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APUNTES SOBRE LOS ORÍGENES

Cincuenta años son muchos años, al menos en escala individual y personal. Enfocado como tiempo histórico es sin duda un período breve, aunque no hay que olvidar que somos un país de corta vida: apenas celebramos un bicentenario, así que viene a ser una cuarta parte de nuestra historia.

Entre los muchos recuerdos de aquel grandioso acto inaugural del 26 de marzo de 1971, si tuviera que elegir uno en el que sentí el reflejo más profundo y al mismo tiempo, más sencillo y humano, del significado de ese acontecimiento, sería éste. Bajaba, con una compañera, por Germán Barbato hacia la explanada de la IMM, cuando nos cruzamos con una pareja de ancianos tomados del brazo y ayudándose uno a otro. Escuchamos al hombre decir emocionado “Ahora me puedo morir tranquilo”. Nos imaginamos a un viejo militante que, al fin de sus días, veía abrirse el camino por el que había luchado toda una vida, sentía que se cosechaban los frutos de tanto esfuerzo. Nunca olvidé a aquel veterano desconocido, que también era el símbolo de las duras batallas políticas y sociales que condujeron a la constitución del FA.

MEMORIA, DESMEMORIA E HISTORIA

Ese episodio forma parte de mi memoria personal y quizás haya sido olvidado por la compañera que me acompañaba, como probablemente yo haya olvidado otras vivencias. Cada uno tendrá sus recuerdos y sus olvidos. Como señala Halbwachs, la “memoria autobiográfica” tiende a diluirse con el tiempo y a reciclarse retrospectiva y anacrónicamente. Y muchos, más jóvenes, tendrán las “memorias prestadas”, transmitidas por familiares o compañeros, de las que pueden seleccionar cuáles incorporar a su propia conciencia histórica y cómo significarlas. O quizás no hayan recibido ningún testimonio sobre esos hechos que pueden ver como ajenos, muy lejanos en el tiempo, sin relación con su realidad.

Con ocasión de un jubileo surgirán muchos relatos sobre los orígenes, más o menos adaptados a los valores y necesidades del presente, reales o supuestos, así como a la  retórica de lo políticamente correcto. En muchos casos esos relatos pueden constituirse en memoria social y incidir en la comprensión de la llamada “historia reciente”. Eric Hobsbawm proporciona el concepto de “tradición inventada” para el proceso de modelar e imponer diversas versiones del pasado, que pueden instalarse como memoria hegemónica, llegando a teñir hasta los recuerdos vivenciales propios. Puede tender a establecer continuidades ficticias con el pasado así como a negar cualquier vínculo con el pasado y hasta el mismo pasado.

Sería aconsejable que los historiadores y cronistas recurrieran a las fuentes documentales, no sólo para restituir a los hechos su verdadera contextura sino para comprender mejor nuestra historia y situarnos más adecuadamente en el presente. La historia debe tamizar, comparar, validar los materiales; la elaboración histórica además requiere el paso del tiempo para conocer hechos que pueden haber permanecido ocultos o para discernir conductas en la práctica concreta, más allá de los discursos y de las manifestaciones públicas. También debe estar alerta para discriminar entre las memorias y testimonios que se difunden acerca de acontecimientos del pasado y que, por la credibilidad o prestigio del autor, se instalan como verdades indiscutibles, para ser reproducidas acríticamente por los medios y condicionar los juicios políticos actuales. Un relato, para ser válido, debe referir a los hechos.

 Alguna vez escribí que la forma en que se entienden los procesos históricos tiene una estrecha relación con la forma en que se hace política -es decir, en que se hace la historia. La capacidad –o incapacidad- de construir un proyecto estratégico[1] dependerá de la síntesis teórico-política -en última instancia, reconocimiento e interpretación de la historia- que se haya sido capaz de elaborar. Pues si bien es cierto que los pueblos aprenden de su experiencia, lo que aprenden depende de esa síntesis y de la medida en que se haya sido capaz de convertirla en un saber social.

