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En su reciente informe sobre el comportamiento de los homicidios en América Latina, Insight Crime, un sitio especializado en temas criminales, afirmaba:

“Si bien en 2019 hubo agitación en gran parte de América Latina, en 2020 el coronavirus fue el protagonista y estremeció a la región en 2020, desestabilizando todas las actividades, desde las operaciones comerciales hasta el accionar de pandillas locales y organizaciones criminales transnacionales”.

Destaco, con independencia de las formas que hayan adoptado, en cada país la “desestabilización” de todas las actividades, la afirmación de que esta “desestabilización” alcanzó también, el accionar de grupos criminales.

El impacto que viene teniendo la pandemia, en el desarrollo de las diversas actividades criminales, no resulta una afirmación temeraria, es un dato que permite comprender la configuración de los escenarios donde dichas actividades criminales se ejecutan.

El mismo informe, en un ejercicio de cautela analítica señala: “Es muy pronto para saber con certeza de qué manera la pandemia pudo haber impactado los niveles de violencia”.

La cautela no se transforma en “ceguera”, de allí que se afirme que durante el pasado 2020 “sí se presentaron hechos importantes, como las significativas reducciones de la violencia en El Salvador, Guatemala, Honduras y Venezuela”, países donde históricamente se concentraban los mayores hechos de violencia en la Región.

El informe en cuestión, realiza una puesta a punto del comportamiento de los homicidios país por país.

La fotografía general de los homicidios en la Región, ubica a Uruguay en el puesto número 15, con 9,3 homicidios por cada 100 000 habitantes, de un ranking que abarca 23 países.

Por debajo del nuestro, con menores tasas de homicidios se ubican: República Dominicana (9), Perú (8,3), Ecuador (7,7), Paraguay (6,6), Argentina (4,6), Chile (3,7) y Nicaragua (3,5).

En el ranking latinoamericano, Brasil, una vez más conserva la primacía en el número total de homicidios.

“Una vez más, Brasil tuvo el mayor número de asesinatos totales entre los países de América Latina. Las cifras de 2020 rompieron los niveles récord de disminución de los asesinatos, pues los homicidios del país aumentaron”, destaca el informe.

En sus caracterizaciones nacionales, el reporte de Insight Crime, señala, por ejemplo, con relación a Jamaica, el país con la mayor tasa de homicidios en la Región, con 46,5 homicidios por cada 100 000 habitantes, que se viene configurando un descenso de los mismos desde el año 2017.

A contrapelo de este descenso, se han incrementado, por ejemplo, los enfrentamientos armados entre grupos criminales.

Hay menos letalidad, pero ello no equivale a un descenso de la violencia.

Algo similar ocurre en el caso de Venezuela, con relación a este país, el informe señala: “Si bien la violencia sigue siendo desenfrenada, los datos muestran una importante disminución en todo el país, casi con toda seguridad debido a la cuarentena y otras restricciones a la circulación a causa del coronavirus”.

Las disminuciones informadas no se comportan de la misma forma en todo el territorio venezolano, existen en aquél país, diferencias relevantes, según sea la ciudad que se tome como referencia.

Honduras, uno de los países históricamente más violentos de la Región, experimentó, según datos oficiales unos 10 homicidios diarios como promedio.

A pesar de ello, en una perspectiva global, hubo en ese país un 13% menos de homicidios, respecto al año anterior.

Para este caso, la violencia letal se desplazó hacia las prisiones, “la dinámica en las calles quizá haya menguado, pero el sistema penal del país, sobresaturado con aproximadamente el doble de prisioneros de los que puede albergar, experimentó una agresiva ola de violencia durante 2020. En las prisiones de máxima seguridad del país se presentaron varios disturbios, masacres y asesinatos selectivos (…) las autoridades registraron la primera masacre dentro de una prisión de mujeres, cuando seis mujeres con presuntos vínculos con la MS13 fueron asesinadas por miembros rivales de Barrio 18 a mediados de junio” señala el informe.

El reporte en cuestión continúa describiendo los descensos en los homicidios que se registraron en Trinidad Y Tobago, la estabilización “precaria” de los mismos en México, un país que había experimentado en el correr de los últimos tres años, lo que se define como “records de homicidios”.

A los países donde se reportan descensos en los homicidios durante 2020, se suman Belice, Colombia (donde hubo un 6% de homicidios menos que en 2019 y una mutación en la selectividad de las víctimas que se concentraron en líderes sociales y de movimientos políticos), El Salvador (una de las disminuciones más significativas de su historia con un 45% menos que el año anterior), Puerto Rico, Guatemala y Paraguay ( con una disminución del 13%, el año 2020 fue el de menor número de asesinatos documentados desde 2008, según datos oficiales del Ministerio del Interior de ese país) y Argentina.

