Fue demoledor, entró en la galería de los pocos mandatarios que han señalado de manera directa a los responsables de la debacle que enfrenta la humanidad por culpa de un sistema voraz y despiadado. “Ustedes”, lo dijo en repetidas ocasiones. Petro es un líder lo suficientemente formado para saber que el poder no está en los gobiernos ni en sus representantes, pero sabe a quiénes verdaderamente representan estos mandatarios y también se los dijo de frente.

Los medios de comunicación que han sido fiel servidumbre de ese poder criminal, saltaron de inmediato a tachar a Petro de ser el primer “narcócrata” que sale a defender el consumo de drogas en el afinado concierto de las naciones. Pero lo cierto es que ha sido ese poder criminal el que más se ha beneficiado del comercio proscrito de las drogas, construyendo imperios de dinero y poder que controla estados y ayuda a los más ricos a alimentar sus fortunas por medio de flexibilizar los controles a los grandes capitales, independientemente de cuál sea su origen.

El discurso de Gustavo Petro en la ONU hay que leerlo un poco más detenidamente. El enfoque realmente no fue el de plantear directamente la legalización total, aunque pueda ser esta una primera y fácil conclusión. El discurso de Petro puso por primera vez en un jefe de estado una diferenciación que hace años hemos venido planteando desde diferentes sectores con muy poco éxito y es que, para combatir de manera efectiva el fenómeno general de la producción, comercialización y consumo de sustancias psicoactivas, hay que dejar de meter todo lo anterior en una misma bolsa, o casi todo.

En una primera etapa se han logrado diferenciar algunos escenarios dentro del consumo, atendiendolos de forma precaria pero separada del resto del proceso. Esto es relativamente fácil ya que finalmente el consumidor es el objetivo final de todo comercio y está del otro lado del mostrador, no es quien impone los precios o regula la distribución sino quien debe asumir lo que le toque para conseguir el producto que busca.

Por otro lado, se ha llamado narcotráfico a todo lo demás en el proceso. Este ha sido el primer gran error. Aquí es importante empezar a diferenciar un escenario que ha sido mezclado con todo lo demás en términos discursivos y cuya lectura fácil ha sido reforzada por uno de los mayores males sufridos por esta realidad, que es la narco-narrativa cinematográfica, que no sólo ha convertido a los narcos y su entorno en íconos de la “cultura popular”, sino que ha deformado la lectura que una sociedad ingenua y poco formada pueda hacer de un fenómeno que la afecta tanto.

Todo ese gran negocio empieza con un pequeño arbusto de hojas medianas y de un verde intenso, arbusto que fue cultivado de manera cuidadosa por las comunidades originarias durante siglos debido a que esas hojas masticadas durante lapsos prolongados acompañaban las largas jornadas del duro trabajo en el campo, sobretodo arando la tierra, cosechando y recolectando. El efecto no era alucinógeno como el de otras plantas, era más bien de tipo energético, ayudaba a mantener el ritmo de trabajo para no cansarse tan pronto.

En el siglo XIX los efectos de esta planta fueron intervenidos con fines medicinales y analgésicos hasta llegar al resultado que conocemos hoy en un relato histórico que tal vez merezca un texto aparte. Para finales de los años 70 ya la cocaína era la reina del jet set, sirviéndose como muestra de exclusividad y poder, aunque si estos personajes tan alegremente exclusivos vieran el proceso que transforma la planta en ese polvillo blanco que les permitía mantenerse de juerga durante horas y horas, es posible que alguno desistiera y se decidiera mejor por irse a dormir en vez de meterse en la nariz algo que una vez fue una sopa negra que tiene desde gasolina, hasta materia fecal de cerdo en tiempos de escasez de éter, según las narraciones de quienes participaban de estos procesos en los años 80.

La afirmación hecha por Petro en Nueva York fue tajante, “la guerra contra las drogas es un sangriento fracaso”, pero lo puso desde la perspectiva de saber de verdad cuáles son los procesos que implica el cultivo y procesamiento de la coca en las comunidades rurales colombianas, que tienen su propia cultura y donde se desarrollaron dinámicas propias producto de participar en los procesos primarios de la producción de coca, pero que están lejos de la opulencia que muestran las series con respecto a todo lo que la rodea.