El “sentido común” de un colectivo puede ser una construcción ideológica, al margen de los hechos. Con razón dice Orwell en 1984, “Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”. El historiador norteamericano Frederick Paxson acuñó el término “ingeniería histórica” [historical engineering] para referir a la revisión y confección de manuales de historia, que emprendió desde el Departamento de Guerra para conseguir la unanimidad de opiniones a favor de la entrada en la I guerra mundial.[2] Es decir, se creó una versión del pasado que permitiera manipular la opinión pública para hacerle apoyar medidas que de otra forma rechazaría. Si no se puede cambiar lo que efectivamente sucedió, la conciencia histórica sí puede ser manufacturada[3] y es un importante factor subjetivo –por usar una “anticuada” categoría del análisis marxista.

CONTINUIDAD Y RUPTURAS

Podríamos poner el énfasis en el hecho de que pocos frentes políticos han tenido tan larga vida y subsisten hasta hoy. Claro que el FA actual es distinto al originario; sería  imposible que permaneciera incambiado. Engels consideraría que pretender tal cosa sería “un absurdo, un verdadero contrasentido”.[4] El problema a plantear y analizar es en qué consistieron esos cambios, en qué dirección se orientaron, y situar esos procesos en sus contextos históricos. Ahora nos enfocamos en los orígenes; quizás haya oportunidad de ensayar algunas reflexiones sobre esa otra cuestión.

Cuando se releen el programa original del FA y textos fundamentales como las 30 medidas y el discurso inaugural de Seregni, en este siglo XXI y luego de tres gobiernos frenteamplistas, los contenidos adquieren un tono de irrealidad, lo que puede dar testimonio no sólo de aquel tiempo sino del presente. Probablemente el problema sea la lejanía de los presupuestos teóricos y políticos de esas propuestas, así como buena parte de las categorías y valoraciones que en 1971 se habían hecho comunes en el lenguaje y el pensamiento de la izquierda. En última instancia, la distancia entre los contextos históricos en que se produjo esa evolución.

Hablar hoy de revolución, de reforma agraria, o de nacionalización de la banca y del comercio exterior suscitarán no pocas sonrisas sobradoras o miradas de conmiseración, cuando no acusadoras. Esas categorías han sido prolijamente archivadas en el baúl de las ilusiones perimidas -en el mejor de los casos, cuando no se las elimina hasta de la historia. Del mismo modo han sido declarados obsoletos términos como imperialismo, clases sociales y hasta pueblo. Pero no se puede entender el nacimiento del FA al margen del objetivo fundamental de transformaciones estructurales, otro concepto que se ha caducado para la política y la academia. Sin embargo era parte del andamiaje  teórico del desarrollismo cepaliano, no sólo de las orientaciones marxistas o revolucionarias. Asimismo el concepto de dependencia, que implicaba el de imperialismo, explícita o implícitamente.

EL CARÁCTER DE LA ÉPOCA: LA REVOLUCIÓN EN PRESENTE

El “carácter de la época” es una categoría leninista frecuentemente empleada por Arismendi en escritos políticos y teóricos. “Consiste en la determinación de la clase que expresa la tendencia principal del desarrollo social en un período dado, que preside el proceso de las transformaciones fundamentales”.[5] Esta determinación no se hace subjetivamente sino teniendo en cuenta las condiciones objetivas y abarcaría las tendencias “de naturaleza tanto progresiva como regresiva”. A este segundo aspecto se alude en las menciones a la “amenaza gorila” y la “contraofensiva del imperialismo yanqui”, bien presentes luego del golpe de Estado en Brasil el año anterior a ese texto.

La caracterización de la época tiene en cuenta el contexto interno junto con la  correlación de fuerzas en la escena internacional, que incluía no sólo el avance del socialismo sino de las luchas de liberación– descolonización. Según Arismendi en 1965 el carácter de la época está signado por “la hondura de la crisis de estructura de la sociedad uruguaya (…) el temblor vertebral de la revolución latinoamericana y el impacto cubano que barrió tantas telarañas, (…) la irradiación de la revolución socialista mundial y del movimiento de liberación de los pueblos coloniales y dependientes…”.[6]

Ciertamente Arismendi -y no sólo él- pensaba en la irreversibilidad del proceso y el triunfo definitivo del socialismo, idea que además era uno de sus argumentos de base. Es sencillo dictaminar su error, ahora que sabemos que el naipe era una sota. Y no sólo en tanto error político sino teórico. Pero sobre este tema no es momento de extenderse, aunque valdría la pena, ya que es otro debate clausurado.

