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Talibán-Pakistán-China. El nuevo chivo expiatorio de la OTAN para el “redespliegue”, que es apenas la dificultad yanqui de asumir el verificable, e independiente de toda decisión o doctrina política, repliegue de su influencia.

Según el Deep State, ninguno de los soldados yanquis vuelve a USA desde el drama afgano, nada de “yanquis go home”, todos van a ser redistribuidos en las estratégicas bases militares que amenazan a Chinorrusia e Irán, incluso los que terminen huyendo de Irak, luego de tanto postergar la salida, incumpliendo los compromisos con las fuerzas locales, tal cual hicieron en Afganistán. En el Pentágono le llaman a eso “redespliegue”.

Si toda la OTAN se hubiese ido de Afganistán cuando se fueron las últimas tropas alemanas, un mes antes de la ofensiva talibán, o si se hubiesen ido aún antes, en las fechas que Trump negoció con los talibanes y que prometió al gobierno iraquí para retirarse de Irak y de Afganistán, la retirada yanqui de Kabul pudo haber sido relativamente ordenada. No se apuraron a irse. La demoraron. Fue una decisión previsible, fue el último caos afgano del Imperio del Caos y de la guerra. Dicho en consideración de sus propios lineamientos, porque al mundo le hubiese aliviado que ningún soldado hubiera salido nunca de Nueva Inglaterra, ni de Inglaterra, ni a territorio indígena, ni a territorio mexicano… “Dont save me”, comenzaba Galeano las conferencias que daba en USA. Nunca lo van a entender. Podemos cambiar el mundo; lo estamos cambiando, pero no vamos a borrar la historia del cine.

La voz oficial china para anunciar el reconocimiento al gobierno que surja en Afganistán, la colaboración con el pueblo afgano y la manutención de la embajada China en Kabul abierta, fue Hua Chunying, la vocera de Cancillería. Otra mujer, su homóloga rusa María Sajarova, fue la encargada de hacer lo mismo desde Moscú. Ya Boogie El Aceitoso había demostrado que se puede caminar y masticar chicle a la vez. En este caso, ser antiimperialistas demostrando con énfasis los avances en equidad de géneros, pero Antony Blinken, Jake Sullivan, Mike Pompeo y el propio Biden, los vociferadores del “redespliegue” y las amenazas, compitieron a cuál más virilmente malsano. Pompeo dijo que Biden debió bombardear las ciudades que iba tomando el Talibán a velocidad de cine mudo (bravuconada de irresponsable y artero, porque el propio Pompeo había negociado con el Talibán una transición que el Deep incumplió ya en tiempos de Trump). Blinken dijo que se habían retirado antes de que el Talibán los atacara, para no sumar más pérdidas a “los 2.300 muertos que tuvimos en Afganistán” (los otros 250 mil caídos en sus veinte años de ocupación militar directa de Afganistán le chupan un huevo). Sullivan estaba en México, pidiéndole y tratando de exigirle a López Obrador, que le salve la cara a Biden con un recibimiento en septiembre y Biden… Biden fue, desde luego, el más careta, echándole la culpa al ejército y a las fuerzas de seguridad afganas “que no supieron defender a su país”.       

Es evidente que “los 300 mil hombres que entrenamos y adoctrinamos durante veinte años” no tenían nada por qué luchar y, en efecto, no lucharon nada. La mayoría de los 20 mil colaboradores directos con la ocupación, traductores y funcionarios con sus familias, fueron abandonados por la OTAN, cuya mayor preocupación es evitar refugiados.  

Obvio que los 150 mil talibanes armados al principio con kalashnikov, carentes de tecnología de punta, luego reforzados con el armamento yanqui que las tropas gubernamentales iban entregando, les bajaron el umbral tecnológico a las batallas, capturando primero las ciudades en pasos a frontera, donde, desde hacía probablemente un año, desde que se iniciaron las negociaciones, venían congelando círculos.

Fueron imparables en el combate relámpago, al menor costo posible de efusión de sangre, en áreas bien alejadas de la fortaleza pastún que Trump bombardeó en 2019 con MOAB, y una vez tomadas Kandahar y Pul-i-Alan, a cincuenta kilómetros de Kabul, lo único que tenían para decirle al enviado de Biden a la ronda de Doha, delante del ruso, el chino y el pakistaní, era, “nunca les creímos nada; siempre supimos que no se irían del todo si no los echábamos del todo”.

Las verdaderas negociaciones fueron en Moscú (la diplomacia talibán evolucionó notablemente para esta nueva época), en Dushanbé, capital de Tayikistán, a donde se trasladaron el propio canciller Serguéi Lavrov y su homólogo chino Wang Yi, y en Tianjin, próxima a Beijing, en las antípodas chinas de la frontera chino-afgana (la discreción diplomática no es menos proverbial que la paciencia).

Todos esperaban la batalla de Kabul, hasta el mejor informado de los cronistas internacionales de la zona, Pepe Escobar, en Asia Times, pero la batalla de Kabul no existió. Los talibanes tenían más de mil círculos congelados en Kabul. No necesitaron entrar. Ganaron la guerra a lo chino, doctrina Lao-Tse, cuando ya la tenían ganada.

Ahora vamos a ver a las corporaciones mediáticas señalar el nuevo “eje del mal”, Talibán-Pakistán-China, mientras dicen que USA se redespliega porque “refuerza” alguna otra base militar aislada del territorio, donde bajar en helicóptero con luces apagadas, en la oscuridad nocturna, algún showman que anime la velada, propiamente dicha.

También los cambios del talibán, que no programa esta vez prohibir el cultivo de amapola en Afganistán, sino sólo la distribución en ese país, pero sí habilitar otra salida de la ruta de la seda al mar, vía Afganistán, probablemente con tren bala chino en construcción, hasta Irán, que está a punto de membresía de pleno derecho de la Organización de Cooperación de Shanghái, mientras los stans de la ex URSS, tienen todo su aparato de seguridad coordinado por Rusia.

El peligro de terrorismo islámico en los países vecinos de Afganistán, aunque haya terroristas entre las tribus del Talibán, era mayor con USA más presente en el terreno. Las incursiones yihadistas en Xinjiang (provincia occidental de China), implican cruces de montañas extremadamente difíciles desde Afganistán a Tayikistán y luego a una tierra de nadie en el corredor de Wakhan. La vigilancia electrónica de Beijing está rastreando todo lo que se mueve en esa parte del techo del mundo.     

Lo resume perfectamente Escobar, “La OTAN acaba de ser humillada cósmicamente en el cementerio de los imperios por un grupo de pastores de cabras, y no por encuentros cercanos con Khinzal (misil supersónico ruso). ¿Lo que queda? Propaganda”.   

El “redespliegue” de Blinken, en su "patio trasero", por ejemplo, ha sido reunirse con Bolsonaro para ofrecerle una asociación “extra-OTAN”. Quienes debían responder, el PT y los militares, dijeron que no. Después fue a Buenos Aires a extorsionar con el FMI a Alberto Fernández y al flamante Ministro de Defensa Jorge Taiana, para alinearlos con la OEA, pero ninguno de los jerarcas argentinos retiró la exigencia de que renuncie Almagro. Y, finalmente, tras el fracaso de Kamala Harris y su exiguo plan de 4 mil millones de dólares (dos centavos de Marshal) para detener la inmigración, Blinken aterrizó de apuro en México. Es correcto que López Obrador reciba a Biden. Existe otra Norteamérica (México), otros Estados Unidos (los mexicanos y los del Brasil), pero una sola USA, que tampoco logra redesplegarse en América La Nuestra, comprendido México. 

Autor: Joselo Olascuaga

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