En el caso específico de Colombia, importa remarcar la caracterización que realiza el informe de Insight Crime respecto a las mutaciones de selectividad de las víctimas y otras expresiones de violencia letal.

“si bien los asesinatos han disminuido en todas las regiones, la violencia selectiva contra líderes sociales y excombatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) no ha cesado.

Los 73 exguerrilleros de las FARC asesinados en 2020, según datos de la Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Colombia, representaron casi el 30 por ciento de los 248 excombatientes que han sido asesinados desde que se firmó el histórico acuerdo de paz con el gobierno en 2016. Al menos 42 líderes sociales también fueron asesinados durante el año pasado, según datos de la ONU; sin embrago, Indepaz, grupo colombiano de monitoreo de conflictos, sitúa el número de víctimas por encima de 300” indica el informe regional.

A lo anterior hay que agregar, la persistencia de las masacres, en este sentido, “Indepaz documentó 90 masacres, definidas como el asesinato de tres o más personas, con un total de 375 víctimas en 2020, un grave repunte que ha provocado la condena de las Naciones Unidas, las organizaciones no gubernamentales y los líderes comunitarios locales”.

Los países que experimentaron “ligeros repuntes” en sus estadísticas de homicidios fueron: Haití (con unas estadísticas de dudosa sistematicidad y un siempre incierto panorama político y social), Panamá, Costa Rica y Ecuador.

Un caso aparte en este listado de “repuntes” en las cifras de homicidios, es el caso chileno, donde la tasa de homicidios fue de 3,7 por 100.000 habitantes el año pasado, allí “los Carabineros (…) registraron 718 asesinatos (...) un fuerte repunte del 28 por ciento con respecto al total de 561 asesinatos de 2019”, a pesar de ello, señala el informe, “Chile sigue siendo uno de los países menos violentos de América Latina y el Caribe”.

Otro de los países, calificados como “seguro y menos violento” es Uruguay.

“La tasa de homicidios de Uruguay se mantuvo relativamente estable, y el total de asesinatos disminuyó por segundo año consecutivo. Según datos del gobierno, el país registró 326 asesinatos en 2020, lo que da una tasa de homicidios de 9,3 por 100.000 habitantes. Esto se presenta después de un récord de 416 asesinatos solo dos años antes”.

Obsérvese que, en el informe se afirma, que nuestro país tiene una tasa de homicidios que se mantiene “relativamente” estable, salvo en el año 2018 (donde, en efecto, hubo un récord en el número de homicidios) y que los mismos vienen disminuyendo por segundo año consecutivo.

Lejos de lo que viene afirmándose, desde marzo del pasado año y que, en estos días, se ha visto incrementado, el comportamiento histórico de los homicidios y sus tendencias, no pueden explicarse aduciendo que “ahora sí se hace lo que no se hacía”.

Tampoco puede desconocerse, más allá de que no se adoptara en el país una declarada modalidad de “confinamiento”, que los cambios que se introdujeron en las formas de la movilidad social y los controles generados con la participación de las fuerzas policiales y militares (para el caso de las fronteras y sus accesos) produjeron incidencias en las formas en que, históricamente, se realizaban tales, o más cuales, actividades delictivas.

Suponer, de forma “petulante”, que los hechos delictivos en el país, mutaron por la adopción de tal o más cual “mejor política de seguridad”, es suponer demasiado.

Como “expresión de deseo” vaya y pase, pero de allí a que esto se corresponda con lo que efectivamente pasa, hay una enorme distancia.

Las políticas de policiamiento que se adopten, cualesquiera sean estas, para dar contenido a las políticas de seguridad pública, producen efectos y como veremos, algunos de estos efectos, contradicen los apresurados deseos de minimizarlos y/o ignorarlos.

De la globalidad a la territorialidad de los homicidios: los que viven con miedo.

Recordemos lo global y para ello tomemos los datos oficiales del ministerio del Interior, no los publicados recientemente, con relación a los primeros 11 meses del nuevo gobierno, sino, aquellos que pueden dar lugar a una comparativa “no electorera”.

Para “desmarcarnos” de una “cancha tan flechada”, que ya sabemos adónde conduce, “echemos mano” a los datos referidos al primer semestre del pasado año y que pueden consultarse en la página del Observatorio de Violencia y Criminalidad del ministerio del Interior.

Una ligera disgresión, tirada así “como al pasar”, ¿qué explica que el ministerio del Interior no haya publicado los datos anuales del año 2020 y si haya publicado una “síntesis” de los datos de los primeros 11 meses de gobierno?

No importa, no nos hagamos “mala sangre” y avancemos.

La siguiente tabla ilustra el comportamiento histórico de los homicidios considerando siempre los primeros seis meses de cada año.