Hay dos elementos fundamentales para comprender el nacimiento del Frente Amplio: la profunda crisis que vivía la sociedad uruguaya y el largo y laborioso proceso de unidad de las fuerzas sociales que perseguían, con matices, comunes objetivos antisistémicos.  El FA es culminación de ese proceso unitario en el plano de la política.

En 1965, Arismendi, dirigiéndose a estudiantes universitarios, decía: “En las contradicciones de la Universidad se manifiesta pues, la crisis generalizada de la sociedad uruguaya. Al asalto de las estructuras caducas avanzan nuestros pueblos (…) unos más otros menos, todos participan en la vigilia de armas de la revolución”.[7] Señala la “crisis generalizada” como el factor que hace emerger, agudiza y amplía contradicciones en las capas medias intelectuales, los universitarios, y a la vez habla de la “vigilia de armas de la revolución” para destruir las “estructuras caducas”. La perspectiva revolucionaria refiere a “nuestros pueblos”, o sea los pueblos latinoamericanos, pues en su concepto, con desniveles, con diversos ritmos y modalidades, la revolución sería continental. La visión latinoamericanista, el ideal de la unidad continental fue otro enfoque característico de la izquierda en la “década larga”[8] de los ’60, para ser posteriormente limitada a la integración, fundamentalmente económica, y no sin dudas y objeciones.

Retrospectivamente, podemos pensar que unía a referentes como Arismendi, Trías y Quijano, más allá de las divergencias y polémicas que sostuvieron en su momento. Es una proyección latinoamericana de larga tradición que podríamos remontar a los Libertadores pero, con más cercanía, al movimiento por la reforma universitaria de Córdoba, que en nuestro país se expresó en el “arielismo”, tan significativo en el medio universitario y escuela de pensamiento para Carlos Quijano. Décadas más tarde, la memoria del movimiento por la reforma universitaria estaba tan viva en Arismendi que, hablando a los estudiantes, se sintió obligado a hacer su crítica.

EN LOS TIEMPOS DE LA CRISIS

El contexto histórico de los procesos de unidad sindical y política es el de la crisis, la más profunda y prolongada que sufrió el país, que se va convirtiendo en una crisis orgánica o crisis de hegemonía, para decirlo en términos gramscianos que no se usaban entonces, hablándose de “crisis generalizada” o “crisis de estructura”, aunque por sus características se corresponde con aquellas categorías.  

Una frase que se pronunciaba desde distintos ámbitos era “El viejo Uruguay ha muerto”: para unos, ya no era viable el Uruguay estatalista, proteccionista y liberal reformista; para otros, el llamado a desaparecer, en lo esencial, era el Uruguay latifundista y dependiente. Aunque por razones retóricas el discurso de la izquierda hablara de fuerzas retrógradas, nada camina para atrás en la historia: todos perseguían distintos y opuestos futuros, en un común cuestionamiento y descrédito de la ideología hegemónica por décadas. En Encuentros y desencuentros… Arismendi habla de crisis de la “ideología dominante” refiriendo al nacional-reformismo, esencialmente batllista.  

En la crisis económica, social, política e ideológica de los años ’60 el sistema mismo fue puesto en cuestión, no sólo intelectual sino prácticamente. Para un militante de izquierda, sobre todo para un revolucionario, marxista o no, la crisis no era desolación y angustia, no era mero inconformismo y protesta, sino autoverificación y perspectivas optimistas de futuro. En el material citado, Arismendi habla de vientos y oleaje, borrascas y rugir de tempestades, pero la “época tormentosa” que se vive es calificada simultáneamente de “feliz”.[9] No se dispone a salvar el sistema, acordando con las clases dominantes, sino a superarlo, lo que implica su abolición.

El sistema buscará destruir al enemigo: o sea, las organizaciones populares que pueden ponerlo en riesgo. Esto era comprendido como autodefensa de las clases dominantes ante el avance de las fuerzas populares. En aquella época la dialéctica de revolución y contrarrevolución tendía a platearse en un solo sentido y para muchos militantes, incluso post festum, podía resultar sorprendente la frase de Lenin “… la revolución avanza por el hecho de que crea una contrarrevolución fuerte y unida, es decir, obliga al enemigo a recurrir a medios de defensa cada vez más extremos…”,[10] aunque tenían muy presente el razonamiento inverso.

