filename

Escriben: Tamara Abracinskas / Sergio Miraballes

Fotos: Bilobak

El pasado 10 de febrero encontramos que el mural en homenaje a Susana Pintos había sido atentado, FANCAP decidió recuperarlo y puso toda la infraestructura y logística a la orden para hacerlo de inmediato, pero se resolvió esperar hasta el miércoles 18 para pintarlo con el fin de dejar a la vista de la ciudadanía el atentado, no solo a la memoria de una mártir, sino también el ataque a la democracia que esto significa.

Imaginar qué hay en la mente de quien empuña el fascismo es una tarea complicada, lo que demuestra el atentado es un claro ejemplo de misoginia, el odio contra Susana Pintos y lo que ella representa como militante pero también como mujer, una forma de ser distinta a la norma impuesta. Una joven que no se quedó en su casa bajo el cuidado de un marido o padre, una joven que ante medidas que consideraba inconstitucionales y reaccionarias salió a las calles a manifestarse, expresar su pensamiento y luchar por el mismo.

El mensaje de odio no fue solo contra Susana, siquiera la respetaron como mujer, el grafitti realizado sobre el mural tapó la mitad de su cara, plasmando una barba y rodeando a la compañera asesinada de insultos dirigidos a hombres.

Ver el mural atentado nos provocaba imaginar una y otra vez el momento en que fue asesinada, una joven de 28 años, estudiante de la IEC, trabajadora de ANCAP, militante de la FEUU, de FANCAP y de la UJC a la que le dispararon a 50 metros de distancia con perdigones mientras ayudaba a sacar a un compañero, a su camarada Hugo de los Santos, en una camilla improvisada en una puerta para que fuera trasladado a un centro médico por encontrase gravemente herido. Los mismos que impedían el paso de las ambulancias para atender a Hugo fueron quienes dispararon de forma terrorista contra quienes intentaban salvarle la vida a ese joven de 19 años.

Volver a pintarlo fue rehabilitarnos con la tarea de demostrar que no es imposible rehacer un orden social, que por más que quedó irreparablemente rota nuestra historia por el terrorismo de Estado, también quedó forjado nuestro futuro por el compromiso con la lucha de nuestros mártires. Cuando se atenta contra memoriales, placas y murales, son expresiones de odio sobre las y los homenajeados, pero también contra aquellas y aquellos que continúan levantando sus banderas.

Lo que más debe preocuparnos es que exista el escenario político para que esto suceda, no es solamente polarizar y radicalizar a la derecha, cosa que es evidente que ya se ha producido; el verdadero peligro es que se derechice al conjunto de la sociedad. Nuestra tarea es construir un sentido común contra el punitivismo, el racismo, el machismo y el fascismo que nuclea y radicaliza las peores expresiones de odio.

En 1968, fue el año en que se dejaron sin efecto los Consejos de Salarios y la Negociación Colectiva, se congelaron los salarios y se implantaron las Medidas Prontas de Seguridad dando paso a la represión permanente, en las cuales el pueblo fue víctima del ataque de las fuerzas represivas del Estado, que arremetieron indiscriminadamente contra ciudadanas y ciudadanos tan inocentes como indefensos, como eran aquellas y aquellos estudiantes marchando aquel 20 de setiembre de ese año.

Los homenajes a los y las mártires mediante placas y murales, son también una forma de dimensionar la pérdida sufrida y buscar acrecentarla en el espacio público, es una expresión de fortalecimiento a la democracia y la defensa de las libertades.

Susana no era el modelo habitual del “ser mujer” en 1968, su imagen es una referencia para las y los jóvenes militantes, ella condensaba en su práctica diaria toda la teoría respecto a la solidaridad, tenía claro que hacer la Revolución no es únicamente transformar las estructuras sociales y cambiar de sistema, que es necesaria una transformación profunda y radical de las relaciones sociales, transformar los valores, las costumbres, la conciencia y los hábitos. Esto lo hacía en base a la implementación de todo su tiempo en la lucha por el bienestar social, por eso para ella no significaba un “sacrificio”, porque su militancia y compromiso revolucionario era lo que verdaderamente la complacía y la movía.

En las primeras horas del 21 de setiembre el pueblo uruguayo perdía a quien debería ser un ícono, una joven que comenzaba su jornadas horas antes para vender las pastillas de un niño para que este pudiera concurrir a clases, la misma que iba todos los días a enseñarle a escribir a su vecino en situación de discapacidad, aquella que un día leyó en un aviso de un diario que necesitaban personas para que fueran a enseñar a leer y a escribir a niños y niñas de contexto crítico, a los y las cuales llevaba una que otra vez a su casa para que tuvieran al menos un plato de comida.

El pachecato nos arrancó una rosa en primavera, nos arrebató a quien nucleaba las cualidades de una verdadera revolucionaria, Susana Pintos construía al Ser Humano Nuevo, por eso no podemos permitir que su nombre se borre de la historia ni su lucha de nuestra memoria. Su condición de mártir nos obliga, aún más en estos tiempos que han llegado, a homenajear su lucha con la dignidad y convicción que ella supo tener.

Compartir

Comentarios