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Foto de portada: incendio del Reichstag

“Competencia”, dijo el monopolio. Movistar emitió un comunicado en el que denuncia que existen “prácticas monopólicas de hecho” en el mercado de las telecomunicaciones en Uruguay, que convierten “al operador público en el proveedor casi exclusivo del Estado”, que “existe una diversidad de condiciones que limitan la competencia cuando una empresa tiene el monopolio de ciertos servicios en los cuales desarrolla activos, que luego utiliza para competir con otras empresas de otros servicios”, que falta “neutralidad” para lograr un mercado en sana competencia, y que esto debería solucionarse antes de pensar en instalar radiobases.

Pero resulta que Telefónica Movistar de capital español, tiene implantación en el mercado global muy superior a Antel, que es, en comparación, una pequeña empresa, de difícil supervivencia, por las “prácticas monopólicas de hecho” de la concentración global de capitales, o dicho a su modo, “desarrollo de activos trasnacionales que luego utiliza para obturar toda sana competencia en mercados avasallados”. Y además Antel (todos nosotros, los ciudadanos uruguayos) realizó las inversiones en la fibra, logística de la que pretenden usufructuar ahora los privados para aumentar sus ganancias (“desarrollar más activos”) y apoderarse de un sector estratégico para cualquier política de Estado, condicionando las tarifas y nuestra soberanía política, tal cual ya vimos en Argentina, en México y en todos los países donde los privados se han impuesto.

“Fuiste vos”, dijo el culpable. Ignacio Álvarez emite por Azul FM audios de segundos íntimos y sexuales de una mujer que ha denunciado una violación, “para saber que no todo es tan transparente”. Se había ocultado un momento de placer o diversión de la mujer.

Pero resulta que nuestra civilización está estructurada desde hace milenios para condenar el placer femenino y justificar con él que se las eche a la hoguera, real y simbólica.

“Delictivo”, dijo el ganster. Delante de mí, junto a la vereda por donde voy caminando, estaciona una limusina a las puertas de un hotel 5 estrellas. Bajan dos grandotes entrajados de negro, pisando fuerte con las puntas afiladas a la moda de sus relucientes zapatos negros y, en medio de ellos ha bajado un señor elegante, delgado, rubio y de mocasines marrones; se le nota en el traje la fina sastrería neoyorquina. El estilo de los mocasines me parece italiano. Alcanzo a leer la marca Louis Vuitton en la maleta que cuelga, con sutiles arabescos, de uno de sus hombros. Súbitamente, sin pensarlo, por instinto, llevo las manos a los bolsillos de mis vaqueros y cruzo la calle, apuro el paso por la vereda opuesta sin mirar hacia atrás, más asustado que cauteloso.

“¿Qué pasa, amigo?”, me pregunta un conocido que encuentro en una esquina del camino con su oficio (clandestino) y pinta de malabarista. “¿no sale una moneda?”, manguea sin mucha esperanza. Me detengo, compruebo que no me siguieron. El Falcon negro –la limusina negra–, sigue estacionada frente al hotel.

–Es que vi entrar al hotel a un banquero extranjero –explico, todavía sobresaltado, resollando.

–¡Ah… de los que se llevan el 70 de todas las matufias chicas y el 100 de las grandes! –pregunta el ñeri–. Tamo en el horno.

–Tiene toda la apariencia –le contesto.

–Alejemosnó –sugiere, temblando, nervioso. Empezamos a caminar a paso firme en huida.

–¿Tas seguro que tiene esa apariencia delictiva?

–Maleta Vuitton, traje neoyorquino, mocasines italianos….

–¡A la mierda…! Albañil no es…

Apuramos el paso.

Dos cuadras después nos sorprende un par de policías que nos ordena detenernos y nos exige las cédulas. El ñeri saca de un bolsillo una corbata anudada, me la da con disimulo y susurra:

–Ponétela vos. Yo estoy jugado.

En un santiamén me calzo la corbata bajo el cuello de la camisa.

El amigo da su cédula, lo ponen contra la pared, lo cachean.

–Yo la dejé en casa, en la bermuda –digo–. ¿Vio que el día está fresco? Me puse los vaqueros que no usaba desde noviembre –le explico al agente con respeto y vocabulario educado, lo llamo oficial, le pido disculpas.

Mira la corbata.

–¿Qué hace un señor como usted caminando con un pichi? ¿De dónde es usted?

–De Soriano –le digo.

–¿Sojero? –pregunta, comprensiblemente temeroso, devolviéndome la cédula. Aproveché que me hizo la venia para exigir que soltaran al amigo y nos dejaran seguir. Ellos saben que si agarran a una piba entrando dos gramos de pasta a una cárcel le dan por la LUC cuatro años de penitenciería, pero si molestan a un sojero con toneladas de pura, le dan unos meses de domiciliaria y a ellos los marcan.

Llegué a casa a encender el televisor. Sabía que la policía había cambiado pero la televisión sigue siendo la misma. Ni mu del ya viralizado patoteo de una “gente de bien” de Pinares de Punta del Este a un gurí que era vecino pero rapero. “Es un chorro”, dijeron.

 

“DROGAS NO”, DIJO COSTELLO

Raymond Chandler, defendiéndose de las acusaciones de que en sus novelas los villanos no son como el público los imagina, definía la verosimilitud de los personajes de la novela policial: "si los delincuentes pareciesen delincuentes no podrían ser delincuentes".

Y es cierto. Seguramente los nuevos emisarios de la banca imperialista andan de barba despareja estilo Lacalle Pou visitando feria. Lo que el financierista que vi entrar al hotel tiene de delictivo no es la apariencia. Es el carácter de época.