La crisis económica aparece, recurrente, desde los títulos de los estudios económicos que académicos de fuste o dirigentes políticos, publican en el entorno de 1970.[11] Las interpretaciones, desde diversos marcos teóricos,[12] hacen acuerdo en algunos puntos que en parte se pueden hacer coincidir con los diagnósticos que desde la década anterior venía planteando el PCU: esencialmente, el carácter estructural de la crisis y su agravamiento por la dependencia del imperialismo, acrecentada desde la firma en 1959 de la primera carta de intención con el FMI, por el gobierno nacionalista, aunque suene a paradoja.

Entonces no se requería ser marxista para denunciar al latifundio como uno de los principales responsables del estancamiento productivo y señalar su correspondencia con el sistema capitalista dependiente de nuestro país.[13] Lo cual explica que desde el programa original del FA se asocie el contenido democrático a una transformación de las estructuras económicas, y no a nebulosos “cambios” que se sitúan en el terreno de la “cultura”.[14]

El país ya había vivido la frustración del reformismo desarrollista preconizado por la Comisión de Investigaciones y Desarrollo Económico (CIDE) –creada en 1960 por el Poder Ejecutivo bajo la dirección del Cr. Enrique Iglesias e integrada por investigadores universitarios: más de 300 además de los técnicos extranjeros que participaron. Fue un hecho novedoso y no repetido que un gobierno convocara masivamente a los académicos, pero sus recomendaciones no fueron atendidas. “¿No es profundamente aleccionador –dice Arismendi- desde el punto de vista teórico y político que, por un lado, el ‘desarrollismo’ se vuelva doctrina oficial y que sean hijos muy destacados de esta Facultad [de Ciencias Económicas] los que registren prolijamente las carencias del país, los guarismos documentales de la crisis de estructura, para arribar empero a conclusiones perfectamente compatibles con las relaciones de producción que originan esta crisis, y por lo tanto, también compatibles con el pensamiento de la burguesía conciliadora?”.[15]

Bajo la presidencia Gestido hubo un intento reformista, con criterios desarrollistas y de defensa de la soberanía, con el ascenso de Amílcar Vasconcellos y Zelmar Michelini a los Ministerios de Economía e Industria y Comercio, respectivamente, y Luis Faroppa a la OPP. El intento fue breve pues renunciaron, con otros ministros, por discrepar con las Medidas Prontas de Seguridad instauradas por Gestido para reprimir los crecientes conflictos sindicales.   

Luego de un interinato de Carlos Manini Ríos asumió el Ministerio de Economía el “brujo” César Charlone, de larga experiencia en devaluaciones y represión ya que tres décadas antes había ejercido como ministro de Gabriel Terra. Su magia produjo la caída del PIB, sucesivas devaluaciones,[16] una inflación desatada y el descenso en picada del salario real, agravada por la medida de congelación de precios y salarios –que sólo fue efectiva en el rubro salarios- complementada por el recurso frecuente a medidas prontas de seguridad.

Los últimos ecos de la CIDE aparecen en el programa de Ferreira Aldunate para la elección de 1971, titulado Nuestro compromiso con usted. No está de más recordar que Wilson era el Ministro de Ganadería y Agricultura que trabajó con la CIDE en el capítulo agropecuario. Entre las recomendaciones de la CIDE figuran una ley de reforma agraria, la nacionalización del comercio exterior y el impulso a la industrialización. Pero la hora del reformismo había pasado; el proyecto de la gran burguesía era el del ajuste de cuentas y la mano dura. Muy probablemente la elección de 1971 estuvo marcada por el fraude contra Ferreira Aldunate.

