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En días recientes pude ver en Netflix la película “Sergio”, que muestra los últimos años de vida del diplomático brasileño Sergio Vieira de Mello quien estuvo 34 años al servicio de la Organización de Naciones Unidas (ONU).  Hoy 19 de agosto, se cumplen diecisiete años de su muerte en Bagdad junto a otros 20 miembros del personal de la ONU tras el alevoso atentado terrorista perpetrado por Al Qaeda cuando representaba a la organización como Alto Comisionado para los Derechos Humanos y Representante Especial para Irak.

Vieira de Mello se incorporó a la ONU en 1969, en la oficina del Alto Comisionado  para los Refugiados (ACNUR) en Ginebra, cumpliendo misiones para esa agencia en Bangladés, Chipre, Mozambique y Perú, hasta que fue enviado a Líbano  entre 1981 y 1983. En los años finales del siglo pasado fue designado para cumplir misiones de limpieza de minas que habían dejado los conflictos de Camboya y posteriormente de Yugoslavia. Dando continuidad a su profusa labor humanitaria, participó como enviado de la ONU en el manejo de la crisis de los refugiados en África central como asistente del alto comisionado para los refugiados en 1996. Este extraordinario curriculum en favor de la defensa de los derechos humanos y la búsqueda de la paz y la reconciliación entre países y pueblos en conflicto, lo llevó a ser designado vicesecretario general de Naciones Unidas.

En 1999 fue elegido por su organización como enviado especial a Kosovo, tras la secesión de esta provincia de Serbia. En 2002 fue nombrado Alto Comisionado de Naciones Unidas para los derechos humanos  al mismo tiempo que administraba de manera provisional la oficina de Naciones Unidas en Timor Oriental en momentos en que este pueblo daba los últimos pasos para expulsar la ocupación indonesia de su territorio.

En mayo de 2003, Viera de Mello fue designado como Representante Especial de Naciones Unidas en Irak, lugar donde encontró la muerte ese fatídico 19 de agosto después de la explosión causada y reivindicada por Al Qaeda en el hotel Canal donde funcionaba la oficina de la ONU.

En un artículo publicado el 3 de octubre de 2005 por el escritor y periodista angloestadounidense Christopher Hitchens en el portal Slate bajo el título de Why ask why? se señala que: “De Mello había sido el más devoto y humano de los funcionarios públicos del organismo mundial y se había ganado opiniones de oro en Camboya, Líbano, Sudán y los Balcanes. Pero fue su papel como supervisor de la ONU de la transición en Timor Oriental lo que lo marcó de muerte. Un comunicado de Al-Qaeda se regocijaba por el final del ´representante personal del esclavo criminal de Estados Unidos, Kofi Annan, el enfermo Sergio de Mello, amigo criminal de Bush`”. En el comunicado de Al Qaeda con el que pretende justificar su acción criminal se señala la presencia de Vieira de Mello en países de mayoría musulmana como Líbano, Kosovo, e Irak, pero sobre todo por su activa participación en la independencia de Timor Oriental que Al Qaeda consideró extraída de “la tierra islámica” al referirse a la ocupación indonesia.

La vida y la entrega plena de Sergio Vieira de Mello a la causa de la paz y los derechos humanos es un motivo de reflexión. Debo confesar mi repulsa hacia una gran cantidad de burócratas funcionarios de organismos internacionales en particular de la ONU que consumen más recursos que los que se destinan a las misiones que cumplen, generando una sangría financiera indetenible y un desprecio hacia su propia función, cuando la esencia de su trabajo es abandonada a favor de la obtención de logros propios, en términos de dinero, poder y subordinación a las grandes potencias.

Conocer la vida y el trabajo de Sergio Vieira de Mello es una muestra excepcional de lo que debería ser un trabajador a favor de los derechos humanos cuando se está convencido de la tarea que se cumple y cuando se está dispuesto a entregar la vida, como él lo hizo, para construir un mundo mejor.

