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A mucho compa no le gusta la idea de la caravana. Es un Primero de Mayo difícil. Juega mucho la seguridad.
 
En el primer Primero de Mayo al que concurrí, la seguridad era casi todo, pero cuatro de los cinco que nos concertamos para concurrir no lo sabíamos bien. Al punto que nos reímos del compañero que se disfrazó de cura, porque a un lado de la plaza está la iglesia que le serviría de coartada.
 
Si el Primero de Mayo anterior, me enteré que mataron a Reyes fue porque, después de dos años buscando contacto, había logrado integrarme a la organización. Estar organizados en la clandestinidad era, por lejos, la manera más eficaz de luchar contra la dictadura, pero para un par de gurises de familias no frenteamplistas, en 1978 era complicado encontrar un enlace y después también. Fue en el 80, cuando Álvaro recibió de Nelson en el liceo nocturno nuestro primer Liberarse, que nos pudimos afiliar y hacer que lo poco que hacíamos fuese más de lo que parecía.
 
Para el Primero de Mayo del 81, Nelson bajó para los tres afiliados a la UJC y los vínculos simpatizantes de la CNT que teníamos, dos posibles tareas. Una de madrugada para que la calle Primero de Mayo amaneciera alfombrada de claveles rojos. Otra de tardecita en la Plaza del Trabajador, en Garibaldi, para poner una plaqueta en el monumento durante una concentración relámpago que cubriese a quienes se encargasen de colocar la placa.
 
Nos repartimos las tareas y Yimi se disfrazó de cura, con misal, rosario, crucifijo y todo. Si lo detenían iba a decir que salía de la iglesia cuando vio un tumulto y se arrimó a ver qué pasaba.
 
–Van a ir a la iglesia a preguntar y les van a decir que no sos cura, boludo (“boludo” no, se decía “nabo”. “Boludo” se dice ahora).
 
–Nabos son ustedes, giles. Cabe la posibilidad de que no vayan a preguntar y yo zafe. En cambio ustedes, ¿qué coartada tienen? ¿Qué mierda hacían en la plaza si ninguno vive por ahí, ni trabaja por ahí, ni estudia por ahí, ni tiene familia por ahí?, ¿eh?
 
Nos importaba un pito. No éramos plenamente conscientes. Ni la hermana ni la novia ni el gato le dieron la razón
 
No fuimos un tumulto pero alcanzó para tapar a los encargados el instante necesario. Hoy sé que hubo varios otros pequeños actos así, sorpresa, ese día, que en esa fecha éramos más de tres mil organizados en la clande; me lo aseguró José Paccela veinte años después, pero yo pensaba que a lo sumo éramos trescientos.    
 
Al año siguiente, en otra fecha, me tocó a mí ser uno de los encargados de poner un cartel en el muro de la Biblioteca Nacional. Entonces ya entendía por qué a la hora pico de transeúntes, por qué estaba superpoblada la parada del ómnibus, por qué cuando nosotros pasamos, a una seña se arrimaron treinta a tapar el muro cinco segundos, que al final fueron diez porque Oscar y yo pudimos enseguida pero a Nelson le costó un poco más hacer su parte mientras se decía a sí mismo “¡trancuilo, tracuilo!”.
 
No sé cuánto duró la plaqueta en el monumento. Me fui a dormir deseando que la plaqueta estuviese allí al amanecer cuando los trabajadores del lugar pasasen por la plaza para ir a sus laburos, incluido el cura de verdad.
 
El muro duró cinco horas. Como era en 18, bien céntrico, los milicos no quisieron hacer pamento y esperaron la noche para mandarse en camión con detergente.
 
Está bien que insistamos en denunciar la felonía de que nos nieguen la cadena de televisión, porque sabemos que una plaqueta una noche con su amanecer y un cartel cinco horas en 18, valieron que se jugaran la vida decenas de militantes. Sin esos y cada uno de los pequeños actos de entonces y de las medidas de seguridad para que les costasen al pueblo lo menos posible –y aun así costaron muchísimo–, hoy no tendríamos la fuerza política para  hacer llegar un discurso programático a toda la población.
 
Ni una Central de Trabajadores que, incluso en gobierno de derecha, a nadie se la pasa por la cabeza el atrevimiento de ir a plantearle el 25 % de descuento salarial general, sin reintegro, que aceptó la CGT argentina en gobierno de un sedicente “socialdemócrata”.
 
El asunto es hoy en pandemia como ayer en dictadura, tomar las mayores precauciones de seguridad posibles, sin dejar de hacer ni de decir.
 
A mí tampoco me gusta la caravana, pero es lo concertado y ella, con la recepción en cada casa de un vasto circuito de comunicación propio, puede ser lo más seguro y acaso sorpresivo, aunque parezca menos de lo que es.
Autor: Joselo Olascuaga

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