Durante el gobierno apenas constitucional de Pacheco, en el marco de la crisis, del ascenso de las luchas sociales y de la represión, se va haciendo transparente el carácter de clase del Estado, que va perdiendo a jirones los velos del nacional-reformismo, contribuyendo a socavar la  ideología dominante. La clásica frase del Manifiesto del gobierno del Estado como “junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa” cobra credibilidad en una época en que los grandes empresarios toman directamente las riendas del gobierno.[17] El 18 brumario ganaba lectores que se sentían reflejados en aquel análisis brillante del proceso que lleva al triunfo en Francia de 1851 del “partido del orden”, alianza del capital y el latifundio. La represión generalizada, el recurso a las destituciones y hasta a la militarización de funcionarios públicos, demuestran que la burguesía no duda en pisotear su propia legalidad cuando lo considera conveniente, cuando se siente débil, y por tanto hay un descrédito del orden jurídico en la conciencia social.

EL LADO BUENO

Pensando dialécticamente tenemos que recordar que el “lado bueno” y el “malo”,  por usar los términos de Marx contra Proudhon, no son separables ni se puede elegir conservar uno y eliminar el que nos parece negativo. Para el “sano sentido común”, dice Engels, es arduo entender que “...los dos polos de una antítesis, (...) son tan inseparables como antitéticos el uno al otro y que, pese a todo su antagonismo se compenetran el uno al otro...”.[18] Más aún, según Marx, “es cabalmente el lado malo el que, dando origen a la lucha, produce el movimiento que crea la historia”.[19]

La época está signada por la aceleración y definición del proceso de unidad en el movimiento sindical. Medidas de reforma agraria, efectiva política de colonización, nacionalización de los frigoríficos extranjeros, de la banca y el comercio exterior, formaban parte de la plataforma política del PCU, enunciada en su XVII Congreso (1958) e integran el programa del FIDEL de reciente creación. Están presentes en el programa del Congreso del Pueblo celebrado ese año de 1965, que será asumido por el movimiento sindical, cuya unidad culmina al año siguiente. La profundidad de la crisis, así como ciertas convergencias en su abordaje, ayudan a explicar la amplitud con que se socializaron los diagnósticos y propuestas que el PCU planteaba desde 1958.

Junto con estos avances en la organización de las fuerzas sociales, en 1965 ya se está en presencia de embrionarios grupos radicalizados que se orientan a la lucha armada. Este nuevo frente de lucha ideológica y política, dentro de la izquierda, era muy complejo y difícil e incidió fuertemente en las definiciones y polémicas de la época. El PCU había decidido no polemizar directamente con los que consideraban “revolucionarios honestos pero equivocados” ni con otros posibles aliados en una construcción frentista que se exigía fuera “sin exclusiones”. Al mismo tiempo el desarrollo del MLN generó vínculos y alianzas con grupos frenteamplistas así como la creación de un “brazo legal”, una agrupación política, el Movimiento de Independientes 26 de marzo que va a adherir –críticamente- al FA.

La revolución cubana, que el PCU siempre apoyó con firmeza a diferencia de otros partidos comunistas de la región, a la vez que era confirmación de las tesis de la revolución continental, ponía sobre la mesa la cuestión de la guerrilla y la lucha armada, que no eran nuevas en el continente, pero que dará lugar también a recetas como el foquismo, que gozó de su cuarto de hora de popularidad. A la vez traerá un cierto renacimiento de un anticomunismo de izquierda y otro avatar del “tercerismo”. Pero la solidaridad con la revolución cubana impulsó la movilización y organización de sectores o individuos, siendo uno de los factores que, pensamos, contribuyeron a tender lazos y fueron escuela de unidad. Los movimientos de solidaridad –con la revolución rusa, con la República española, con Cuba, con Vietnam- tuvieron una enorme importancia política en nuestra historia, a favor de la fuerte impronta internacionalista en la izquierda.

La experiencia frentista, implicando desgajamientos de los partidos tradicionales, había tenido su antecedente en la construcción del FIDEL y la UP, con el PCU y el PSU como sus respectivos ejes. Superar las dificultades para un proyecto de unidad entre ambos partidos llevó muchos años. El PCU lo propuso en vano desde 1956. Pensamos que, más allá de la frustrada experiencia de la UP y de la brevedad de su paso por la secretaría del partido, el viraje teórico y político que imprimió Trías en la orientación del PSU, apartándose de la tendencia socialdemócrata de Frugoni, para asumir definiciones latinoamericanistas y revolucionarias, fue un factor positivo para posibilitar la creación del FA.