Lo primero que históricamente ha arrojado a las comunidades hacia la producción de coca y amapola destinadas al narcotráfico en Colombia, en Bolivia, en Perú o en Afganistán ha sido siempre la exclusión, la pobreza y el abandono. En estas comunidades, generalmente muy alejadas de los centros urbanos, los cultivos de uso ilícito se ha convertido en una cuestión de supervivencia, la ausencia de vías terciarias para trasladar cualquier otro producto del que necesariamente deberán mover mucho más volumen para lograr los mismos ingresos, es el verdadero combustible de esta realidad.

Ahora la dinámica está mutando en favor de cultivos industriales con los carteles como propietarios directos en un afán por controlar todo el proceso, por lo tanto logrando mayores márgenes de ganancia y poder. Sin embargo, históricamente los cultivos pertenecieron a familias campesinas que cultivaban unas pocas hectáreas, que estaban junto a otras pocas hectáreas cultivadas por otra familia y así de manera sucesiva hasta tener grandes cultivos, pero que pertenecían a comunidades enteras. Ahora los campesinos hacen lo mismo, pero trabajan para otros quienes son los dueños de las tierras y las plantas. Es decir, lejos de erradicarse, a lo largo de los años este negocio en su componente primario se ha fortalecido y concentrado.

Luego del cultivo viene la recolección a cargo de los mismos campesinos, los encargados de esta labor son llamados “raspachines”, cuyas manos cayosas sangran al arrancar miles de hojas en un día para ponerlas en una lona, donde serán pagadas por unos cuántos dólares el kilo y se requieren más o menos 250 kilos de hoja para tener un kilo de coca de laboratorio, que no será el mismo kilo de coca que llegará a las calles de EEUU o Europa, pero eso será otro tema, es decir que la ganancia del campesino sobre el precio final de venta final es mínimo.

Los laboratorios son otro tema ya que requieren un grupo más reducido de personas en labor, gente que sabe cómo desarrollar los procesos, las cantidades de cada sustancia y los tiempos que toman, así como auxiliares que se encargan de mover grandes palanganas e ir poniéndo las cantidades de químicos que se les indican y luego prensando el producto final.

Hasta aquí la realidad de estas poblaciones no dista mucho de otras donde se cultivan otros productos como los porotos, el choclo o el cacao. Aquí no solo no hay autos de lujo, casas con piscina ni modelos en bikini, sino que tampoco hay hospitales, no hay medicinas, no hay escuelas ni campos deportivos, sólo hay algún boliche con una o dos mesas de billar y donde cada cerveza se paga a lo que se pagaría en Estocolmo o París, no por lujo, sino porque si sacar productos de esas zonas implica una proeza, llevar lo que no se produce allá, que es casi todo, también es una proeza, una proeza costosa por los tiempos y los recursos que implica.

La danza de los millones no empieza con los productores en ninguna mercancía de origen rural no agroindustrial, empieza con la intermediación. Es ahí donde empieza el verdadero narcotráfico, en la comercialización de las cantidades de coca que salen de los laboratorios y se deben transportar evitando o utilizando las autoridades responsables de perseguirlas.

No es la primera vez que un mandatario se pone del lado del cultivador de la hoja de coca, ya en varias ocasiones Evo Morales había hablado de la necesidad de despenalizarla. Sin embargo, ningún país como Colombia ha sufrido las dolorosas consecuencias del mal manejo de una política que no comprende o mira para el costado ante los verdaderos factores que alimentan ese monstruo.

Es verdad, hay que hablar de consumo problemático, hay que hablar de legalización y regulación, hay que hablar de despenalización, pero también hay que entender que si no se aprovecha esta oportunidad para hablar de la exclusión de las comunidades rurales que producen la coca en la perspectiva de mejorar sus condiciones, en el hipotético caso en que se llegase a la legalización total, los cultivos de coca y amapola dejarían de ser una opción de supervivencia para los campesinos, ya que desafortunadamente es la prohibición la que diferencia la coca de cualquier otro producto. Por eso la guerra contra las drogas ha sido un fracaso, porque en todas estas décadas no entendieron nada.

Autor: Germán Ávila

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