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Chaplin decía que el cine es plástica. No hay duda que cada fotograma suyo es un poster, pero los más extremistas –Chaplin no–, dijeron que la palabra mató al cine. Otros piensan que el cine todavía no existe. Va a existir cuando los vietnamitas hagan las películas. Lo que nadie puede dudar sobre las palabras y la muerte, es que muchas veces a las palabras les cavan fosas.

Es una cuestión de límites. O sea, de política –hacer política es poner límites–. Cuando el “Presidente de Colombia” Iván Duque dice, tras “desmentir” la indesmentible participación del gobierno colombiano en los más recientes fallidos intentos de invasión a Venezuela, que las fuerzas armadas de Colombia deben descubrir cuáles de sus miembros informan de los planes colombianos a “los regímenes dictatoriales”, no sólo echa por tierra su “desmentido” (aceptando por informaciones las que se filtraron a la Inteligencia venezolana), sino que en la misma tierra, cava la fosa de la palabra “dictadura”.

Una dictadura terrorista que, desde el dictado en la sombra de su verdadero presidente, Álvaro Uribe Vélez, asesina a cientos de líderes sociales todos los años, si no todos los meses, llame dictatorial al gobierno bolivariano de Venezuela, es irse al carajo, sobrepasar el límite político vital de las palabras.

Las palabras se defienden a lo vietnamita, con sus propias fosas, sus propios límites, a veces usando la literalidad por trinchera.

El literal antónimo de dictadura sería mutablanda, una película de Chaplin, o, para aceptarle existencia de gobierno, dictablanda, la ironía con que se denominó al gobierno de Terra, en 1933, en Uruguay, porque comparada con las dictaduras finiseculares decimonónicas del mismo país, la de Terra parecía tierna, pero fue una dictadura bastante más dura que lo que todavía se cree y oligárquica.

Monarquía u oligarquía, justamente, pero especialmente monarquía es lo contrario a democracia, porque democracia es literalmente “gobierno del pueblo” y monarquía “de un autócrata”, literalmente. Los españoles e ingleses y holandeses y suecos y otros “monárquicos democráticos” que acusan de antidemocrático al gobierno bolivariano, viven en dictaduras o dictablandas, oligárquicas e imperialistas, que se autodenominan “monarquías democráticas”, como si entre monarquías y democracias no hubiera contradicción en sus propios términos definitorios. Y, falaces  hasta el hartazgo reiteran, con machacona obsesión, que es una dictadura la única revolución antiimperialista que hemos consolidado por vías exclusivamente electorales.

Quiso Allende y no pudo consolidarla así, y ni siquiera quisieron transitarla de verdad, seudoizquierdistas europeos, o no pudieron. Si Venezuela fuese una dictadura, Guaidó estaría preso desde que se autoproclamó Presidente en una plaza, como lo hubiese estado en la de Pinochet, en la de Stroessner, en la de Bordaberry, en la de Terra, en la de Lenin, en la de Mao, en la de Franco, en la de Reza Pahleví, en la del Borbón o en cualquiera dictadura monárquica, oligárquica o democrática.

Que Sánchez se autoproclame en una plaza Jefe de Estado español, a ver qué le pasa. Sánchez o Casado o Iglesias, quien lo haga con opción política de derribo y pulso de fuerzas o aunque lo haga simplemente como una boutade. Si a Willy Toledo, un actor madrileño que se caga en la monarquía, por decir nomás una verdad sobre el Borbón, lo procesaron...   

Si algo caracteriza, históricamente, a la democracia bolivariana, es el blando dictado de su pueblo sin otro medio que las elecciones, la participación, las negociaciones y la evidente tolerancia, su tránsito pacífico al antiimperialismo y eso no significa que la vía fundamental de la revolución no haya sido históricamente armada, porque sin el ejército rojo ruso, el Popular de Liberación chino, el Vietcom, el 26 de Julio, el sandinista, los Muyahidines, las FAPLA, el CNA e, incluso, los pakistaníes que resistieron la agresión militar de Gandhi, entre otros que transitaron la vía armada cuando no había otra, determinaron la posibilidad de este camino venezolano tanto menos costoso para el pueblo que los anteriores.

Y tampoco desconoce la unidad cívico militar que Allende quiso plasmar (pero le mataron cuatro generales y el quinto lo traicionó) y tampoco pudo Azaña, pero estuvo en la consecuencia de todos los procesos revolucionarios populares.

Lo que diferencia a la revolución bolivariana es su apego estricto a toda Constitución vigente legitimada en las urnas, con pleno respeto a todo resultado comicial y veinte elecciones en veinte años (dieciocho ganadas y dos perdidas, veredictos todos acatados) y el genio de Chávez que previó en la Constitución Bolivariana, un cuarto poder, el Poder Constituyente, porque en las revoluciones las leyes se hacen contra los atavismos. Y por eso el despotismo mediático “de la truhanería inagotable de la política internacional burguesa” (que dijo Machado) falló en el impeachment a la brasileña, igual que en todos los otros golpes de Estado que intentó en Venezuela en estos veinte años, desde el Carmonazo-Polancazo de 2002.

El silencio de Chaplin (elegido, no mero efecto del aún insuficiente desarrollo de la técnica) es una estética plástico poética del movimiento del hombre en el espacio vacío, pero a José Pablo Feinmann le parece superada por los gags verbales de Woody Allen. Para Allen, la vida tiene dos caras. Una: lo horrible. Otra: lo espantoso. “Lo mismo le pasa a Néstor Kirchner con los opositores a su gobierno –decía Feinmann en 2006–. Están los horribles y los espantosos”. ´Ésa es, sin duda, otra de las características de la democracia bolivariana, lo espantosos y horribles que son sus opositores.

Nadie se mantiene en el poder sólo porque los demás son peores, pero sería muy inmaduro, negarle a Maduro la ventaja que le dan Guaidó y sus adláteres.

Al punto que Direct TV se retiró de Venezuela porque el Deep State consideró que darle poder blando a semejante oposición era funcional al chavismo.

Por supuesto, la revolución se defiende y lo hace muy bien, con todo el pueblo, propinando derrota tras derrota a los vampiros del Norte. Los que desde el Grupo Prisa, de boquilla, sólo reivindican a las revoluciones que pierden o a los revolucionarios cuando los desaparecen, van a tener que seguir esperando para llorarle a Venezuela lágrimas de cocodrilo.

Autor: Joselo Olascuaga

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