Frank Costello fue quien picó en punta entre las familias de la mafia cuando se terminó la ley seca. Controló las ilegales. Setenta años después el FBI desclasificó que Costello era su agente y en 2008 Scorsese hizo sobre el asunto, una peli que ganó el Oscar, llamada “Los infiltrados”.

La inseguridad es, y parece –que es más, decía Cervantes–, la del gurí que no sabe si va a comer ni si el padre le va a matar a la madre a palo, la de la caída del salario, de la jubilación, con la suba de tarifas y precios, sin planes ni misión para los vulnerados, con recorte presupuestal de novecientos millones de dólares, que terminan fuera del país, en papeles que de última trafica en su valija Vuitton, un funcionario de Wall Street, custodiado por un agente y un mafioso, sin que importe saber quién infiltró a quién.

En sociedad, pocas cosas parecen lo que son. Nos lo advirtió El Manco de Lepanto, Miguel de Cervantes Saavedra, El Príncipe de los Ingenios, preso en la cárcel de Sevilla.

 

“NO INVADAS”, DIJO LA OTAN

Desde que Putin era Jefe del FSB y luego fue presidente de Rusia, la OTAN invadió Yugoslavia, Afganistán, Iraq, Libia, Siria, Venezuela e indirectamente Yemen. Rusia no invadió a nadie, aún desde antes, desde 1968. Y la invasión de 1968 a Checoslovaquia, fue la única intervención militar rusa desde hace más de un siglo que no respondió a pedido de gobierno aliado, porque Dubcek no la pidió.

Considero un error que la URSS haya intervenido en Hungría aún a pedido del gobierno húngaro en 1954 y en Afgnistán, aún a pedido del recién electo gobierno comunista, porque la revolución fue en Irán (recién con Putin Rusia entendió que debía apoyarla. Ni Hungría ni Afganistán habían hecho una revolución exitosa que asegurase el poder de sus gobiernos progresistas. En cambio en Siria sí, el Ejército Árabe sirio, de Al Asad tiene el poder, además de éste el gobierno electo).

Pero desde hace un siglo las intervenciones militares yanquis en países cuyos gobiernos no la solicitaron fueron más de 100 y la mayoría resultaron en 820 bases militares en el exterior, cuatro por cada país miembro de ONU, en 80 países.

El único país que lanzó bombas atómicas sobre el terreno fue el yanqui, dos, Nagasaki e Hiroshima, exterminando cientos de miles de personas. Lanzó sobre Corea más bombas que en todas las guerras mundiales. le quemó con Napalm a Vietnam las praderas y las selvas, fraguó golpes de Estados contra gobiernos legítimos en decenas de países…. Desde noviembre dice que Rusia va a invadir Ucrania una semana sí y otra después, manda toneladas de armamentos a Kiev y se prepara para que el Banderastán intervenga de nuevo en Donbass, pero, lo mejor, es que anuncia un ataque de bandera falsa en autoatentado de Rusia para justificar una invasión. Lo hace oficialmente. El portavoz del Departamento de Estado de Estados Unidos, Ned Price, afirmó tener evidencia de que “el Gobierno ruso planea organizar una operación de bandera falsa. Dicha operación consistiría en producir un video de propaganda que incriminaría falsamente a las fuerzas armadas o a los servicios de Inteligencia de Ucrania en ataques contra las fuerzas rusas”.

El ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, desestimó las afirmaciones calificándolas de “informaciones totalmente falsas” y una vez más negó que Rusia esté planeando invadir Ucrania.

Son doctrinas diferentes: Rusia, China e irán se ajustan doctrinariamente a las resoluciones de la ONU y al derecho a libre autodeterminación de los pueblos. La OTAN tiene la doctrina del “excepcionalismo” yanqui, de las intervenciones unilaterales en nombre de todo lo que pisotea a diario. E Inglaterra de la patente de corso.

El sábado 12, USA retiró a todo su personal diplomático de Kiev y ordenó a sus ciudadanos irse de Ucrania antes de 48 horas, porque, según Price, el 16 de febrero los rusos iban a atacar. El atribulado presidente ucraniano Zelenski –un cómico de TV al que la política le quedó grande–, declaró que si alguien tenía información veraz de que los rusos iban a atacarlo el miércoles, por favor, la compartiesen con él. Ucrania está económicamente devastada desde el golpe de Estado del Maidán en 2014 y mucho más desde noviembre del año pasado cuando los yanquis empezaron a sembrar pánico en el mundo con un intento de invasión que Rusia siempre desmintió. Para Ucrania es la ruina, porque los europeos más lacayos de los yanquis también se retiraron del país con sus inversiones y le dejaron las deudas por todo el armamento inútil que le hicieron comprar.

María Sajarova, la portavoz de la Cancillería rusa satirizó: “Anuncien ya los horarios de nuestras invasiones, así programamos con tiempo nuestras vacaciones”.

Cuando la histeria “occidental” se haga insostenible, Biden va a decir que disuadió a Rusia de una invasión con el pretexto de una falsa bandera. Algo parecido al hundimiento del Maine, o a las Torres Gemelas, o “las armas de destrucción masiva que tenia Hussein”, o el incendio del Reichstag, u otros ejemplos varios de bandera falsa para iniciar una invasión, todos de países de la OTAN, que desde la OTAN podrían reiterarse.

Aunque ha perdido todas las guerras que provocó desde Vietnam hasta Afganistán, la situación interna del imperialismo es tan desesperante, que podría preferir perder otra a que, sobrevivientes, los atlantistas presten atención a sus propios problemas.

Autor: Joselo Olascuaga

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