En un libro contemporáneo a Problemas de una revolución continental, con fuerte referencia a Mao, Vivián Trías plantea la unidad de la “revolución nacional” latinoamericana, cuya vanguardia era Cuba y afirma la perspectiva revolucionaria y socialista como necesaria a la liberación nacional. “Para superar el subdesarrollo, para alcanzar la justicia social, para conquistar la soberanía nacional, existe una sola solución: la transformación revolucionaria de nuestra realidad. Revolución latinoamericana que ha de pasar por dos fases: la fase nacional y la fase socialista (…) que realizará la unidad federal de nuestras naciones…”.[20] La tarea central de esa “fase nacional”, que identifica como “nueva democracia”, “etapa transitiva hacia el socialismo”, sería la reforma agraria e implicaría un gobierno popular fuerte, “dictadura revolucionaria de muchas clases oprimidas”. Una expresión que hoy provocaría muchas vestiduras rasgadas.

La Iglesia postconciliar favoreció una reorientación de los cristianos. Se experimentaron profundos cambios, surgió una mirada y un pensamiento latinoamericanos, una teología y una praxis de la liberación, que puede explicar el hecho inédito de que el PDC, universalmente una alternativa conservadora, fuera uno de los fundadores de la experiencia frentista. El FIDEL ya contaba con un pequeño grupo de cristianos de izquierda, por lo que la aproximación de cristianos y marxistas no era en sí misma un impedimento ni para unos ni otros. Según un dirigente de esta agrupación, “Fue a partir de su lucha al lado del oprimido, de su inserción en las luchas populares, como esta teología [de la liberación] incorporó principios y tradiciones marxistas que ayudaron-ayudan a desenmascarar la lógica perversa de acumulación a costa de la miseria y deshumanización de las mayorías”.[21]

En nuestra América Camilo Torres puede ser la figura más emblemática de los sacerdotes y religiosas que entregaron su vida a la militancia por la causa popular, como consecuencia con su vocación cristiana y la opción por los pobres. En nuestro país, la obra de Juan Luis Segundo demuestra un acabado conocimiento del marxismo. En la práctica concreta hubo mucho apoyo solidario por parte de religiosos, entre los que merecen destacarse Monseñor Partelli y el Pastor Emilio Castro. Para aportar a la memoria social, recuerdo haber asistido en 1969, bajo medidas prontas de seguridad, a reuniones sindicales en el Santuario del Cerrito de la Victoria.

Una vía para la construcción del Frente Amplio fue la experiencia de la lucha compartida, de la más amplia unidad contra el enemigo común que se avizoraba: el fascismo. Los padres de alumnos de varios liceos se unían para defender los centros y a sus hijos de los asaltos de grupos fascistas; esos padres, organizados en APALES, apoyaron la lucha contra la intervención de Educación Secundaria en 1970 y ayudaron en la organización y el funcionamiento cotidiano de los liceos populares. Solía decir, medio en broma, medio en serio, que en el liceo popular del Liceo 18 se había forjado el FA, porque una de las madres que colaboraba era la esposa del entonces diputado del PDC, Daniel Sosa Díaz.

EPÍLOGO

Hay un aspecto que merece señalarse y que es poco tenido en cuenta, quizás por el mito de continuidad al que nos aferramos los uruguayos. El Frente Amplio tuvo una vida accidentada, con profundas rupturas y discontinuidades. Hay que tener presente lo acelerado de los tiempos que se vivían: entre su fundación y el golpe de Estado mediaron poco más de dos años. La mayor parte de sus dirigentes fueron presos, incluido su presidente, destituidos, exiliados o asesinados. No fue un epílogo, en el sentido de final, pero quizás fue una consumación a la vez que una profunda herida y un descaecimiento.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

 


[1] Entiendo como proyecto estratégico aquel que desentraña las tendencias del proceso histórico social para hacer primar, para decirlo con las palabras del Manifiesto “las fuerzas del presente sobre las del pasado”.

