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Las manifestaciones se han extendido a más de 20 ciudades y van desde marchas callejeras hasta fuertes disturbios que incluyeron el incendio de edificios policiales, saqueos a grandes tiendas y numerosas quemas de vehículos, principalmente patrullas. Pero “la sociedad estadounidense” en su conjunto no se alineó con las protestas; el robusto movimiento ultraderechista que existe en ese país también está respondiendo y recorre las calles con armas largas y de asalto.

El 25 de mayo un hombre acudió a hacer una compra a un local comercial en Minneapolis; luego de retirarse de la tienda, ese hombre, que habría intentado usar un billete falso de 20 dólares, se sentó en su vehículo a unos metros de allí. Minutos después, dos agentes del cuerpo policial de le requirieron para que mostrara sus manos y se bajara de su auto, en el que estaba con otras personas. Lo esposaron y lo llevaron al otro lado de la calle junto al vehículo policial, donde lo acostaron boca abajo y el agente Derek Chauvin, a pesar de que Floyd ya estaba esposado, puso su rodilla sobre el cuello y la cabeza del detenido hasta que lo mató.

Quedaron registrados en video los últimos momentos de la vida de George Floyd, varios transeúntes se detuvieron a filmar debido a que el hombre insistía en que no podía respirar. Los testigos requerían a Derek Chauvin para que retirara la rodilla del cuello de Floyd, ya que el hombre no estaba ofreciendo resistencia y era muy notorio que le estaban haciendo daño. Durante más de ocho minutos estuvo el detenido bajo esas condiciones y Chauvin solo le retiró la rodilla cuando llegó una ambulancia que se llevó a Floyd a un centro asistencial, donde se determinó que este había fallecido en el lugar de los hechos, antes de ser puesto en la camilla.

Las últimas palabras de George Floyd, “I can´t breathe” (‘no puedo respirar’), se convirtieron en uno de los símbolos del mayor levantamiento civil con raíces raciales en Estados Unidos desde 1968, cuando el asesinato del activista por los derechos de los afroamericanos Martin Luther King generó una ola de violencia que estalló en 125 ciudades y cobró la vida de 46 personas.

Aunque la muerte de Floyd sea la más reciente en este tipo de situaciones, no es única, antes de esta, en 1992, Los Ángeles se convirtió en un campo de batalla luego de que en abril de ese año se absolviera a los cuatro policías que apalearon a Rodney King, un taxista afroamericano y cuya brutalidad también quedó registrada en video. Algo similar ya había ocurrido en Miami en 1980, cuando se absolvió a los cuatro policías acusados de matar a golpes a un motociclista afroamericano en Tampa. Los hechos en la Florida cobraron la vida de 18 personas, mientras que en los disturbios de Los Ángeles los muertos fueron 59.

También en abril de 2001, en Cincinnati, Tim Thomas, un joven afro de 18 años, fue muerto por un policía blanco durante una persecución, lo que generó una espiral de violencia de cuatro días. En agosto de 2014 en Ferguson, Misuri, un policía baleó a Michael Brown, joven afro de 18 años, quien se encontraba desarmado, lo que también generó una semana de disturbios en esa localidad.

Todas las situaciones anteriormente mencionadas tienen como factor común el ejercicio de la fuerza por parte de agentes policiales blancos sobre personas afrodescendientes durante procedimientos de captura o persecución. Sin embargo, las protestas tienen un trasfondo social mucho más profundo que el rechazo de la violencia física por parte de agentes policiales contra individuos afrodescendientes.

Los acontecimientos ocurren también en momentos de incertidumbre económica o en los alrededores de alguna crisis; siempre estos hechos son una manifestación del ejercicio de violencia estructural que recae sobre la población más vulnerable en Estados Unidos. Las protestas son contra la violencia que ejerce la Policía, pero también contra el desempleo, la falta de acceso a servicios básicos, la falta de condiciones de acceso digno a educación y oportunidades de inserción social en el esquema de mercado del sueño americano.

