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El Reglamento Agrario de Artigas produjo pánico en el Cabildo montevideano y en varios latifundistas enemigos y de algunos del bando patriota.

Los emigrados fueron los primeros expropiados. Los “malos europeos” y peores americanos” que vivían acá, estaban julepeados.

Así los cuenta Julio Rodriguez, el historiador:

“Residían en Montevideo, en Colonia. Maldonado y otros puntos, muchos de los hacendados y propietarios que a la postre serían confiscados: Francisco Albín (h) aún estaba en Colonia en marzo de 1816; Doña María Antonia Achucarro de Viana acumulaba recuerdos para llenar las horas de la que habría de ser longeva carrera patricia; María del Carmen García se hallaba aún con los hijos de Benito Chain; Doña Lorenza Moro de Alcorta mantenía su esperanza en medio de restricciones, cuyos ecos subirían hasta los expedientes; Pascuala Álvarez de Martínez luchaba arduamente para defender aquellas riquezas que permitirían a su hijo ser presidente del Banco Comercial, de la Asociación Rural y de la Bolsa de Comercio; Bartolomé Mitre acudía a todos los escaños para lograr que sus arrendatarios dejasen de tomarse a pecho el Reglamento Provisorio y le pagasen los arrendamientos tan necesarios para el futuro viático de un nieto presidente aún no nacido pero ya deseado; Manuel González vivía de prestado en casa de inglés Conrado Rucker, que tenía la mirada tan larga como el Imperio y que cobraría aquella pensión con la estancia del Río Negro; Doña Magdalena Molina de Rollano se jugaba entera por la estancia del Cordobés; Antonio Pereira en tanto malbarataba lo que podía de los bienes de Zamora, escribía a Artigas para que fuera respetada la herencia del “hijo natural” del gran saladerista; Lucas Obes bastante mal conceptuado y poco después incómodo en los grillos del Hervidero, no podía defender a sus clientes, los Correa Morales; Diego Martín Martínez y su madre, Martina Gómez Saraiva de Martínez, veían expulsadas sus partidas de los campos de Durazno y desconocidos sus títulos.”

Toda esta gente odiaba a Artigas y participaron de la “leyenda negra” contra el prócer. Estaban en peores condiciones porque estaban al alcance de la mano. En cambio había otros que estaban en Buenos Aires y podían recurrir a la fuerza de las armas propias o pedir ayuda a los portugueses, como luego lo hicieron.

El Cabildo y la Junta de Hacendados veían que la cosa venía en serio. Trababan todo lo que podían las medidas contra los enemigos y los emigrados, ya desde antes del Reglamento, cuando Artigas mando un bando estableciendo que si en dos meses no se presentaban los emigrados, perdían sus bienes. Ya habían pasado los dos meses.

El 25 de setiembre de 1815 Artigas desata la crisis. Envía un oficio al Cabildo exigiendo un nuevo bando sobre los emigrados. Además Artigas intimaba a los no emigrados, a los que residían secretamente en Montevideo y aledaños a que repoblasen sus campos so pena de decomiso.

El Cabildo empieza el sabotaje. Llega a modificar los bandos de Artigas para salvar a los emigrados que estaban en la Provincia. El Cabildo de Montevideo llega incluso a trucar un oficio de Artigas que se encontraba, lejos, en Purificación, ofreciendo garantías a los enemigos de la Revolución Oriental.

Finalmente Artigas, se da cuenta de la maniobra y exige que se cumplan las resoluciones. “Los grandes propietarios enemigos y emigrados perdieron toda esperanza sobre sus viejos latifundios.”

Autor: Prof. Gonzalo Alsina

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