Escribe: Prof. Daniele Pendezzini*

El pasado domingo 25 setiembre se desarrollaron las elecciones parlamentarias en Italia. Ganó la coalición de derecha con el 43% de votos liderada por el sector Hermanos de Italia de Giorgia Meloni.

Empecemos por evidenciar algunos datos, la mayoría de los cuales pasados en silencio por el aparato mediático dominante. De un total de 51 millones de votantes fueron a votar el 64%, o sea unos 32 millones. En comparación con las últimas elecciones (2018) el abstencionismo creció un 9%. En Italia el voto no es obligatorio y en los últimos 30 años elección tras elección crece la abstención.

Si a esto sumamos 1,5 millones de votos anulados y en blanco los votos válidos por listas fueron el 60% del total. Casi la mitad de los italianos eligió no votar ninguna lista.

Los votos válidos se repartieron entre 43% al bloque de derecha, 26% el bloque de la socialdemocracia, 15% Movimiento 5 Estrellas, 7% una alianza de centro liberal.

Si comparamos los votos absolutos y los relativos vemos como el bloque de derecha con sus 12,5 millones de votos tuvo el apoyo de una cuarta parte de la población. En estos el partido de Meloni tuvo 7 millones de votos, mientras que la Liga Norte y Berlusconi casi 3 millones cada uno. Ya podemos observar como el bloque de derecha contabilizó los mismos votos que en el 2018, lo que cambió es la repartición interna. La Liga Norte perdió unos 3 millones y Berlusconi unos 2 millones. Hermanos de Italia creció poco más que 5 millones. Señalamos como al bloque de derecha pertenecen también grupos Demócrata Cristianos que suman 0,5 millones de votos. Es relevante observar como el bloque de derecha, en comparación con las elecciones del 2001, donde ganó Berlusconi, perdió 6 millones de votos.

El Partido Democrático, componente principal del bloque de “centro-izquierda” en comparación al 2018 perdió 1 millón de votos pasando de 6 a 5. Paralelamente, debido al aumento de la abstención, aumentó el valor porcentual de 18 al 21%.

El Movimiento 5 Estrellas pasó de 10 a 5 millones, perdiendo la mitad de los votos. Este movimiento en la actualidad se autodefine como de “centro-izquierda”, con todas las ambigüedades que esto conlleva.

Las dos listas de izquierda, Unión Popular e Italia Soberana y Popular, sumaron cada una el 1,5% no llegado al mínimo del 3% para poder entrar en el parlamento.

En estas instancias electorales, como en los últimos 15 años, la izquierda se presentó a las elecciones dividida, con alianzas hechas a último momento, con nombres y símbolos diferentes.

La realidad va mostrando como el movimiento obrero sin un Partido organizado, con una estrategia clara y definida, un programa de soluciones para el pueblo y una política de alianzas caracterizada por la amplitud y la profundidad, es incapaz de salir de la defensiva, y año tras año siga perdiendo las conquistas de las décadas pasadas. Lamentablemente el germen del fraccionalismo y del sectarismo, además de una buena dosis de arrogancia, permea los grupos dirigentes de varios micro partidos de izquierda. A esto hay que sumarle una serie de problemas que permean la dirigencia de los sindicatos, principalmente el oportunismo y el economicismo.

Por su parte, estas elecciones siguen las tendencias marcadas en los últimos años. Esto hay que verlo teniendo en cuenta dos factores externos que direccionan la política y la economía de Italia.

 

El primer punto es la Unión Europea

Todos los partidos principales son alineados con las políticas económicas liberales de este organismo. Recordamos como, a partir de la década del '90, es la socialdemocracia que se hizo portadora en primera instancia de la privatización de empresas y servicios públicos. Sanidad, energía eléctrica, gas, telefonía, carreteras, cajas de ahorro, trenes, correo, fábricas químicas y siderúrgicas... son todos sectores privatizados o semi-privatizados por iniciativa de los gobiernos de “centro-izquierda”. Esta también se hizo portadora de la “modernización” de la legislación laboral, o sea de la precarización del trabajo. Y la “reforma jubilatoria” con el ingreso de las jubilaciones privadas.

La continuidad de políticas económicas entre los dos bloques hace que buena parte de la ciudadana no considere relevante el expresar el voto, no existiendo ninguna diferencia sustancial entre las propuestas.

De la misma manera la pertenencia de Italia a la OTAN y la política exterior que conlleva hace que derecha y centro-izquierda no sean dos partidos en disputa, con ideas distintas sobre la relación de Italia con el mundo. Recordamos como la socialdemocracia, violentando la Constitución Italiana, fue la que llevo a Italia a participar en la criminal agresión contra Yugoslavia en 1999. La misma que involucró al país en las agresiones contra Libia y Siria. Y fueron los que trajeron a Italia de paseo al impresentable títere del imperio Guaidó. De esta manera se conforman como dos sectores del mismo partido pro-yanqui.

Así que hoy vemos como la derecha de Meloni se abraza a esta falsa izquierda para seguir enviando armas a la junta nazista ucraniana.

En la campaña electoral la jefa de Hermanos de Italia repitió hasta el cansancio como en su (eventual) gobierno la fidelidad a la Unión Europea y a EEUU no estaban en debate.

El próximo gobierno italiano en si no se puede definir como “un peligro para la democracia”, como se lee o escucha en muchos lados. Simplemente porque la democracia en Italia es golpeada desde hace años. Las políticas neoliberales, las privatizaciones, el ataque constante a los derechos de los trabajadores, las agresiones imperialistas, estos son los peligros mortales para la democracia.

 

 

 

Desde el 2002 afiliado a la Confederación General IItaliana de Trabajadores (CGIL).

Afiliado a la Juventud Comunista y al Partido de la Refundación Comunista desde el 1999 hasta el 2013 en Italia. Miembro de la Dirección de la Pronvincia de Bergamo (Lombardía) del 2006 a 2012.

Desde el 2013 afiliado al PCU y al FA.

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