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Es el antimperialismo un factor clave en la unidad de pensamiento y acción de hombres como Martí y Fidel. Hay una identificación política, un sentimiento, un valor que los coloca en el epicentro de la batalla descolonizadora. Hicieron la elección que esperaba el pueblo cubano, la historia y el futuro de la nación; y por qué no, la elección que ansía aún la humanidad: luchar contra el imperialismo; estar al lado de los desposeídos y desamparados del mundo. ¿Acaso Martí no eligió echar su suerte con los pobres de la tierra, y Fidel no dijo que la Revolución cubana era de los humildes, por los humildes y para los humildes?

El humanismo martiano se reflejó en sus actos desde que era un niño y vio azotar a un negro, cuando padeció junto a Lino Figueredo y Nicolás del Castillo en el presidio político, al consagrar su vida a la idea del bien. Fidel fue el bien de los cubanos, pues devolvió al pueblo su dignidad, haciendo triunfar una revolución profundamente humanista, ética y antimperialista: los pilares de un Estado Socialista de Derecho y de justicia social, como lo es Cuba hoy. Y si esta revolución que tanta sangre ha costado, que enfrenta al imperio más poderoso y denigrante que ha existido jamás: el de los Estados Unidos; se mantiene en pie de lucha, haciendo valer aquellas palabras del Apóstol: “Me parece que veo cruzar, pasando lista, una sombra colérica y sublime, la sombra de la estrella en el sombrero; y mi deber, mientras me queden pies, el deber de todos nosotros, mientras nos queden pies, es ponernos en pie, y decir: ¡presente!”[1]; es porque tiene la fuerza moral de sus hijos, de los herederos de Martí y Fidel.

El legado martiano se evidencia con meridiana claridad en el presente al acudir a la memoria histórica de “aquel invierno de angustia…” en el que Martí expone en el prólogo a sus Versos Sencillos cuánto le aquejaba (más que dolencias o malestares físicos, preocupaciones de índole político). Recordemos que a finales de la década de los ochenta de siglo XIX, Martí se enfrenta a las pretensiones expansionistas y de dominación de los Estados Unidos. Corría el año 1889 y una convocatoria a un convite dudoso dejaba ver las verdaderas intenciones para con nuestra América, del gigante de las siete leguas. Se trata del Congreso Internacional de Washington (octubre 1889 - abril 1890); que al decir de Roberto Fernández Retamar era “…aquel cónclave del que saldrían en un futuro la política del panamericanismo, la Organización de Estados Americanos”[2]. Y Martí advierte el peligro:

“Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa, y cerrar tratos con el resto del mundo. De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia.”[3]

Esta advertencia martiana adquiere hoy una especial significación por cuanto sigue siendo el convite del imperio yanqui, asunto que requiere mucha sensatez, y al mismo tiempo obliga a mirarlo con ojos judiciales. La receta neoliberal, que no es algo aislado, forma parte del capitalismo como sistema, la imponen hoy el gobierno rapaz estadounidense y sus aliados fascistas en buena parte de nuestra América. Fracturar las identidades de los pueblos del Río Bravo hasta la Patagonia, destruir procesos de izquierda, alternativas sociales a las propuestas hegemónicas del orden impuesto al mundo (capitalismo); socavar las culturas nuestroamericanas y asfixiarnos económicamente con guerras y bloqueos genocidas; convidan a que estemos preparados para enfrentar al tigre solapado que se viste de terciopelo para engañar, desunir, penetrar ideológica y culturalmente; y después atacar con toda su fuerza y matar.

Así han querido hacer con Cuba, de igual manera el Apóstol lo señalaba: “Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos, y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: ni maldad más fría…”[4] Palabras lapidarias estas últimas que caracterizan el actuar del imperialismo: cobardía y maldad.

La visión martiana antimperialista lo llevó a rechazar todo vestigio de propuesta indigna para Cuba, todo vestigio de anexionismo, por ejemplo. Nos alerta Martí que: “(…) Y una vez en Cuba los Estados Unidos ¿quién los saca de ella? Ni ¿por qué ha de quedar Cuba en América, como según este precedente quedaría, a manera –no del pueblo que es, propio y capaz-, sino como una nacionalidad artificial, creada por razones estratégicas? Base más segura quiero para mi pueblo. Ese plan, en sus resultados, sería un modo directo de anexión. Y su simple presentación lo es (…)”[5].

