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Hace unos días escuché una entrevista a Gerardo Caetano en la radio1. A continuación y en los días siguientes recibí más de una docena de entusiastas WhatsApps con el link del programa. Hasta ahí bastante normal, aunque la cantidad fuera algo inusitada. Me tomé el trabajo de contestar todos los mensajes dando mi opinión, que incluía varias objeciones sobre los dichos de Caetano, muy someramente, a la medida de esa comunicación. Para mi sorpresa muchos remitentes compartían mis discrepancias y algunos agregaban otras. Entonces se me planteó la pregunta ¿por qué se recomendaba un material con el que, en el fondo, no se acordaba? Quizás mi desconcierto se deba a que no participo en las redes sociales, que el mismo Caetano, en un desborde calificativo, llama “cloaca tóxica”.

Al mismo tiempo, me hizo superar el desgano para expresar mis puntos de vista más o menos públicamente. No para polemizar con Caetano, que con toda probabilidad ni se entere ni se altere, sino por la repercusión que tuvieron sus planteos y por la significación política de los mismos. Por lo tanto volví a escuchar los 45 minutos de la entrevista, esta vez sacando apuntes.

Tengo para mí que, en parte, su influencia y difusión se debió al prestigio intelectual del disertante, a la consideración que merece la academia. Asimismo pienso que todos nos sentimos representados por su descripción, precisa y contundente, de la situación sanitaria y social, y de la insuficiencia y desconcierto de las medidas del gobierno, aferrado a la consigna de la libertad responsable, cuyo significado y contenido, sin embargo, Caetano no analiza. Ese inventario de males, que concuerda plenamente con la situación que vivimos, reclama ser explicitado claramente, como contrapartida de las ambigüedades y contradicciones del discurso oficial. Y fue atractivo, no por ser una primicia, ya que lo hemos escuchado en las voces de profesionales, investigadores y dirigentes sindicales y políticos con preocupaciones similares, sino porque, indudablemente, Caetano hace una síntesis poderosa.

Aunque la disertación sea anunciada como un análisis político a cargo de un experto, cuyos títulos se anteponen a la presentación, no se trata en modo alguno de una exposición académica sino de un discurso político, bastante representativo de algunas orientaciones conciliadoras manifiestas en la izquierda, sobre todo en los comienzos de la pandemia. En este sentido resulta un poco anacrónico el dilema que plantea entre crispación o diálogo, cuando los intentos de aproximación y de propuestas han fracasado, aún dentro de la coalición multicolor, y la inanidad de las medidas sanitarias se hace sentir día a día, quedando más claro para cualquier observador que, como cantaba Zitarrosa, la ley es tela de araña. No todos somos igualmente libres ni a todos se les exige la misma responsabilidad.

Decíamos que es un discurso político y además prescriptivo: desde las alturas de la cátedra y desde afuera de la política se dictamina que hay que comportarse con moderación, “bajar los cambios”, en medio de una idealización de la historia política del Uruguay como un modelo de coexistencia pacífica, de amortiguación del conflicto, de colaboración entre adversarios. No es necesario remontarse al tiempo de las guerras civiles para saber que es una imagen totalmente ideológica, que poco tiene que ver con los porfiados hechos del pasado no tan lejano.

Con tono admonitorio marca pautas de conducta política y descalifica a los que no se ajustan a ellas, convirtiendo la crítica y la discrepancia en agravio –al barrer y en general, sin definir quiénes son objeto de su propia censura y acrimonia.

Es además un discurso subjetivo y autorreferencial, lleno de alusiones destinadas –conscientemente o no- a reforzar la autoridad de quien lo dice: tiene “amigos del alma” en el GACH, dicta cátedra en el exterior, es consultado por los medios internacionales.

También es subjetiva su valoración de los actores políticos, tanto del presidente, del que refiere fue su alumno en un curso de la OEA hace más de 20 años, como de los opositores. El mayor argumento es que actúan como él “nunca lo pensó” y no como cree que deberían hacerlo, le parece que han cambiado. A lo que se podría contestar que su conocimiento previo no era tan completo, sus previsiones y expectativas equivocadas, o que, efectivamente, las personas cambian, no se mantienen iguales a sí mismas toda la vida y en todas las circunstancias. Más allá de que la descripción de Lacalle legislador como un “hombre de diálogo” pueda ser bastante opinable.

Ese tipo de razonamiento –por llamarlo de algún modo- también serviría para ver las limitaciones epistemológicas de una politología doblemente acotada: en general, en tanto disciplina, al considerar a la política un campo autónomo, recortado de la totalidad social, en que basta la comprensión de ciertas variables específicas, lo que se agrava en este caso en particular, cuando la explicación se constriñe a las actitudes y conductas de individuos prominentes.

Es casi inevitable que en este tipo de enfoque el examen de la política se tiña de valoraciones de orden moral, según un deber ser a criterio del expositor, para terminar constituyéndose en dogmas o axiomas. Por ejemplo, el pragmatismo sería la máxima virtud en política y consistiría en ceder y adaptarse, “amortiguar” las contradicciones.

