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“Haz lo que yo digo y no lo que yo he hecho”, debió ser el título de la carta que, vía Twitter, publicara desde su refugio en España Leopoldo López.

López, quien está prófugo de la justicia venezolana y se presenta como el líder de la ultraderecha de ese país, ha enviado un mensaje al pueblo colombiano donde, en vez de rechazar la violencia que se ejerce sobre el pueblo desarmado, reclama al pueblo reprimido que cese “la violencia extrema”.

Es curioso como este impulsor de actos violentos en su tierra natal, hace mutis por el foro con respecto al accionar y los dichos de Iván Duque a quien lo único que preocupa de la situación en el país es “el derecho de soldados y policías de utilizar sus armas”.

Leopoldo López, quien ahora pide a los colombianos abandonar las protestas, es el mismo que, en el año 2014, promovió una serie de actos violentos a través del Plan conocido como “La Salida”, el mismo que alentara el armado de barricadas en las calles de Venezuela en 2017 y que trajo como consecuencia la muerte de 150 personas, centenares de heridos y el incendio de numerosos edificios gubernamentales.

Se trata del mismo López que no dijo ni una sola palabra, cuando en la segunda fase de las protestas, los “guarimberos”, como se les conoce en Venezuela, llegaron a quemar vivas a personas, como fue el caso del joven Orlando Figuera, víctima del odio de la ultra derecha leopoldista.

El que otrora insistía en “que las acciones radicales de violencia y actos terroristas en Venezuela deberían persistir hasta que se lograra “sacar a quienes nos están gobernando”, hoy pide al pueblo masacrado de Colombia que calle y acepte que la rancia oligarquía colombiana siga imponiendo su agenda a sangre y fuego.

La “casa” de López, en lo que a “protestas” populares se refiere es como la del dicho del herrero.

Su “invocación” a la paz para los sucesos de la Colombia de hoy, no condice con sus posturas ante los llamados a diálogos y negociaciones, en aquellas instancias, López siempre “pateaba la mesa”.

Sin embargo, hoy, el “guarimbero mayor”, pide a los sufridos manifestantes colombianos que apoyen el llamado de los que siempre fueron sus aliados.

Leopoldo López, pide se escuche lo que dictan, Duque y Uribe, pero no señala que el delfín del narco expresidente, no incorpora a la “mesa de diálogo” a los sectores sociales más afectados por la crisis política desatada por el gobierno colombiano.

Su pedido es casi que una declaración de fe y amor incondicional al uribismo y por su intermedio, a los mandatos de los Estados Unidos, a quienes también acompañó en los intentos de golpe de estado de 2002 y 2019.

Es una declaración de fe que, al mismo tiempo, constituye al pago miserable del “guarimbero”a la ayuda recibida por los gobiernos de Colombia y Estados Unidos que dieron como resultado su escape a la justicia venezolana, luego de “refugiarse” en la embajada española en Caracas.

Mientras López cree que el pueblo colombiano lo leerá, su aliado Iván Duque, militariza Cali y ordena "el mayor despliegue que se tenga de capacidades de la fuerza pública".

La orden del delfín de Uribe señala que “basado en facultades constitucionales, di instrucciones al Ministerio de Defensa, al Ministerio de Interior, y al equipo de Gobierno que está en Cali que, con apoyo de autoridades locales, garanticen el mayor despliegue de capacidades de fuerza pública para brindar tranquilidad a los ciudadanos".

Unas horas antes del anuncio de Duque, “al menos ocho miembros de la minga indígena resultaron heridos tras ser atacados por personas sin uniforme que, junto a la policía, dispararon contra la multitud que mantenía el bloqueo a una calle en esa ciudad”.

A imagen y semejanza de las acciones que tanto gustaban a Leopoldo López, Duque suelta a la calle a los paramilitares quienes acompañados de la “turba uribista”, hacen de la represión la “fiesta” de todas las crueldades.

No hay dudas, a Iván Duque y a Leopoldo López, por más que el Dios gringo los haya criado, quien los junta es la “marimba”, esa que mata a mansalva y con la más absoluta crueldad.

Ellos festejan la muerte y como vemos, lo hacen con esa impunidad con que se arropan, creen en su delirante percepción de sí mismos, que serán eternos, pero ya vendrán los pueblos a alcanzarlos y cuando ello pase se abrirá la justicia.

Autor: Rolando Arbesún

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