Como en Martí, encontramos en el Comandante en Jefe Fidel Castro un antimperialismo fundador. La idea de que un mundo mejor es posible encarnada en Fidel tiene su esencia en la necesidad del equilibrio del mundo: que continúa siendo como avizoró Martí: vacilante y dudoso. Forjó su antimperialismo en el mismo momento en que se hizo martiano y marxista. Es el joven Fidel que está en Bogotá con vistas a la realización de un congreso estudiantil antimperialista, y hace parte del Bogotazo, donde asesinan al líder Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948 cuando se celebraba la IX Conferencia Panamericana que daría lugar a la OEA. Como Martí, entendió al monopolio como un gigante implacable que destruía a los pueblos. Su ideal de justicia no se alcanzó bajo criterios superficiales, sino en la fragua del ser, en sus valores y principios, en la convicción de tener mucho adentro y necesitar en consecuencia poco afuera. He ahí el alto valor a la cultura que le imprimió siempre: “sin cultura no hay libertad posible” es sentencia orientadora en la formación del hombre nuevo, del ser humano ética, cultural y espiritualmente superior.

El antimperialismo de Fidel se advierte desde su comprensión de la historia, sus luchas y desafíos; en los continuos mensajes que dio a los jóvenes. Al decir de Fidel: “Hay mucho que meditar (…) porque nosotros estamos aquí en las fauces mismas del imperialismo, con la boca abierta siempre, que recuerda la boca de un tigre, con colmillos y todo, o la boca de un tiburón, y nosotros llevamos ya, vamos acercándonos, o hemos sobrepasado ya los 23 años de revolución en la boca del monstruo. Y el monstruo trata –y sigue tratando– de crearnos problemas, de crearnos dificultades, de extremar su bloqueo etcétera, ¿por cuánto tiempo? Nadie sabe. Pero esperamos resistir al monstruo, en cualquier variante, lo mismo si trata de engullirnos, procurar crearle la más terrible de las indigestiones, como si el monstruo lograra crearnos más dificultades en el terreno económico, cualesquiera que sean…”[6]

Hay un fuerte legado antimperialista en Martí y Fidel, en la Revolución Cubana. Aquella carta inconclusa del Maestro a su amigo Manuel Mercado (conocida como su testamento político) es reveladora; y a su vez nos llena de esperanza y fe en la victoria. Es un canto a la libertad, un hermoso canto a la vida cuando se está a punto de morir en brazos de la patria agradecida: “Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber –puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo– de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por la Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.”[7]

Y si Martí nos llamaba a impedir las apetencias imperiales con la independencia de Cuba, siendo ya libres y soberanos, una vez más Fidel señaló el camino descolonizador y salvador: “En la nueva era que vivimos, el capitalismo no sirve ni como instrumento. Es como un árbol con raíces podridas del que solo brotan las peores formas de individualismo, corrupción y desigualdad. Tampoco debe regalarse nada a los que puedan producir y no producen o producen poco. Prémiese el mérito de los que trabajan con sus manos o su inteligencia. Ser dialécticos y creadores. No hay otra alternativa posible.”[8] Es esta la concreción de la ley primera que quería Martí para la República: el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

 

 


[1]José Martí: Discurso conmemorativo por el 10 de Octubre, Hardman Hall, 10 de octubre de 1890, Obras Completas, Tomo 4, p.247.

[2]Roberto Fernández Retamar: Introducción a José Martí, Tomo I, UNAM. Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe, 2018, p.34.

[3]José Martí: Congreso Internacional de Washington, Nueva York, 2 de noviembre de 1889, Obras Completas, Tomo 6, p.46.

[4]José Martí: Carta a Gonzalo de Quesada, Nueva York, 14 de diciembre de 1889, Obras Completas, Tomo 6, p. 127-128.

[5]José Martí: Carta a Gonzalo de Quesada, Nueva York, 29 de octubre de 1889, Obras Completas, Tomo 1, p. 251.

[6] Fidel Castro: Palabras en acto de clausura del IV Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas, 4 de abril de 1982.

[7]Carta de José Martí a Manuel Mercado, Dos Ríos, 18 de mayo de 1895; en Obras Completas, Tomo 4, pp.167-168

[8] Fidel Castro: Fragmentos de la Reflexión Regalo de Reyes, 14 de enero de 2008.

 
Autor: Yusuam Palacios Ortega

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