[2] También colaboró desde ese lugar en la elaboración, con otros académicos, de una War cyclopedia: a handbook for ready reference on the great war. Ed. by Frederic L. Paxson, University of Wisconsin, Edward S. Corwin, Princeton University, Samuel B. Harding, Indiana University. Desde el prólogo se aclara que la intención es fortalecer las convicciones de los norteamericanos. Hecha a modo de un diccionario uno de los ítems es “America first” (América primero). Los pobladores se dividían según su adhesión a esa consigna lanzada, en ese caso, por Woodrow Wilson.  El siguiente ítem es “América amenzada”. Incluye un cúmulo de “información” para dar armas intelectuales y morales a favor de la guerra y contra el tradicional aislacionismo norteamericano.

[3] “Manufactura del consenso” (manufacture of consent). Otra expresión usada por Chomsky, creada por Walter Lippman, decano de los periodistas norteamericanos. “Él describió la manufactura del consenso como un arte consciente y un órgano normal de un gobierno popular”.  Noam Chomsky. Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media. Conferencia en la Universidad de Wisconsin. 15/3/1989. (www.chomsky.info) 

[4] Lo dice en el AntiDühring en relación al socialismo.

[5] Encuentros y desencuentros de la Universidad con la revolución. En: Arismendi, R. Sobre la enseñanza, la literatura y el arte. 1989. Montevideo. EPU. P. 307

[6] Ibídem. P. 284

[7] Arismendi, R. Ob.cit. P. 293

[8] Por parafrasear el concepto de “siglo corto” de Hobsbawm. Los años 60, como período político-cultural, en Uruguay alcanzan hasta el golpe del 73.

[9] Arismendi, R. Ob.cit. P. 303

[10] Lenin, V.I. Las enseñanzas de la insurrección de Moscú. O.E. 1970. Moscú: Progreso. T. I. P. 595. Énfasis mío. M.B.

[11] Sólo como ejemplos mencionamos: Alberto Couriel y Samuel Lichtensztejn (1967) El FMI y la crisis económica nacional; Luis Faroppa (1969) Perspectivas para un país en crisis; Eduardo Viera (1971) La crisis económica uruguaya; Danilo Astori (1971) Latifundio y crisis agraria en el Uruguay.

[12] Estructuralismo, dependentismo, desarrollismo, marxismo –aunque este último no es tomado en cuenta por la academia, como dice Arismendi ironizando sobre el mito de la “infiltración” marxista en la universidad. [Ob. Cit. P. 285-286]

[13] En el trabajo mencionado Danilo Astori sostiene que la estructura de la propiedad de la tierra es necesaria al sistema económico uruguayo que define como “capitalismo dependiente”. (P. 95 ss) En los trabajos de Viera, Trías y Arismendi el latifundio es el elemento central de la referencia al carácter “deforme” del desarrollo capitalista.

[14] Otro término que ha devenido para todo servicio, junto con una acrítica “política de la diferencia”. “…lo ‘cultural’ se considera como una esfera separada y autónoma, seccionada de su inmersión en las construcciones socio-políticas y económicas. En consecuencia, muchas de estas narrativas ‘culturalistas’ han producido conceptualizaciones autónomas y reificadas de la diferencia…”. McLaren, P. La pedagogía crítica revolucionaria. 2012. Buenos Aires: Herramienta. P. 144

[15] Arismendi, R. Ob. cit. P. 288

[16] En pocos meses el valor del dólar pasó de $99 a $250

[17] La justificación era poner en el gobierno a los hombres exitosos en la actividad privada, todos importantes empresarios. Por ejemplo: Frick Davie, en ganadería; José Serrato, en transporte y comunicaciones; Walter Pintos Risso en obras públicas; Jorge Peirano Facio en industria y comercio, luego en relaciones exteriores; el ubicuo Federico García Capurro que ocupó tres ministerios sucesivamente.

[18] Engels, F. Anti Dühring.1960. Montevideo: EPU. Pág. 32

[19] C. Marx. Miseria de la Filosofía. Progreso, Moscú, 1985. Pág. 98

[20] Trías, V. El Plan Kennedy y la Revolución Latinoamericana. 1961. Montevideo: El Sol. P. 190-191

[21] Riveiro, E. Entre (la) eucaristía y (el) socialismo. En: I Encuentro Internacional. Vigencia y actualización del marxismo en el pensamiento de Rodney Arismendi. 2001. www.fundacionrodneyarismendi.org

Autora: María Luisa Battegazzore

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