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Es sabido que judíos y palestinos somos semitas por igual, pero las palabras no solamente denotan.

La connotación política de antisemitismo es imperialismo, es genocidio, es nazismo, es gueto, campo de concentración, teoría de la solución final y del espacio vital, es Hitler.

La teoría del espacio vital y la solución final fue atribuida a Hitler para aplicarla contra “la conspiración de comunistas, judíos y masones”, pero existe desde siempre. El antisemitismo existe desde siempre porque es el racismo para justificar la opresión económica y social y sus medios y aparatos represivos.

La solución final consiste en acabar definitivamente con el enemigo vulnerado, exterminarlo, borrarlo de la historia, corolario de la doctrina del espacio vital: Si Hitler no terminaba con nosotros, nosotros terminaríamos con él, tal ocurrió. Cuando ocupó Austria, estaba Hitler, desde su punto de vista, simplemente completando Alemania, pero cuando siguió con Checoslovaquia, Polonia y Bélgica, argumentó que necesitaba esos espacios para sobrevivir, porque de lo contrario comenzarían a marcarle la cuenta regresiva los enemigos del Tercer Reich, la URSS y la URSS (parafraseando una boutade del Che).

No a todos los semitas los quería Hitler en el gueto y luego en el campo de concentración, finalmente en las cámaras de gas. A varios los quería en su bando, sentados a la mesa de los Krupp (La caída de los dioses) o dirigiendo bancos desde las potencias que financiaron el Tercer Reich, en la bolsa de París, que por años y años cotizó al alza los bonos de deuda zarista repudiados por Lenin en enero de 1918, en la City y en Wall Street y en sus empresas que contribuyeron al “milagro” alemán de “entreguerras”, Ford, General Motors, la Fundación Rockefeller financiando científicos nazis en Alemania. Sí quería muertos a todos los semitas de Europa central y oriental, que eran el proletariado comunista o filocomunista junto a eslavos y gitanos, otras dos “razas inferiores”, masacradas por los nazis por el mismo motivo económico social, con el mismo falso argumento racial.

El resto del mundo filocomunista –porque los judíos, para Hitler, eran comunistas en tanto se confundían en el proletariado de Europa del Este y Central, pero también los gitanos y los eslavos y los filocomunistas socialistas, filosocialistas, anarquistas, filoanarquistas, liberales, filoliberales, masones, filomasones y así hasta el infinito. Su espacio vital le obligaba a la solución final no sólo con judíos, eslavos, gitanos, comunistas y masones, sino con todos los que se opusieran a su Imperio. Pero esta historia conocida fue nada más que una reiteración, reciente y famosa, de todos los periplos imperialistas. El nazismo no inventó la solución final.

El nazismo fue el primero que no pudo completarla. No pudo ni siquiera con los judíos (aunque mató a seis millones) ni tampoco con los gitanos (que, porcentualmente, fueron los más masacrados) ni con los eslavos (sólo entre los soviéticos más de veinte millones y agregó siete millones de otras etnias de la URSS). Antes, los invasores anglosajones exterminaron más de ciento ochenta naciones en América del Norte, los diversos imperios europeos otras tantas en África y Asia y si en América del Sur se salvaron algunas, fue casualidad histórico–religiosa. Masacraron las tres cuartas partes de la población americana durante la llamada “conquista”; y en Asia, sólo en la guerra de Manchuria, murieron treinta millones, casi tantos como en la Segunda Guerra Mundial, más que en la Primera, mientras las hambrunas mataban también de a treinta millones en la India o en China, sólo porque Inglaterra resolvía otros destinos para los granos, en la década del setenta del siglo XIX, por ejemplo, mientras controlaba el opio a sangre y fuego. Igualito que ahora la OTAN en Afganistán la amapola o la cocaína en Colombia yanquis e israelíes vertebrando su Estado represivo.

Son masacres que se consideran necesarias, según el espacio vital nazi.

Pero la humanidad resultó inderrotable, por mucho que se persiguió a sí misma. Hasta los rusos sobrevivieron. Entre ellos sobrevivió Vladimir Putin, quien en 2020 pasado fue a tributar su acostumbrada ofrenda floral en la tumba común de los millones de resistentes caídos en el sitio a Leningrado, que duró más de ochocientos días, entre ellos su hermano, Víktor Putin, el mismo año que homenajeó en Jerusalén a las víctimas del holocausto judío.

