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Una de las reacciones menos curiosas que ocurren en aislamiento –con esa doble claustrofobia, por cuarentena e Internet– es contra la innovación tecnológica, o, más precisamente, contra la aplicación de la innovación tecnológica cuando atañe a nuestras vidas privadas. Especialmente si es una intromisión estatal.

Durante la revolución industrial, era frecuente que los obreros despotricaran contra las máquinas y golpearan las nuevas máquinas hasta romperlas en protesta por el desempleo y la mayor explotación a que eran sometidos por los capitalistas, pero las máquinas eran repuestas y los capitalistas no se inquietaban por los supuestos daños, por el contrario, aumentaban sus ganancias en la reproducción de nuevas máquinas. Una obra teatral de Rodolfo Santana, que fue éxito en Uruguay protagonizada por Julio Calcagno y dirigida por Marcelino Duffau, llamada La empresa perdona un momento de locura, trata de un obrero al que una empresa lo envía a tratamiento psicológico por haber roto una máquina en un instante de arrebato. Sin embargo, el público salía de sala con la impresión de que el título era La empresa no perdona.

Es que detrás del incidente con la máquina perdonado al obrero por la empresa, Santana hacía aparecer el sistema, la máquina detrás de la máquina, el inconsciente maquínico modelando, sin piedad y sin perdón, la consciencia del obrero, maquinando el ser social que la determina.

En estas cuarentenas, a diferencia de las antiguas, el individuo no estuvo solo con su consciencia e inconsciente maquínico. Lo acompañaron nuevas máquinas (nuevas para una pandemia) que hicieron ingresar a las cuatro paredes del confinamiento individual, el mundo entero al instante. La televisión (“ese mundo a los pies, idiota, violento, canallesco, Guitarra Negra”), la computadora con disco interactivo global y el teléfono inteligente. Antes, durante “la gripe española”, que hoy todos saben que se inició en Kansas fortuitamente, el individuo en cuarentena estaba encerrado, pero afuera estaba el mundo. Ahora el mundo está encerrado junto al individuo, es más, es un apéndice del individuo, su inconsciente y su consciente y eso, hace ochenta años, le quitó el aire a Howard Hughes: https://joseloolascuaga.blogspot.com/2020/05/la-doble-claustrofobia-encierro-e.html

Entonces el encerrado despotrica contra las máquinas, o, exactamente, contra la intromisión de las innovaciones tecnológicas de las máquinas aplicadas en su vida privada, en su privacidad vulnerada, acusando a la cuarentena de truco conspiratorio de los estados y las elites económicas para explotar aún más a los trabajadores y privarlos de privacidad (valga la paradoja), con la excusa perfecta de un virus que perciben muy sobredimensionado en sus efectos sanitarios por una operación comunicacional global.

Las distopías se apoderan así del sistema nervioso periférico, blanco sempiterno de los impulsos hegemónicos imperialistas, que le descubren, ante una epidemia, que existe la Big Data, el panóptico y el Gran Hermano, viejas novedades, y le ocultan el sistema detrás del sistema, que el mundo está en guerra híbrida del imperio del caos, regular e irregular y entre sus variantes irregulares, desde hace al menos cinco décadas, la bacteriológica.

Entiendo que todo esto se entendería un poco mejor si los politólogos no autocensuraran en sus análisis los factores militares y si la palabra “imperialismo” no estuviese prohibida en el ámbito académico y hegemónico televisivo. Un siglo de semejante mordaza nos ha hecho creer que no hay vida más allá del atlantismo y sus concepciones. Y eso hoy nos induce al mito del fin del valor del tiempo de trabajo socialmente necesario (ver https://resistencia.org.uy/articulos/311/sobre-el-mito-del-fin-del-trabajo ) y al mito de un triunfo del malthusismo que ha quedado en esta primera guerra verdaderamente mundial, totalmente descartado tras la victoria de China, Vietnam, Nueva Zelanda, Islandia, entre otros y próximamente Rusia.

La epidemia del COVID-19 (no es pandemia desde que medio mundo se liberó de ella) no desnudó al Rey de “los mercados”, porque ya andaba desnudo, pero señaló a los bribones que decían vestirlo de ciencia, tecnología e innovación para una economía muerta, ficticia, financierizada, intangible en su crecimiento también ficticio (mientras la velocidad del dinero cae, las “bolsas de valores” suben), sobre endeudada al infinito e infinitamente rescindida. Porque la ciencia, tecnología e innovación son vanguardia de las fuerzas productivas liberadas de relaciones de producción imperialistas.

La pentecostal de Bolsonaro puede inducir con Trump y Boris Johnson a una “inmunidad de rebaño” del tipo de las fake news que difundieron por whatsapp para el Brexit y las presidenciales yanqui y brasileña, pero el resultado es más catastrófico que la propia catástrofe que fue la pandemia.  

Robert Kennedy Junior puede culpar a las vacunas y a Sillicon Valey, pero así como Einstein, los Rosemberg y Fucks aseguraron que el mundo progresara desde la disuasión atómica, los nerds actuales aseguran la cooperación científica entre las naciones. Y va a haber antiviral ruso y va a haber vacuna china con patente gratis para todo el mundo, y especialmente para los países en desarrollo, (así lo prometió Xi Jimping y no es del tipo “occidental” de político que hace lo contrario a lo que dice) y no va a volver la viruela ni el tétanos ni el sars-2. Desde la rueda hasta la robótica, mister Hyde inventa constantemente a doctor Shekyll y el imperialismo sólo puede detenerlo apretando el botón rojo de la hecatombe nuclear, para llevarse a su tumba el planeta.   

Autor: Joselo Olascuaga

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