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“Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera”, concluía Martín Fierro, el gaucho concebido por José Hernández en la Buenos Aires del final del siglo XIX, reforzando que “si entre ellos se pelean, los devoran los de afuera”. Existen algunas rivalidades de familia que, recalentadas por la historia, acaban sirviendo más a los “de afuera”. Una de ellas es la aún firme polémica académica en torno a las posiciones y desencuentros entre Simón Bolívar y San Martín.

Los dos libertadores del continente, uno venido del norte y el otro del sur, tuvieron un único y legendario encuentro, en 1822, en Guayaquil, actual Ecuador. Fueron tres días de conferencias sobre las cuales aún sobrevuela un aura de misterio.

Bolívar, luego de más de un desastre que casi cerró la lucha por la independencia, venía de una serie de victorias contra las fuerzas imperiales. Trayendo de vuelta el nombre ideado por el precursor Francisco de Miranda, fundó la República de Colombia, la Gran Colombia, que incluía los actuales Venezuela, Panamá, Colombia y Ecuador. Hecho presidente del país, se preparaba para marchar contra el Virreinato de Perú, último reducto realista en el continente.

San Martín enfrentaba la situación opuesta: luego de la victoria, contemplaba el posible fracaso. Algunas expediciones organizadas por los revolucionarios porteños de 1810 habían fracasado en el  intento de atacar el Perú por tierra, atravesando la actual Bolivia. Para salir del impasse, San Martín había concebido una osada y genial estrategia: primero cruzar los Andes y liberar la Capitanía de Chile. Después, por mar, conquistar Lima. La maniobra garantizó la seguridad para el gobierno libre de Buenos Aires y lo llevó al título de Protector del Perú. Con todo, la resistencia imperial estaba en su búsqueda y la continuidad de la guerra dependía de un entendimiento con Bolívar.

El encuentro de ambos fue realizado a solas, dejando para la literatura los sueños en torno a un documento secreto que finalmente resolviese uno de los mayores misterios de esos fundadores de la América Latina. Quedaron apenas las versiones que ambas tradiciones difundieron y difunden hasta hoy.

Por el lado de los “sanmartinianos”, el argentino habría ido a Guayaquil para pedir el apoyo de Bolívar en la continuidad de la guerra, llegando incluso a proponer que él mismo se colocase bajo las órdenes del venezolano. Con todo, Bolívar habría sido refractario a esa solución. Por su lado, San Martín optó por dejar el comando de su ejército y partir al exilio. En esa versión, sobresale un San Martín noble e interesado más en la libertad de América que en sus ambiciones personales, en contrapunto a un ambicioso Bolívar, que no aceptaría dividir el puesto y la gloria.

Por su lado, la tradición “bolivariana” presenta un relato diferente. Testimonios de auxiliares próximos a Bolívar confirman el pedido de ayuda hecho por San Martín, pero afirman que no había condiciones objetivas para que el ejército libertador del norte entrase, en aquel momento, en el Perú. Además de eso, enfatizan una divergencia en cuanto a la organización política de la América liberada: San Martín habría defendido una monarquía constitucional e, inclusive, la entrega de esa corona a un príncipe europeo, creyendo que esa solución (al menos, para el Perú) sería más aceptable para las elites y capaz de garantizar la estabilidad. Aquí, aparece un Bolívar republicano que se opone a ese camino.

Muchas páginas fueron escritas sobre esa cuestión, tantas que existen otras producidas solo sobre la polémica en torno a la interpretación de la conferencia de 1822. A exploración trillada de ese desencuentro misterioso quita la luz de la rivalidad clara, nada misteriosa, que surgió de hecho también en la década de 1820: la oposición entre un proyecto de unificación de la América de colonización ibérica y el proyecto de proto-anexión definido por la llamada Doctrina Monroe.

Aunque el nombre de Simón Bolívar sea el más asociado al proyecto unionista, él no fue el único en proponer un arreglo en ese sentido. Se trataba de una idea presente en los liderazgos de la emancipación que, en las más diversas formas, colocaron la misma cuestión: si estuvimos unidos en la esclavitud, por qué no podríamos estar unidos en la libertad.

Más allá de la retórica, el proyecto de la “Doctrina Bolívar” contemplaba la fundación de una organización internacional dotada de supranacionalidad; la garantía de la independencia y de la integridad territorial; la positivación del derecho internacional americano; la adopción del arbitraje como forma de solución pacífica de los conflictos entre los nuevos Estados; y, no menos importante, la exclusión de los Estados Unidos de ese arreglo. Es conocido el juicio que Bolívar hizo al embajador inglés sobre la república del norte: “los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a afligir a América con miserias en nombre de la libertad”.

Por su lado, la llamada Doctrina Monroe viene de una declaración emitida por el presidente norte-americano James Monroe, en 1823, un año después de la Conferencia de Guayaquil y antes de la victoria final contra las fuerzas imperiales en América, en 1824. Más que la posición de un gobierno circunstancial, esa declaración tuvo también el parecer positivo de los ex-presidentes Thomas Jefferson y James Madison, siendo que el Secretario de Estado era John Quincy Adams, que sería también presidente. Por lo tanto, era una posición del propio Estado norteamericano.

¿Qué decía la declaración? El repetido “América para los americanos”, que implicaba una condena a la interferencia europea en el continente. Pero no únicamente: decía también, y eso era lo más relevante en aquel contexto, que los EUA no tomarían partido ni intervendrían de cualquier forma en los conflictos en curso entre los imperios europeos y sus colonias en América. Entonces, en otras palabras, la declaración de Monroe afirmaba que no sería prestado ningún apoyo a los ejércitos que luchaban por la independencia, así fuese bajo el liderazgo de Bolívar, o bajo el de San Martín.

En verdad, la Doctrina Monroe, hoy esgrimida como una declaración anticolonial, fue más un acuerdo entre los EUA y las potencias europeas en relación al posible botín que restaría de las guerras por las independencias en los demás países de América. Gran Bretaña, con los ojos puestos en los nuevos mercados que se abrían, temía que Francia se apoderase de las antiguas colonias españolas (temor justificado, como la invasión francesa en México demostrará algunas décadas más tarde). Por su lado, tampoco  interesaba a los EUA la sustitución del Imperio Español por Imperio Francés en una región que sus teóricos ya señalaban como su área de expansión natural.

Cuando, al final del siglo XIX, los fundadores del pan-americanismo colocaron a Bolívar y Monroe como precursores de una gobernanza regional centralizada en Washington, estaban desconsiderando todo el verdadero legado bolivariano. Claro, las rivalidades internas de América Latina – con el perdón del uso aún anacrónico del término – fueron, y son, las mayores facilitadoras de esa falsificación histórica y política.

La verdadera oposición, la que atraviesa el continente americano desde los estertores de la fundación de los Estados independientes, es el antagonismo de raíz “bolivariana” con el proyecto expansionista de los Estados Unidos, y no las rivalidades domésticas, fomentadas y enseñadas en el propósito de dividir. La Doctrina Monroe continúa activa y actuando en la preservación de los intereses de los Estados Unidos. Para rescatar nuestra independencia es preciso volver a levantar la bandera de unidad da “Doctrina Bolívar”. Al fin, “los de afuera” están siempre al acecho.

Autor: Alexandre Ganan de Brites Figueiredo

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