres.

Están contentos, satisfechos, piensan que la clase obrera va a estar acorralada, que no va a poder pelearla. Le cerraron las vidrieras de la cadena nacional, no puede hacer actos masivos, ni tomar las calles, por eso, sintiéndose impunes, redoblan la apuesta, atacan por varios lados, de forma constante y artera, festejan en sus mansiones donde es fácil pasar el encierro, con piscina y gimnasio propios.

En las casas de barrios, los trabajadores se esfuerzan más, los materiales para las ollas cada vez son menos, si cae alguien con algún insumo para alguna canasta las sonrisas momentáneamente aparecen en las caras. Pero el invierno ya viene. Va a ser duro, encierro, miseria y represión, junto a los cantos monocordes que de repetidos piensan que van a ser reales.

Pero en realidad con toda esta parafernalia cada vez es más evidente que los de arriba ya perdieron. No tienen, ni van a tener respuestas, cuando el invierno llegue, cuando las muertes crezcan, cuando la miseria se expanda. Por eso están jugados a ser rápidos, para reprimir, para enriquecerse, para blindarse de mentiras controlando la imagen y la palabra.

Por eso las medidas son relámpagos y la democracia convertida en un obstáculo a sortear.

Pero no cuentan con la voluntad optimista de la lucha del que politiza el dolor y mira a sus hermanos de clase con total fraternidad y empatía. No cuentan con que otra vez en la historia, cuando piensen que el avance está garantizado, será nuevamente la clase obrera que  junte al pueblo con un grito de combate : ¡¡¡ DETRÁS DE MAYO NO HAY NADA!!!

Autor: Diego Alonso

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