Varias son las lecturas que, de los datos anteriores, se desprenden:

Lejos de lo que suele afirmarse, el descenso en los homicidios no comienza en el primer semestre de 2020, se trata de una conclusión similar a la que hemos visto se presenta en el informe de Insight Crime.
Del volumen total de homicidios, salta a la vista como se produjo, con respecto a años anteriores una mayor cantidad de homicidios en las prisiones uruguayas. Una “mutación” nada menor, sobre todo, si consideramos, que el volumen de prisioneros en el país alcanza a la fecha cifras récords. La letalidad en las prisiones uruguayas, interpela cualquier plan que reduzca “la dignidad” al hecho de dormir en una cama.
El crecimiento de los homicidios ocurridos en la vía pública, con relación al primer semestre de 2019 fue del 13,26% y con relación al inicio de la serie, su crecimiento porcentual alcanzó el 85%. No es un dato menor, se trata de uno de los más graves delitos cometidos en lugares públicos.
En el primer semestre de 2020, los homicidios cometidos en la vía pública representaron el 65% del total de los homicidios que se produjeron.
Como dijéramos en una nota anterior, la algarabía respecto a la disminución de los homicidios, debe matizarse, no todo fue reducción y como hemos visto, en los casos presentados (prisiones y vía pública) los mismos tuvieron variaciones relevantes.

Uno de los efectos más graves de los homicidios, además de su carácter letal, radica en el miedo que produce en la ciudadanía, en general, efecto que se amplifica por la instrumentación que de ellos se hace en los medios de prensa.

Un miedo que, se particulariza y gana en intensidad, si la territorialización de los homicidios alcanza estabilidad barrial.

Según los datos disponibles, en el primer semestre del año 2019, un total de 10 barrios de Montevideo, concentraban el 56,7% del total de los homicidios que se produjeron en la capital del país.

Estos barrios fueron: Peñarol Lavalleja (7,2%), Casabó Pajas Blancas (6,2%), Las Acacias (6,2%), Casavalle, Flor de Maroñas, Jardines del Hipódromo, Piedras Blancas (cada uno con el 5,2%), Colón Centro y Noroeste, La Paloma Tomkinson, Punta Rieles Bella Italia y Tres Ombúes Pueblo Victoria (cada uno con 4,1%).

Observar la distribución de los homicidios, de acuerdo a los barrios montevideanos, no es un ejercicio analítico menor, salvo que se asuma un criterio racista y por ende estigmatizante, la presentación de los homicidios por barrios, permite observar de qué forma las medidas que se adopten impactan en las territorializaciones de los mismos y junto a ello, reconfiguran los miedos ciudadanos.

La tabla siguiente muestra, la distribución de los homicidios según los barrios montevideanos, para su elaboración seleccionamos, los barrios capitalinos que, en el correr del primer semestre del año 2020, concentraron el 55,8% de todos los homicidios que se produjeron en la capital del país.

Una vez realizada esta selección, procedimos a observar cuál había sido el registro de este tipo de delitos en años anteriores.

La pregunta que sobrevuela en este análisis es ¿qué cambios se observan en la distribución de los homicidios en estos barrios?

Territorialmente hablando, salvo en dos barrios montevideanos, Casabó Pajas Blancas y en Manga Toledo Chico, los datos de la tabla anterior indican que, los homicidios en el primer semestre de 2020, reportan relevantes crecimientos en la inmensa mayoría de los barrios donde se concentran estos delitos, con relación al mismo período del año 2019.

Si la perspectiva se alarga en el tiempo, los datos señalan que, respecto al comienzo de la serie histórica, un total de 8 barrios montevideanos, vieron empeorar sus posiciones, ya que el porcentaje de los homicidios cometidos en los mismos creció.

Los barrios donde este crecimiento se constató fueron los siguientes: Casavalle, Nuevo París, Punta Rieles Bella Italia, Cerrito, Cerro, Unión, Manga y Manga Toledo Chico.

Si en el primer semestre del año 2016, los 11 barrios enumerados en la tabla de distribución territorial de los homicidios, concentraban el 44,2% del total de homicidios capitalinos, para el año 2020, en estos mismos barrios se concentraba el 55,8% del total de homicidios reportados en la ciudad de Montevideo.

En el primer semestre del año 2019, en estos mismos barrios montevideanos, se concentraban el 35,1% de los homicidios cometidos en la capital del país.

Más allá de los cánticos y los tweets triunfalistas respecto al “éxito” de la actual política de seguridad pública, estaría bueno observar, in situ, qué dirían estos vecinos que han visto empeorar de un año para otro, la situación en sus barrios si alguien les dijera, cara a cara, cuán exitoso se está siendo.

Estoy seguro que, en el mejor de los casos, los vecinos les dirían, a todos y cada uno de estos “triunfalistas” apresurados: “andá a cantarle a Gardel”.

 

Autor: Rolando Arbesún

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