Es un hecho que Estados Unidos es el lugar en que peor manejo se le dio al fenómeno de la pandemia global en el hemisferio norte, no solo por la estructura estatal, que tiene a la cobertura en salud como un negocio privado, sino porque venía de una experiencia acumulada que, aunque era solo de algunas semanas, ya permitía sacar conclusiones preliminares y proyectar acciones preventivas para evitar la propagación exponencial que ha alcanzado el coronavirus en territorio norteamericano.

Ante la falta de este tipo de medidas por parte del gobierno federal, los contagios se dispararon, principalmente en la población que menos condiciones tiene para cumplir con el aislamiento voluntario y la distancia social, pues es una población mayoritariamente precarizada en sus condiciones laborales y que vive en sobrepoblación y hacinamiento, por lo tanto, ha sido la más golpeada por la pandemia.

Afroamericanos e inmigrantes han sido los grandes sacrificados para mantener intacta la estructura de Estados Unidos. Por lo tanto, cuando el mundo ve transmitido en tiempo real, por Facebook live, cómo un policía blanco ignora el pedido de ayuda de una persona que está bajo su custodia y continúa ejerciendo un procedimiento que lo termina matando ante los ojos del mundo, toda la rabia acumulada estalla.

Entonces se generó un movimiento que rebasó los márgenes de la rabia por una acción racista, y se sumaron diferentes sectores de personas que también se sienten excluidas y se identifican con la indignación que produjo un crimen cometido por el poder por medio de la represión en contra del sector más sumergido de la sociedad.

Pero hay que tener en cuenta que cada levantamiento debe confrontar también la época en que se da. Luego de los años 50, este es el momento en que existe una mayor efervescencia de los movimientos ultraderechistas en Estados Unidos. Las manifestaciones realizadas el día de la posesión de Donald Trump fueron un campanazo de alerta ante el crecimiento de estos grupos, que hoy patrullan armados por las calles de varias ciudades con la excusa de proteger los comercios de posibles saqueos. Este tipo de grupos, que ya han desarrollado acciones ofensivas a lo largo de la frontera con México, deben revisarse con mucha atención, pues tienen a su disposición todo un mercado de armas y el respaldo de la institucionalidad estadounidense para su uso, prácticamente contra quien quieran.

Es por esa razón que la situación en Estados Unidos puede empeorar en vez de mejorar, la respuesta institucional ha sido arrojarle más nafta a la hoguera y las declaraciones de Trump van dirigidas al uso de la fuerza. El presidente impulsa a los gobernadores de los estados en que hay disturbios a usar a la Guardia Nacional para controlar las manifestaciones, lo que ha encendido más a los manifestantes, además de buscar (como es costumbre) culpables en Moscú, Teherán y hasta Caracas.

Finalmente, en recientes declaraciones, Trump ha dicho que si los gobernadores no sacan a la Guardia Nacional, él se verá obligado a enviar de manera unilateral al ejército, lo que sería una acción vista desde muchas perspectivas como dictatorial. Esto debido a que el mecanismo de despliegue interno del ejército existe constitucionalmente en Estados Unidos, pero se reserva únicamente para casos de desastre natural o de una insurrección a nivel interno, y por más enardecidas que sean las protestas, están aún muy lejos de ser una insurrección que pueda afectar las instituciones.

Al cierre de esta edición, los disturbios llevaban más de seis días seguidos en diferentes ciudades, incluidas Washington y Nueva York, afectando lugares emblemáticos del poder, como el Empire State, las inmediaciones del Congreso o la misma Casa Blanca, que por primera vez en 200 años se vio a oscuras, como medida de protección ante una posible incursión de los manifestantes.

En manos de Donald Trump está darle tratamiento a una de las mayores y más profundas crisis que ha vivido Estados Unidos en su historia. Mucho se ha dicho respecto al fin de la hegemonía estadounidense debido a todo lo que hoy ocurre dentro de sus fronteras, y aunque sin duda va a salir profundamente afectada, su caída dependerá también de muchos factores de la política externa y la reconfiguración de otros posibles bloques de poder a nivel global. En ese caso, el mayor enemigo de la supremacía de EEUU parece ser su propio presidente.

Autor: Germán Ávila

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