Sostiene que en situaciones de crisis se debe deponer la oposición, un precepto que, de haber sido cumplido, nos dejaría ayunos de revoluciones en toda la historia de la humanidad. No existiríamos como país y no habría habido independencia hispanoamericana, ya que los españoles y las colonias nos deberíamos haber adaptado a la invasión napoleónica, que fue una interesante situación de crisis. Sin contar que no habría habido huelga general contra el golpe de Estado. Quizás, en la celestial lógica de Caetano, tampoco habría habido golpe, ya que al evitarse la exacerbación de las posiciones todo habría sido diálogo y amable conciliación. Al final, se concluye que el que pega primero pega dos veces y tres si quiere; pero jamás es un enemigo, a lo sumo un adversario. Si es verdad que, muchas veces, para manipular a la opinión pública se “construye al enemigo”, no es menos cierto que en otras ocasiones el enemigo es muy real y no una construcción.

Las argumentación, que aparentemente está dirigida a los que cortan el bacalao, se hace a nombre de “asumir la realidad”, enunciada en general. Surge la inevitable pregunta ¿cuál es la realidad concreta que se debe asumir? O ¿qué porción de la realidad, en función de justificar el discurso en cada caso? ¿Que se perdieron las elecciones? ¿Que las mayorías parlamentarias pertenecen a la coalición de gobierno? Asumir esa realidad ¿significa acatar sin lucha las decisiones de esas ocasionales mayorías, fueren cuales fueren?

Porque eso es lo que surge de una alocución que estigmatiza la movilización para juntar firmas para un referéndum contra la LUC y que Caetano percibe como vivir en una “realidad paralela”, una medida “no afincada en la reflexión”, polarizadora y en cierto modo peligrosa para su suprema aspiración a la estabilidad política e institucional. Claro que su miedo a la meneada “grieta” no llega al terrorismo verbal que desplegó Sanguinetti días después, pero puede incidir mucho más en el pensamiento y la actividad de la izquierda.

Ansioso por demostrar que siempre tuvo razón cuando desaconsejó el recurso a referéndum, ridiculiza la solicitud de prórroga del plazo constitucional y no vacila en dar por fracasada la recolección de firmas, aún cuando las cifras ya venían mostrando un importante ascenso. En este sentido, me resultó mucho más interesante y más objetivo el breve comentario de Daniel Chasquetti sobre el tema, en la misma emisora, unos días después.

En esta entrevista Caetano pretende mostrarse objetivo, entendiendo la objetividad como equidistancia, ecuanimidad. Hay que repartir equitativamente elogios y reproches. Su prédica de la moderación se basa en un explícito relativismo –creer que se tiene la verdad es propio de extremistas, del “núcleo duro” [sic]- situándose dentro de una corriente que asociamos a la posmodernidad con su proclamada “tolerancia”, un término que ha pasado de moda, pero no su contenido, que implica la indiferencia por la verdad o la negación de un criterio de verdad. Podríamos entenderla como otro avatar de la “razón instrumental” que Horkheimer critica brillantemente a mediados del siglo pasado.

La “ecuanimidad y balance de puntos de vista” es la norma establecida por la LUC en el capítulo referido a la educación. Restablece el rótulo de “libertad de cátedra”, pero convenientemente acotada por esa exigencia. Supone que no se debe enseñar con un criterio de verdad sino de equilibrar puntos de vista, sin importar la falsedad o falta de fundamento de una opinión, con la consecuencia de un nefasto eclecticismo intelectual y ético. Porque en algunos temas sería inmoral esa presunta ecuanimidad de dar parte de razón a todos los “puntos de vista”. Pongo algunos ejemplos en los que esos “puntos de vista” tienen expresión pública como la inexistencia del holocausto, la inferioridad de ciertas razas o la peligrosidad de las vacunas. Sin hablar de los hechos de nuestra historia reciente. ¿Es un extremista polarizador el que sostiene un criterio de verdad?

Con razón Arismendi manifiesta su menosprecio por el eclecticismo que considera “la concepción intelectual más pobre, más impotente y más chatamente acomodaticia”.

Engels, que algo sabía de política, sociología e historia, opinaba que era mejor ser derrotado que entregarse sin luchar. En realidad lo dijo con un lenguaje mucho más crudo que sin duda suscitaría las crispaciones de Caetano.

Hoy tenemos ante nosotros la elevación de las luchas populares en Colombia y la feroz represión de que son objeto; presenciamos la gran victoria electoral del pueblo chileno para demostrar el poder de la lucha de grandes masas, conscientes y constantes, que no se adaptaron ni depusieron sus posiciones. La historia, para Marx y Engels, “no es más que la actividad del hombre que persigue sus objetivos”.

 

 

 

1- Más temprano que tarde. El Espectador. 5/5/2021.

Autora: María Luisa Battegazzore

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