Dijo Vladimir Putin que llegaba a Jerusalén conmovido por los testimonios que había leído, dados por los oficiales rusos que habían liberado los campos de concentración (entre ellos el de Auschwitz, liberación de la que se cumplían 75 años). “Desafortunadamente sabemos que el antisemitismo, termina con Auschwitz”, le dijo Putin a Netanyahu.

A pocos kilómetros, hacinado en una estrecha franja plagada de contaminaciones, el pueblo semita gazatí estaba a un paso de la inhabitabilidad. El mensaje era evidente.

La “guerra preventiva” de Bush que Obama, Trump y Biden continúan, es otro nombre de la teoría nazi del espacio vital. Las reducciones a territorios de autonomía palestina impuestas por Israel con la cobertura imperialista global del veto de USA en la ONU a cualquier repudio al antisemitismo de Israel contra los palestinos, es apartheid, espacio vital con muros para campos de concentración, los que encierran a la bloqueada Gaza, hoy y ayer al Soweto, igualmente masacrado en África del Sur con armas instructores y aprendices del Estado de Israel, aquel que fundaron súbditos de Churchill, quien al finalizar la segunda guerra dijo que había que “dejarles a mano las armas a los alemanes por si necesitamos que vuelvan a utilizarlas”.  

Los antisemitas siempre fueron los mismos, los imperialistas, los del espacio vital, los que expulsan palestinos de Jerusalén Este y ante la respuesta de la rebelión del gueto, matan en proporción de diez a uno, bombardean edificios de seiscientos habitantes porque alguno es, o ha de ser, filocomunista, combatiente de Hamas o filohamas.

Y los semitas también seguimos siendo los mismos. Lo digo desde mi sefaradí Abelenda, desde mi muy probablemente marrano González –porque ningún descendiente de españoles puede estar seguro de no ser judío, pero con apellidos tan aptos, por lo comunes, para camuflar a cualquier perseguido, tengo mayores probabilidades que otros de ser descendiente de marranos– y lo digo también desde mi convicción sionista–, porque, aunque comparto lo que dice el manifiesto de los judíos antisionistas de que el sionismo perdió validez desde la forma en que construyó un Estado judío, jamás tuve dudas de que los terroristas judíos que atentaban contra la ocupación inglesa de Palestina, lo hacían cuando no había otra forma políticamente legítima de expresar la resistencia–. Entiendo que todo pueblo–nación tiene derecho a tener su Estado y autodeterminarlo libremente. El judío igual que el palestino, por supuesto.

No entiendo que el costoso y valioso poder que acumulamos los judíos en duros siglos sin Estado (como acumularon poder sin Estado otros pueblos culturalmente milenarios, entre ellos mis también ancestrales vascos), hayamos comenzado a menguarlo desde que incumplimos las resoluciones de la ONU (el marco donde los primeros sueños de Einstein y Ben Gurion habían prosperado –enseguida Einsten advirtió de la deriva nefasta de los dirigentes sionistas–) y lo hayamos seguido menguando con Dayan, Sharon, Netanyahu, con la persistencia en las ocupaciones, con la paradójica recurrencia de la teoría del espacio vital nacional contra el mismo pueblo que la sufrió siempre.

Israel ha esgrimido el holocausto para en vez de cobrárselo al militarismo imperialista de la guerra que lo provocó, usarlo (a favor de éste) como excusa para vapulear pueblos más débiles que nada tuvieron que ver con aquello, pero en este mundo por enésima vez globalizado, no hay débil que no tenga un socio mayor más fuerte y éste, a su vez, otro aún más fuerte. Sin el veto de Biden en la ONU no podría Israel masacrar palestinos.

El imperio nazi fue el primero que no pudo aplicar la solución final y, seguramente ya nadie va a poder, porque la disuasión nuclear lo impide y sólo puede terminar con el planeta entero, con el holocausto de toda la humanidad. Es perverso que pretendan hacerlo en nombre del holocausto de aquellos judíos proletarios comunistas semitas, algunos imperialistas y colonialistas blancos europeos.

Israel debe volver a las fronteras anteriores a 1969 y devolver a Siria los Altos del Golan. Palestina no va a renunciar a la parte de Jerusalén que establecen para su capital las resoluciones de la ONU, ni va a resignarse a no recuperar los territorios ocupados ilegalmente por Israel y a ser islotes dentro de Israel, sin más fronteras con el mundo, porque el espacio vital que importa no es el de nación alguna, sino el de la humanidad toda.

Autor: Joselo Olascuaga

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