No deja de ser grotesco recordar que el cargo que ostentaba Vieira de Mello, es el que hoy tiene Michelle Bachelet, quien llegó a éste –y al anterior en la ONU- no por una trayectoria de servicio público nacional o internacional en favor de los excluidos y desposeídos sino como dádiva por su ciega subordinación al Departamento de Defensa de Estados Unidos.

En la película “Sergio” se puede percibir la sensibilidad del diplomático brasileño en su relación con las personas más humildes receptoras de los beneficios de su trabajo y su colosal esfuerzo por mantener la independencia de la ONU de las presiones de las potencias, en particular de Estados Unidos.

Contrasta con la actitud miserable y servil de Bachelet quien incluso en una conversación privada en Santiago de Chile sostuvo que respecto de Venezuela no podía hacer nada que molestara a Estados Unidos por el riesgo de que dejara de financiar a la ONU.

De la misma manera, quien fuera brutal represora del pueblo mapuche durante sus dos períodos presenciales mostró su verdadera faceta autoritaria cuando fue increpada por una humilde mujer, mientras caminaba por las calles de Ginebra, en Suiza donde vive, amenazando incluso con llamar a las fuerzas de seguridad para impedir que la mujer la siguiera emplazando.

Cuando la señora le consultó su opinión sobre la situación de los comuneros mapuche en huelga de hambre en su país, Bachelet argumentó que desconocía esa situación lo cual resulta extraño cuando fue ella quien ordenó la ejecución de la  Operación Huracán ​ operativo represivo realizado por la policía chilena  bajo el amparo de la Ley de Inteligencia, que en septiembre de 2017 condujo a la detención de ocho comuneros mapuche supuestamente involucrados en una asociación ilícita terrorista en el sur de Chile.

Bachelet adujo que ella hoy está encargada de velar por temas de todo el mundo y que desde la ONU le han pedido no involucrarse en profundidad en Chile. Dijo textualmente que: “Naciones Unidas te dice ‘usted ya no es un funcionario chileno [sic, ella no es funcionaria sino funcionario], usted es un funcionario del mundo, o sea usted no se puede meter mucho en los temas de su país, porque si no está perdiendo su objetivo`”

Como si Chile fuera un país de otro planeta y no de este mundo sobre el que ella tiene jurisdicción. En cualquier caso esta es una deleznable explicación que asume que los ciudadanos somos imbéciles a los que se puede engañar fácilmente. 

Ante la insistencia de la valerosa mujer, en relación a si conocía lo que estaba sucediendo en Chile, Bachelet le respondió: “Te juro que no sabía. Yo cuando puedo, me meto a ver El Mercurio y no aparece nada de eso, y otros diarios chilenos, porque no tengo otra fuente de información”. O sea que la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos se informa por El Mercurio, y si este pasquín no lo dice -como es habitual en este tipo de noticias- entonces acepta sumisamente que tal o cual hecho no ha ocurrido.

Me preguntó entonces ¿por qué en el acuerdo entre el Machi Celestino Córdova y el Estado chileno aparece entre los garantes la oficina regional para América Latina de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos? ¿Sabía o no sabía lo que estaba pasando? O habrá que concluir que encima de toda su despreciable actuación, además es mentirosa. ¿Qué pensaría Vieira de Mello al ver esta actuación de su sucesora?   

Por suerte Bachelet es un etcétera en Chile y en su familia. Su padre y su madre fueron ciudadanos de honorable e impecable actuación pública, reverenciados por varias generaciones de chilenos y chilenas, y su hija fue recientemente detenida en Santiago cuando protestaba por la brutal represión del gobierno chileno contra los mapuche, en una situación que su madre desconocía. Hay que decirle entonces, a la alta Comisionada que si desearía estar informada, bastaría con un simple whatsapp a su hija para que le explicara lo que está ocurriendo.

Autor: Sergio Rodríguez Gelfenstein

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